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Jueves, 11 de junio de 2009

CINE › UN FILM QUE DA CUENTA DE DOS MUNDOS ANTITéTICOS

Los únicos privilegiados

Sin necesidad de enunciarlo en voz alta, la película, que registra la cotidianidad de una docena de chicos en un country, es uno de los mejores ejemplos de cine político en mucho tiempo.

 Por Luciano Monteagudo

La premisa de la película es aparentemente muy simple. Se trata de registrar la cotidianidad de una docena de chicos –que van de los 7 a los 14 años–, hermanos y primos, habitantes privilegiados de un country de las afueras de Buenos Aires, en los días en que sus padres se han tomado una semana de vacaciones fuera del país. En la superficie, poco y nada sucede en términos estrictamente dramáticos, pero por debajo de esa plácida rutina a la que esos chicos parecen ya demasiado acostumbrados se van perfilando los datos de una realidad tan palpable y nociva como inédita hasta ahora en el cine argentino. Sin necesidad de enunciarlo jamás en voz alta, Una semana solos es uno de los mejores y más profundos ejemplos de cine político en mucho tiempo, un análisis implacable de las consecuencias del menemismo en la disgregación del tejido social argentino.

El country del film, como cualquier country, es claramente una cápsula, un capullo protector hecho de pulcros jardines y casas modelo, a la manera de los que alguna vez profetizó ese visionario que fue J. G. Ballard. Pero alrededor de ese paraíso de piscinas, plasmas y heladeras repletas se asoma todo un ejército de guardianes y vigilantes armados, que custodian la entrada al reino del bienestar. Sin apuntar otra cosa que sus acciones más banales, el film de Murga es capaz de dar cuenta del conformismo en el que han sido educados esos chicos y eventualmente la incomodidad (y hasta la violencia latente) que es capaz de surgir cuando aparece un extraño, por ejemplo el hijo de una mucama que viene a pasar unos días con ellos. No hará falta –y aquí está uno de los mayores rasgos de audacia y de lucidez del film– una crisis profunda ni una eclosión dramática para evidenciar que hay dos mundos antitéticos, en conflicto, entre quienes tienen el privilegio de pertenecer y los que se han quedado del lado de afuera del confort y la modernidad.

A partir de las rutinas y costumbres de estos hijos de una próspera clase media, recluidos en un enclave aislado de todo contexto, Murga hace evidente hasta qué punto es casi impensable hoy la movilidad social que permitía el espacio público y a la que se niegan los barrios privados surgidos como hongos durante el apogeo menemista. En una prueba de su sutileza e inteligencia, el film, sin embargo, se cuida muy bien de demonizar a estos chicos, en los que no deja de encontrar sensibilidad e inocencia. Es el caso, por ejemplo, de Sofía, la chiquita que en una fiesta canta cándidamente una canción en italiano y que, ante la ausencia de sus padres –que se intuye reiterada–, no deja de buscar refugio y afecto en la habitación de la mucama.

Lo que hace el film de Murga es registrar los hábitos de consumo, los modos de habla, las maneras de relacionarse de estos chicos, para revelar hasta qué punto está surgiendo detrás de esas murallas toda una generación ajena al mundo exterior y que puede llegar a ver en “el otro” que viene de afuera no sólo a un extraño, sino incluso, eventualmente, también a un enemigo. Un enemigo con el cual no le queda más remedio que convivir, porque toda la llamada “clase prestadora de servicios” está integrada por aquellos que viven del otro lado de la cerca.

En este sentido, es particularmente revelador el trato que establecen los chicos con los guardianes del Edén. Por un lado, dependen de ellos para que ningún intruso se filtre allí donde no debe, pero esos vigilantes son también los encargados de restablecer el orden interno en caso de que se produzca alguna anomalía en esos jardines perfectos como mesas de billar y en esas mansiones relucientes que parecen resorts turísticos, “no-lugares” a la manera en que los definió el sociólogo Marc Augé. Ese orden, sin embargo, responde a uno mayor y los chicos lo tienen bien claro: en ausencia de sus padres, ellos son los dueños, los patrones, los que mandan, como se lo hace notar una adolescente presumida a un vigilador, cuando le corrige una conjugación verbal.

Cinco años después de su primer largo (lo que habla a las claras de la dificultad con que algunos cineastas argentinos se enfrentan a la hora de poder darle una continuidad a su obra), la directora de Ana y los otros vuelve a confirmar su sensibilidad y su talento, que ahora enriquece con un poder de observación excepcional.

9-UNA SEMANA SOLOS

Argentina, 2008.

Dirección: Celina Murga.

Guión: Celina Murga y Juan Villegas.

Fotografía y cámara: Marcelo Lavintman.

Música: Inés Gamarci, Martín Salas y Marcelo Pérez.

Sonido: Federico Billordo.

Edición: Eliane Katz.

Dirección de arte: Julieta Wagner. Con Natalia Gómez Alarcón, Manuel Aparicio, Mateo Brown, Eleonora y Magdalena Capobianco, Ignacio Giménez, Gastón Luparo, Ramiro Saludas, Lucas del Bo, Federico Peña.

Distribuidora: Primer Plano.

Duración: 110 minutos.

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Una semana solos, un análisis de las consecuencias del menemismo en la disgregación del tejido social argentino.
 
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