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Lunes, 6 de septiembre de 2010

DAMIANA POGGI Y VIRGINIA JáUREGUI PROPONEN BAJO LAS NUBES...

El pasado desde el presente

Las actrices y flamantes dramaturgas presentan hoy su obra en el ciclo TxI. Allí recrean un universo bien íntimo en el que se cuentan a sí mismas. Una especie de biodrama que funciona como homenaje a sus padres, presos políticos durante la dictadura.

No escasean obras referidas a la última dictadura militar. Es un buen signo: el teatro, fenómeno siempre presente, está hecho de memoria, en lugar de esconder la suciedad debajo de la alfombra. Muchos pueden escenificar aquellos años dolorosos porque los vivieron. Otros sólo los imaginan. El caso de las actrices y flamantes dramaturgas Damiana Poggi y Virginia Jáuregui es particular, porque está en el medio de esos dos caminos. La obra que crearon conjuntamente, Bajo las nubes de polvo de la mañana es imposible visualizar un ciervo dorado –sí, así de largo es el título–, a estrenarse hoy en el marco de Teatro x la Identidad, es un homenaje a sus padres, presos políticos durante los años de plomo. A diferencia de lo que abunda, las jóvenes, ambas de 25 años, no se esforzaron por poner en escena un pasado: como un biodrama a dos voces, recrean un universo íntimo en el que se cuentan a sí mismas. Y contarse a sí mismas es, inevitablemente, mirar para atrás.

“No, nunca me sentaron. Un día mi mamá me dijo: ‘Tu viejo fue guerrillero, no se lo podés decir a nadie’. Yo fui y se lo conté a mi amiguita y me dijo: ‘Bueno’. Mi mamá me sigue diciendo hoy: ‘Por favor no digas nada’.” Este texto, uno de los primeros que pronuncia Jáuregui, sintetiza el espíritu de la obra. La interacción del pasado y sus marcas es también lo que unió a Poggi y Jáuregui, íntimas amigas, que se conocieron mediante una amiga en común. Cuentan que, al presentarlas, la chica les dijo: “Ustedes tienen muchos parecidos. Chárlenlo y véanlo”. Ellas se sorprendieron enseguida: las dos habían vivido largo tiempo en Bariloche, eran actrices, tenían la misma edad. Sus papás, Guillermo Poggi y Rubén Jáuregui, habían militado en el brazo no armado del ERP, uno en Rosario y el otro en Buenos Aires. También habían sido detenidos durante la última dictadura, Poggi por cinco años y Jáuregui, por nueve. Razones suficientes para no dejar de verse.

Jáuregui admite que estaba “peleada con lo social” cuando conoció a su amiga. “Pensaba que todo el mundo estaba mirando su nidito y que a nadie le importaba”, confiesa. Pero, como el tema era recurrente en sus charlas, las actrices decidieron contar su historia. Y lo que les salió fue una sumatoria de recuerdos. Lo que cuentan sobre sus padres se entremezcla con anécdotas de otro cariz, en distintos escenarios: el jardín de infantes, la matiné, la cancha. “No queríamos hablar de nuestros padres sino de nosotras en función de ellos. Queríamos abordar cómo uno arma su identidad respecto de sus padres”, explica Jáuregui. “No nos interesaba contar si los habían picaneado sino qué pasa con esas historias”, cierra. Para organizar toda esa mezcla de recuerdos, Jáuregui y Poggi se contactaron con Andrés Binetti, quien las dirige. Y el dramaturgo Gustavo Sassi dio al texto las puntadas finales.

La forma que adoptó la obra, el fluir de anécdotas a veces inconexas, es la única que podría haber tomado, coinciden las actrices. Tiene que ver con la calidad de la materia prima. “Me es imposible armar un relato claro y unificado de lo que pasó”, argumenta Poggi. “Cada vez que mi papá me contaba algo, era en un espacio de tránsito”, dice. Por su parte, Jáuregui no pudo conocer la historia a través de su papá, que falleció en 1985, cuando ella tenía nueve meses. Su mamá fue la encargada. “Pero creo que ella ni llegó a enterarse. Tengo un recorte del recorte”, sostiene.

Es claro que la obra no tiene personajes en sentido clásico. “Hay algo del orden de lo ficcional que no podría dar cuenta de la realidad de la que están hablando ellas”, explica Andrés Binetti. “Podés poner un torturado en escena: un actor que está trabajando con su mayor esfuerzo, pero al que no le pasó eso. Y si le pasó, igual lo está actuando”, concluye. Por eso es que, en este caso, les calzó mejor “un relato mucho más despojado”, por “efectivo y funcional”. Las actrices no están solas en escena: el elenco se completa con Guillermina Etkin, que ejecuta música en vivo, y una suerte de presentador (Marcelo Aruzzi) que, pareciera, está allí para controlar lo que sucede. También hay fragmentos de danza, pensados por la coreógrafa y bailarina Marcela Robbio.

Bajo las nubes... funciona también como un breve retrato de una generación, la de los que hoy tienen veintitantos. Algunas anécdotas que ellas reviven de su infancia seguramente toquen fibras de muchos –“un peso de caramelos Sugus en ese momento era un montón”–, lo mismo con la adolescencia, cuando, por ejemplo, mencionan los boliches de los viajes de egresados.

¿De qué manera la dictadura ha marcado a los que hoy tienen veintitantos? “Tanto por presencia como por ausencia”, sostiene Jáuregui. Y es que, probablemente, quienes hayan sido criados en casas donde primó el miedo, aunque no el horror, nunca hayan pensado en militar en algún partido. Lo importante, según ella, es empezar a pensar el pasado desde el hoy. Es lo mismo que dispara la obra. “Hay quienes se matan pensando en eso: cómo pongo en relato mi historia. Yo la pongo desde el hoy. Tenemos que relacionarnos con nuestras villas, nuestra pobreza y nuestros hombres.”

Entrevista: María Daniela Yaccar.

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Bajo las nubes... es también un breve retrato de una generación, la de los que hoy tienen veintitantos.
Imagen: Sergio Goya
 
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