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Sábado, 5 de febrero de 2011

TEATRO › UNA RECORRIDA POR EL CORAZóN DE TRANSILVANIA

Todo muy lindo, ¿y la sangre dónde está?

 Por Fernando D’Addario

Desde Bran

Para aquellos que llenan la sala del teatro Astral, y/o alquilan la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola y/o hurgan en librerías de viejo para dar con una primera edición de la novela de Bram Stoker, vaya aquí el primer convite a la desilusión: Drácula no existe, los vampiros no existen, es todo mentira. Una lástima que fuese necesario llegar hasta el corazón de Transilvania para comprobarlo. Pero tal es el poder hipnótico de la literatura, el cine y el teatro, que la confrontación resulta siempre injusta con la realidad; la devalúa hasta convertirla en una nueva novela, pero de baja calidad.

Y eso que el tren nocturno que conecta Budapest con Brasov ofrece algunos aperitivos auspiciosos: la embriagante desolación del paisaje, algunas caras extrañas que emergían de las ínfimas estaciones de la campiña húngaro-rumana, las primeras estribaciones de los Montes Cárpatos que permitían vislumbrar, a lo lejos, la presencia residual de castillos medievales... Pero al llegar a Brasov, todo empieza a complicarse: un sol radiante ilumina Transilvania y alrededores, la gente se muestra encantadora y todo el pueblo parece un paraíso en miniatura preparado para un encuentro de lo más amable con el pasado de la humanidad. Ni un solo murciélago.

Para llegar al famoso Castillo de Drácula hay que ir desde Brasov hasta Bran, una pequeña aldea de montaña a una hora de colectivo. El pedido de instrucciones para llegar a ese lugar está contaminado por la ambigua relación que tienen los habitantes de esta zona con la leyenda del Conde. Se da por ejemplo este diálogo con la dueña del hostel y espontánea guía turística:

–Queremos ir al castillo de Bran. ¿Dónde tenemos que tomar el micro?

–Ah, sí, el castillo de Bran. Pero primero sería muy lindo que conocieran la Iglesia Negra. Es hermosa. Se llama así porque sufrió un incendio en el siglo...

–Sí, claro, la vamos a conocer, pero primero queremos ir al castillo.

–Bueno, sí. Y no pueden dejar de ver el edificio del Antiguo Ayuntamiento. Yo les indico cómo ir...

Con la corrección política que debe observar todo turista a miles de kilómetros de su hogar, uno atina a preguntarse: ¿Quién se va a ir hasta los cimientos mismos de Transilvania para conocer la “Iglesia Negra de Brasov” (dicen que es grossa, que es el edificio gótico más impresionante del sudeste europeo, pero...)? ¿Qué es lo que ocurre? Los transilvanos le tienen bronca a Drácula, aunque a su modo le chupen la sangre (una simple devolución de gentilezas). Dicen que Bela Lugosi les robó a su héroe nacional, Vlad Tepes, príncipe de Valaquia y fuente de inspiración para el novelista Bram Stoker. Proyectando la situación a la historia argentina, sería como si un escritor irlandés trasnochado convirtiera en vampiro a San Martín. Bueno, con algunos matices. A Vlad le decían “El Empalador”, por la particularidad de sus métodos punitivos. Se bancó él solito a los turcos, defendiendo las fronteras de Valaquia. Pero el pobre tipo nunca fue vampiro. La auténtica vampiresa era húngara, se llamaba Erzsébet Báthory y se bañaba con la sangre de sus víctimas. Aunque ahora dicen que tampoco era así; que era una buena mujer, pero le inventaron esa mala fama para justificar su posterior condena y el despojo de sus bienes.

A un par de cuadras del castillo de Bran, no obstante, ya irrumpen los puestos de venta de remeras, relojes, vinos, dibujos, muñequitos con la imagen de Drácula, porque, en definitiva, el buen nombre del héroe nacional no alcanza para comer y pagar los impuestos. El castillo, construido en 1377 sobre una roca, es impactante. Claro que las autoridades del ente regional de turismo deberían cuidar algunos detalles, en función del capital simbólico que manejan. No puede ser que en la puerta principal de la mismísima morada de Drácula haya un gatito pelirrojo que ronronea y se refriega en las piernas de los visitantes. ¿No le podían haber puesto, al menos, extensiones a las uñas?

La recorrida por las habitaciones, los salones y los pasadizos secretos es una refinada clase de historia medieval y moderna (uno se entera, por ejemplo, de que la casa fue residencia de verano de la familia real rumana). Un turista español, que tiene a su favor la creencia de que nadie –salvo sus amigotes– entiende lo que dice, atraviesa las instalaciones como si buscara algo que le prometieron durante siglos. “Coño, que nos han engañado como a africanos. ¿Dónde está la sangre en este puto lugar?”, blasfema. A un par de metros, la imagen de la señora de la limpieza fumándose un pucho, con el secador y el trapo de piso como decorados de la visita guiada, no le agrega glamour terrorífico al asunto. Pobre gallego. Un piso más arriba, si se detuvo a leer las reseñas históricas colgadas en la pared, se habrá enterado de que Vlad Tepes, el príncipe de Valaquia, el falso Drácula, ni siquiera vivió en este castillo. La leyenda añade que el temible Empalador sólo estuvo una vez allí, de pasada, encerrado en una mazmorra porque se venían los turcos. Un auténtico pusilánime. Al final, tantos kilómetros y daba más miedo ir a ver el musical de Mahler y Cibrián en el Astral.

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El Castillo de Drácula en Transilvania.
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