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Domingo, 16 de marzo de 2014

CULTURA › OPINIóN

Paris mon amour

 Por Oliverio Coelho *

Tal vez no exista ninguna otra cultura que corresponda al amor argentino como la francesa. Tal vez en este maridaje automático esté asegurado el lazo imaginario entre dos países. En el medio, una historia de inmigración, Paul Groussac al frente de la Biblioteca Nacional, San Martín muriendo en Boulogne sur Mer, por ejemplo, y una tradición de iconos cómoda y prodigiosamente traficados a lo largo de décadas ida y vuelta: Gardel, Cortázar, Copi, Lacan. También, y antes que nada, mientras el Estado Nación argentino terminaba de conformarse, se consolidó en la aristocracia de principios del siglo XX un foco de distinción: el francés como idioma del salón literario. De esa fascinación emergió después el diálogo de las elites intelectuales locales con vanguardias y modas artísticas francesas que desembarcaron en el Río de la Plata, no como anacronismo sino como actualidad en estado puro, a través de la revista Sur. La misma revista Sur, a su vez, como máquina de producir actualidad argentina, enfatizó a escritores como Borges o Silvina Ocampo, que a través de Roger Caillois entraron en Francia y de ahí al resto de Europa. Teniendo en cuenta que la mirada francesa, en el campo artístico local permitió fraguar cierta imagen propia y actual de la cultura, y que esa imagen propia para la literatura argentina retornó a cierta intelectualidad francesa como un eco –la identificación de una voz– o como respuesta a un llamado, no es casual que en el siglo XX la visibilidad de Borges haya estado mediada por Francia, y que haya sido París el lugar en el que Cortázar, Saer, Calveyra, Cozarinsky, entre otros, decidieran exiliarse definitiva o transitoriamente.

Por esto, ser invitado de honor del Salón del Libro de París puede leerse o bien como un llamado a prolongar una tradición en una coyuntura muy distinta de la de mediados del siglo pasado, o bien como una apuesta a partir de la cual renovar una histórica atracción y connotarla por fuera de la nostalgia. La cuestión entonces no es sólo cultivar un lazo añejo y honrar la historia como si fuera una deuda, sino encontrar a través de esta oportunidad un camino que produzca algo más que una memoria dorada, algo más que homenajes. En este sentido, el programa de mesas y diálogos concilia y potencia ambas cosas: incluye una revisión de la tradición –de Cortázar y Borges a Oesterheld, Quino y Gelman– para habilitar una apuesta por el pensamiento y la literatura argentina en el siglo XXI. De algún modo, existe hoy una relación de fuerzas inversa a la que dominaba los salones porteños del siglo XX. Argentina, como Latinoamérica en general, más allá de las orientaciones políticas, es un territorio de alteridad donde nada, todavía, ha sido fosilizado por la tradición o el anhelo.

* Escritor.

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