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Domingo, 5 de agosto de 2007

Las alas de un viejo oficio

En otra vida, José Luis –a secas, así nomás, sin dignarse a revelar un apellido– fue el artesano más respetado de la feria de Plaza Francia, antiguo residente que se encargó de recibir a los nuevos, pasando secretos sobre sus adornos florales artificiales, sus colgantes con forma humana, todo ese repertorio hecho de alambre pero misterioso. Los tiempos cambiaron y la feria cedió paso a la venta ambulante de su creación no original, las alitas de Casi ángeles, que se venden de a miles, en la puerta del Gran Rex; habrá dos docenas de vendedores, y no se sabe de quién fue el de la primera idea; se reprodujeron como plaga, pero José Luis asegura que las suyas tienen un factor diferencial, una forma de ala-corazón que la recarga de romanticismo, que acentúa la veta enamorada, y un peluche más suavecito, blanco pero no tanto justo en esta tarde helada y semilluviosa: el blanco se ensucia rápido. “Todos vendemos, hay lugar para todos. El tema es la seguridad”, dice, consciente de que con los pinchazos que podría provocar un alambre mal encastrado no se juega, que su oficio de artesano es la mejor carta para captar a los padres desconfiados; alentar el fantasma de un pinchazo por culpa de un improvisado es su estrategia tan vieja como una guerra de gaseosas en publicidad.

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