futuro

Sábado, 22 de julio de 2006

NOTA DE TAPA

Principio de incertidumbre

Fundada no una sino dos veces –con un paréntesis colmado de abandono, canibalismo y embestidas indígenas en el medio–, la ciudad de Buenos Aires goza de un pasado, un presente y también, aunque parezca mentira, de un futuro, abierto, difuso y múltiple, como todo porvenir. En ocasión de la publicación de Buenos Aires 2033, una colección de cuentos en la que Pablo De Santis, Carlos Gamerro, Carlos Gardini, Rudy y Ana María Shua se internan en un desafío de especulación que oscila entre la premonición verniana y la advertencia alla Orwell y Bradbury, Futuro dialogó con sus autores, anticipa fragmentos y ahonda en este juego proyectivo centrado en una fecha en la que –de llegar– se cumplirán cincuenta años de democracia continua, un record inusitado para un país que en los últimos cien años entró y salió constantemente de agujeros negros llenos de horror y desolación.

Página en blanco

Por Pablo de Santis

Para este mismo libro intenté escribir un cuento que tenía el siguiente argumento: en una Buenos Aires futura se conserva en un museo a un escritor que trabaja con una vieja Remington. Es el último hombre en el mundo que escribe a máquina. A nadie le importa lo que escribe, pero miran la ejecución de un oficio del que se ha perdido toda huella. El escritor está en una especie de vitrina, los visitantes del museo lo miran pero él no saca la vista de su máquina. Las hojas pasan por la máquina y caen al suelo. Como hace tiempo que se gastó la cinta, y ya no se fabrica, todas las páginas están en blanco. A primera vista no hay nada escrito, pero si uno mira de cerca, nota los huellas que dejaron los golpes de la máquina. En esas letras casi invisibles, acuñadas por un escritor del pasado, está escrito el futuro.

Principio de incertidumbre

Por Sergio Di Nucci

A la hora de imaginar un futuro –cualquier futuro–, dos imágenes antagónicas entran en abierto conflicto. La utopía y la distopía, imágenes que condensan un mundo mejor y otro degradado o terrible. En un famoso libro de testimonios publicado en 1967, Buenos Aires: de la fundación a la angustia (Ediciones de la Flor), el escritor David Viñas imaginaba, filtrado por la conciencia de un progre militante de entonces, una Buenos Aires capital austral del socialismo: en la ciudad triunfaba, y se ponía en práctica, una caricatura de las ideas del Che Guevara. Cuatro décadas después de aquel texto utópico, unas cien personas –escritores, periodistas, artistas– se reunieron para imaginar cómo será la Argentina futura. Fijaron un año como horizonte, 2033, justamente para celebrar el cincuentenario del fin de la dictadura y el retorno a la democracia. El proyecto lo impulsa la Fundación Ciudad de Arena, y ya ha dado sus frutos. Acaba de publicarse el libro de cuentos Buenos Aires 2033, que será vendido en librerías pero también distribuido en escuelas y bibliotecas. Cinco escritores argentinos anticipan cómo será la ciudad del futuro. La convocatoria invita a que se reflexione en cualquier formato, del cine al video, de la monografía al arte conceptual. En Buenos Aires 2003, Pablo De Santis, Carlos Gamerro, Carlos Gardini, Ana María Shua y Rudy trazan la fisonomía de la capital de aquí a treinta años. Futuro anticipa aquí un fragmento del texto de Gamerro, y convocó al escritor y ensayista Pablo Capanna, y a los novelistas Pablo de Santis y Ana María Shua para que reflexionen sobre ese futuro en estas páginas.

Cincuenta años de una idea

Por Gabriel Guralnik

Cuando se habla de un futuro más bien mediato (en este caso, del año 2033), se corre el riesgo (casi la certeza) de que surja la pregunta: “¿Por qué el año 2033? ¿Por qué ese momento lejano del futuro, cuando hay tantas cuestiones que reclaman la atención sobre el presente?”.

“Me interesa el futuro, porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida”, respondería Woody Allen, desde su casa en Manhattan. “Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado”, agregaría Friedrich Nietzsche, desde las páginas de su obra.

Sin embargo, la pregunta por el año 2033 bien merece una respuesta más concreta. Porque la elección de ese momento del futuro en particular no fue arbitraria. En Argentina nunca hubo, hasta ahora, más de cincuenta años de democracia continua. El record todavía está en manos de los que gobernaron entre 1880 y 1930, cuando se produjo el primer golpe de Estado del país. Con el retorno de los gobiernos democráticos –en 1983– se abrió una nueva etapa, que ya lleva cerca de 23 años. Es a esta etapa, a esta apuesta de futuro, a la que apunta el año elegido. Porque en 2033, por fin, se cumplirán una vez más cincuenta años de democracia.

Y si la Argentina aprendió algo de su historia, los 50 años continuos serán valorados. Y la democracia continuará, por decisión de quienes la ejercen. Algo muy distinto a la indiferencia en el golpe del ’30, que culminó con el terror del ’76.

Desde esa reflexión la Fundación Ciudad de Arena inició, a fines de 2005, el Programa “Argentina 2033”. En estos días, en los que Norma publica el primer libro del programa (Buenos Aires 2033), es importante recordar la intención con la que sale a la luz este libro: más allá de su aparición en librerías, será entregado a 3000 alumnos de nivel medio (de bajos recursos económicos) en escuelas de la Ciudad de Buenos Aires (tarea posible gracias a las empresas auspiciantes –Aeropuertos Argentina 2000 y Grupo Editor Norma-Kapelusz– y al Ministerio de Educación del GCBA).

Con estos 3000 jóvenes, a través de sus docentes, se iniciará un camino hasta ahora no explorado. Porque (aunque aún no lo sepan) para ellos éste no es el presente sino el pasado. Porque son ellos los que deben prepararse para su momento en las décadas por venir. Para su verdadero presente. Para el año 2033, por ejemplo.

Gabriel Guralnik es el presidente de Fundación Ciudad de Arena, editor y prologuista del libro Buenos Aires 2033.

ANA MARIA SHUA

Líneas hacia el futuro

Por S. D. N.

Si tuviera que condensar en una imagen el futuro en Buenos Aires, dentro de treinta años, ¿sería la imagen tech, bonita y limpia de una ciudad primermundista a la Tokio, o la imagen decadente, sucia y anárquica de una Lima treinta veces más pobre?

Ana María Shua: Es parecida a la imagen que suele aparecer en los últimos años en los comics, en las películas, en los libros de ciencia ficción. Nada misterioso: uno se limita a tirar líneas hacia el futuro, partiendo de los males de la actualidad, a ver hasta dónde pueden llegar. El capitalismo salvaje que se extiende por el mundo nos hace pensar en una Buenos Aires dividida, en que la diferencia norte-sur se ha acentuado hasta el horror. Un sector de la ciudad miserable, degradado, atroz, donde vive la mayoría, separado por un muro del sector rico, elegante, limpio, infinitamente sofisticado, destinado a la elite. Esa es más o menos la realidad que imagino en mi novela de anticipación, La muerte como efecto secundario. Sin embargo, soy una optimista incurable. Ese futuro es el que temo, pero no creo que sea un destino inexorable. América latina está intentando dar vuelta esa tendencia y en todo el resto del mundo hay constantes conatos de rebelión (por ejemplo, lo que pasó este año en Francia).

¿Cree que cambiarán tanto las cosas de aquí a treinta años?

–Sí, van a cambiar mucho y en un sentido que todavía no podemos imaginar. Como no imaginábamos hace treinta años la revolución informática, ni podíamos fantasear con un escenario mundial que no estuviera dominado por la Guerra Fría. Acabo de terminar un librito muy interesante compilado por Isaac Asimov en los años ’70, Cien cuentos brevísimos de ciencia ficción. Allí se ve claramente cómo los autores no podían imaginar un futuro en que la humanidad no estuviera dividida en dos bloques enfrentándose en una tercera guerra mundial. Nadie hubiera podido pensar la preocupación actual en relación con el terrorismo. Hoy nos es muy difícil pensar en un futuro en el que los atentados de los fundamentalistas musulmanes no jueguen un papel importante, o en el que Estados Unidos no siga ejerciendo la hegemonía mundial, y sin embargo todo es perfectamente posible. Además, los cambios tecnológicos y también sociales se han acelerado de tal manera que los autores de ciencia ficción hemos comprendido que lo mejor es alejarnos enormemente en el tiempo o bien dejar en libertad la más loca fantasía: es la única manera de que la realidad no nos pise los talones.

¿Es optimista o pesimista respecto del futuro del planeta a corto plazo, en unas tres décadas?

–Creo que la ola de capitalismo salvaje, devastador, está comenzando a frenarse y es posible que la distribución del ingreso empiece a mejorar otra vez. Pero si tengo que pensar en el cambio más grande que se produjo en el planeta en los últimos 30 años, no tengo dudas: es la cantidad de gente. Si el ser humano sigue multiplicándose sin control, se va a convertir en la plaga más terrible del planeta. Dentro de treinta años probablemente ya no va a haber lugar para abrir el diario.

El deseo y la esperanza

Por Pablo Capanna

No veo grandes cambios sociales ni revolucionarios de aquí al año 2033 en Buenos Aires, en Argentina, salvo que se produzcan cambios dramáticos a nivel global. Desde luego, si ocurriera eso, Argentina tendría que adaptarse a los nuevos escenarios.

Tomás Moro terminaba Utopía con las siguientes palabras: “esto es algo que más deseo que espero”. Podemos aplicar esa frase en relación a la Buenos Aires futura, porque uno se imagina a Buenos Aires con sus mismos problemas, agravados, que darán lugar a otros. Parecería que habría que esperar mayor marginalidad e inseguridad, por ejemplo.

En cambio, en el plano de los deseos, querría ver a Buenos Aires con mayor descentralización, donde el énfasis esté puesto en el desarrollo de la calidad de vida, donde el conurbano sea más autónomo y habitable.

No se trata de la imagen de una ciudad high tech, eso es más bien el futuro del pasado, lo que antes se imaginaba que sería el futuro. No me parece que haya que esperar un despunte tecnológico, que marque un salto cualitativo de aquí a treinta años, porque creo que el desarrollo tecnológico (desigual) ya está instalado en Argentina.

Creo que la tendencia a que las ciudades sean cada vez más cosmopolitas y multiétnicas es irreversible, porque hay una globalización de hecho que imponen las comunicaciones. Es muy probable que se acentúe la presencia indoamericana y oriental. El desafío está en asegurar la convivencia y la integración, en lugar de la segmentación que parece predominar hasta ahora.

No sé cómo será la democracia en los próximos años, pero lo que deseo es mayor representatividad, una clase política totalmente renovada, eficiente y profesional, con buenos canales de comunicación y participación. Sobre todo sin impunidad, sin clientelismo y con el mínimo de corrupción tolerable.

FRAGMENTO

Tiresias

Por Carlos Gamerro

–Aló Lalo. Aquí el Tano.
–Qué hacés Tano, tanto tiempo.
–Bien, che, bien. ¿Estás ocupado?
–Medio a full, 5 canales. Laburando un poquito por uno, como pa’ no perder la costumbre, vio, por otro chateando con Aníbal...
–¡Aníbal! ¿En qué anda ése?
–Se compró unos campos, por Chascomús me parece. Pará que le pregunto. Sí, Chascomús. Algodonales. Bueno, te sigo contando... por otro en sesión, por otro dándome un masaje... Bueno, y por éste hablando con vos, claro.
–¿Y tu cuerpo?
–En casita. No sé, será psicológico capaz, viste que se supone que los disyuntores nuevos no tienen overlapping, pero a mí eso de ponerte un masaje mientras andás a las corridas por la calle no me va, después me siento más tenso que antes. ¿Y vos?
–El cuerpito, en Miami. Canales, 2, nomás. Me estoy reponiendo del año nuevo. El 31 a las 12 llegué a 8. No sabés cómo quedé.
–Fané y descangayado. Pero las fiestas son así. No me dijiste qué estás haciendo por el otro canal. ¿O es codificado?
–No, para nada. Estoy cenando con Néstor. ¿Te acordás?
–Cómo no, mandale saludos. ¿Qué están comiendo?
–Néstor, empanaditas salteñas de dodo y una mousse de alcaucil. Yo, un carpaccio de huemul con quinua burgul y chutney de durián. ¿Querés probar? Te conecto.
–¿Gourmet.com?
–No. Virtualessen. A los de Gourmet el durián no les sale tan bien. Te deja un regusto de mango. Y tarda más en bajar. Viste, no soporto cuando hay delay entre textura y sabor... se nota tanto.
–¿Y qué ingerís? ¿Base?
–Sustrato. Las saborizaciones de Virtualessen van mejor con sustrato. ¿Tenés a mano?
–Sí, pero igual ahora no tengo hambre, gracias. Y con 5 canales tengo suficiente por el momento. A ver si todavía se me cuelga el sistema.
–¿Te conté lo que me pasó el otro día? Iba lo más campante por Corrientes, disfrutando de la nieve y el sol, cuando se encendió la alarma.
–¿Qué categoría?
–Cinco.
–¡Chucho! ¿Y qué hiciste?
–¿Qué querés que hiciera? Desconecté. Estaba a dos cuadras, el refugio más cercano.
–¿Qué era?
–Un piquete de analógicos.
–¿Y qué querían? ¿Lo de siempre?
–Sí, plenos derechos digitales. Te digo, Lalo, ya no se puede ni caminar por la calle. Pude verlos, un segundo, antes de tabicarme. Venían con piedras y palos. Un verdadero espanto.
–¿Te atacaron?
–No, policía había, pero ya sabés... Imaginate. Yo tenía el virtualizador puesto en estilo Neotoscano, y en invierno europeo, porque ese día me levanté con ganas de ver nieve, y tocarla, primero con guantes y después sin –es una sensación deliciosa, sobre todo en verano– y de buenas a primeras tengo que desconectar y se me viene encima la base material: los edificios como muelas cariadas, las veredas de asfalto, los árboles de alambre, el Obelisco truncado –ya sé que sólo lo ven los analógicos, pero podrían arreglarlo, ¿no? Se supone que era el símbolo de la ciudad, o algo– el calor pesado y el cielo cargado de nubes, y estos muñecos que parecían salidos de una banda zombi-punk... ¿Alguna vez te pasó? (...)

Este fragmento corresponde al cuento Tiresias, de Carlos Gamerro, publicado en la colección Buenos Aires 2033.

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