futuro

Sábado, 27 de enero de 2007

LOS EXPERIMENTOS QUE SENTARON LAS BASES DE LOS ESTUDIOS DEL PLACER EN LOS ANIMALES

Las puertas del placer

 Por PABLO A. PELLEGRINI

A mediados del siglo XX, el psicólogo estadounidense James Olds desarrolló un experimento que sentó las bases para el estudio del rol del placer en el comportamiento animal. Para ello debió encontrar una metodología que permitiera ubicar el placer en el cerebro, lo que constituía un gran impedimento técnico. Fue Burrhus Skinner, otro psicólogo, quien allanó el camino al presentar una técnica que mide el grado de satisfacción ante un determinado estímulo, según la frecuencia con la que el animal realiza el acto que le permite obtener la recompensa. Poniendo al animal en una situación en la que él mismo decide qué hacer se puede traducir el acto volitivo del animal en una frecuencia de respuestas, capaz de ser observada y cuantificada.

Olds empleó este sistema en un experimento de 1954. El estímulo consiste en un electrodo implantado en el cerebro de la rata, el cual produce una pequeña descarga eléctrica cada vez que una palanca es presionada. Cuando la rata descubre el efecto que produce presionar la palanca, continúa haciéndolo sistemáticamente, hasta que se le desconecta la corriente. Después de estos experimentos, el animal es sacrificado y su cerebro es congelado, seccionado y teñido para determinar qué estructura cerebral fue estimulada. Este procedimiento, realizado con numerosas ratas en distintas partes del cerebro, permitió vincular la frecuencia de autoestimulación eléctrica con la estructura anatómica y determinar la región cerebral de mayor estimulación. Olds proclamó así haber encontrado los centros de placer en el cerebro. Si bien en lugar de “centros de placer” resultó luego más conveniente el término de “sistemas de placer” –por enfatizar la presencia de múltiples elementos neuronales en vez de un foco puntual–, el objetivo de localizar el área donde se produce esta satisfactoria sensación en el cerebro había sido alcanzado.

LA REALIDAD DE LOS PRINCIPIOS

Hay casos en los que un estímulo puede resultar placentero o no, según se corresponda con señales internas. Así ocurre, por ejemplo, con la temperatura, dado que a un sujeto inmerso en agua caliente le resultará placentero el contacto con agua fría, ya que el estado termal interno es superior al fijado por el centro hipotalámico regulador de la temperatura. Sin embargo, le resultará displacentero (término acuñado por Freud) si ya se encontraba inmerso en un medio frío. El placer se obtiene entonces cuando la sensación indica la presencia de un estímulo que ayuda a corregir un problema interno, es decir, cuando orienta el estado del sujeto hacia el equilibrio de las propiedades del organismo, o lo que es lo mismo, hacia la homeostasis.

Una posición parecida adoptó Freud para asegurar que el placer desempeña un rol importante en la disminución de las tensiones. Además proclamó que esta sensación era la reguladora de los procesos anímicos, algo que llamó el “principio del placer”. Más tarde, agregó que en ocasiones se produce un aplazamiento de la satisfacción frente a dificultades del mundo exterior –lo que llamó “principio de realidad”–, y que no implicaba que se abandonara la consecución final del placer sino que se posponía para evitar mayores tensiones.

EL PRINCIPIO DE CONSERVACION

No obstante, las sensaciones no siempre están relacionadas con un estado fisiológico interno. Las sensaciones visuales y auditivas no dependen tanto de la biología del organismo como de parámetros culturales. Además es preciso diferenciar lo que serían distintos tipos de sensaciones placenteras. Esto se evidencia al comparar los efectos de la autoestimulación eléctrica con los del consumo de alimentos. Olds comprobó en 1956 que las ratas hambrientas corrían más rápido para alcanzar el estimulador eléctrico que para alcanzar la comida. El resultado es que las ratas se infligen a sí mismas la desnutrición al elegir la estimulación eléctrica en el cerebro por sobre la comida y el agua. La consecuencia de tal preferencia es que las ratas mueren de hambre por permanecer invariablemente abocadas a la estimulación eléctrica del cerebro.

En el caso de la alimentación, el placer se enmarca dentro una vía de regulación negativa, incrementándose frente al alimento cuando hay hambre, pero disminuyendo en cuanto el organismo ha consumido suficiente. Por el contrario, el placer que produce la estimulación eléctrica en ciertas áreas del cerebro funciona como un sistema de retroalimentación positiva, que permanece continuamente nutriéndose a sí mismo y que no se puede saciar. La interpretación utilitarista del placer parece desplazada por una búsqueda hedonista, donde el placer pierde su relatividad, se independiza y no sirve más que a sí mismo. Puesto que el placer es el resultado de una sensación satisfactoria ante un estímulo, el interés que motiva el comportamiento animal es la obtención de esa satisfacción, y no la naturaleza del estímulo en sí.

Freud aseguraba que sólo es posible gozar en el contraste y que por lo tanto el placer es de carácter esporádico. Su aseveración parte de la premisa de que el placer se obtiene cuando el estímulo permite disminuir una tensión en el organismo. Efectivamente, si se encuentra dentro de una vía regulatoria, el placer que dispara será útil para la conservación del organismo, en la medida en que motivará al individuo para satisfacer los requerimientos que lo acerquen a la homeostasis. Pero si no hay mecanismos de regulación, el placer motivará al individuo a obtener ese estímulo, sin importar que lo aleje de la homeostasis. En el caso del ser humano, las propiedades cognitivas y racionales de la conciencia bien pueden constituirse en mecanismos regulatorios del placer, utilizándolo para alcanzar fines específicos, homeostáticos o de otra naturaleza.

En cuanto a las ratas, si todas dispusieran al nacer de una fuente permanente de placer, su instinto de conservación y reproducción sería desechado en pos de esa infinita satisfacción, y la especie se extinguiría. Por lo tanto, es claro que la selección natural actuó de manera que al placer no se acceda de forma ilimitada y continua. La situación se esclarece con un experimento en el que se extirpa el área septal de una rata. Esta se convierte en un animal extremadamente activo, lo que sugiere que dicha área del cerebro actúa como un sistema represor, es decir, el estado basal es la represión del acceso al placer. Los mecanismos que dan placer lo que hacen es –aunque suene redundante– inhibir la inhibición constitutiva, es decir, liberan al placer. En el caso de los placeres procedentes de la alimentación o la temperatura, los mecanismos desencadenados se encuentran regulados, esto es, la liberación del placer es parcial, controlada y momentánea. Pero cuando los mecanismos desencadenados carecen de vía regulatoria, el placer liberado es total y no hay forma de saciarlo.

LA FIEBRE DE LAS BANANAS

En el cuento Un día perfecto para el pez banana, J. D. Salinger relata una historia sumamente ilustrativa del dramatismo de este comportamiento. Resulta que el pez banana es aparentemente un pez como cualquier otro; de hecho, su comportamiento es completamente normal. Tiene costumbres muy curiosas, pero no las manifiesta. O por lo menos, hasta que descubre un pozo lleno de bananas. Entonces su modo de actuar se altera gravemente. Se sumerge en el pozo y engulle frenéticamente las bananas, con tal fervor que luego está tan gordo que no puede salir por la abertura del pozo. Así, el pez banana muere, víctima de una trágica enfermedad: la fiebre de las bananas.

Del mismo modo que el pez banana, la rata se dedica únicamente a obtener más placer, y al descuidar su conservación, muere. Ante esto, el realizador del experimento podría preguntarse por qué no invirtió algo de sus energías en alimentarse, respondiendo al principio de realidad, para luego seguir obteniendo placer. En primer lugar, esta perspectiva continuaría suponiendo erróneamente que la conservación a lo largo del tiempo es prioritaria a la obtención de un placer de intensidades descomunales. Además, la formulación de esta pregunta revelaría la perversión de quien la ejerce, pues si la rata dejara de estimularse eléctricamente el cerebro para alimentarse, el científico podría desconectar el circuito y concluir el experimento, con lo que la rata jamás volvería a obtener tal placer. La experiencia le habrá demostrado al pez banana que el encuentro con esa fuente de placer es un hecho improbable e inestable, dadas las condiciones hostiles del ambiente.

En general, el placer en el reino animal tiene la capacidad de potenciar el interés por la alimentación y la reproducción en el comportamiento de los seres vivos. A su vez, encontrando en el placer un motivo que orienta su accionar, el organismo le pone un límite regulando estas actividades.

Aun así, es posible dar con ejemplos donde la búsqueda de placer conduce a actitudes llamativas, como ocurre con el zángano, que muere luego de copular con la abeja reina. Si bien en este caso el individuo se dirige a su autodestrucción, es favorable para la especie –al dejar descendencia– y por lo tanto positivo en términos evolutivos. Pero en la autoestimulación eléctrica de ciertas áreas del cerebro, el comportamiento animal desnuda su objetivo y deja de lado la conservación de su vida y de la especie. Ante la despiadada lucha por la supervivencia a la que se ven arrojados los animales ante la continua aparición de obstáculos y adversidades con que recibe el entorno, la posibilidad de encontrar una fuente ilimitada de placer constituye un hecho tan remoto e improbable que el organismo no dispone de mecanismos de defensa que eviten su autodestrucción, pues en la evolución nunca fue una variable en juego. De haber sido así, de abundar las oportunidades de encontrar placer ilimitado –y entonces ya no habría esa competencia entre especies e individuos– sólo habrían sobrevivido los que tuvieran la capacidad de orientar su comportamiento en otro sentido. Pero siendo que el placer es el regulador de la conducta, no es de sorprender que encontrada al fin esa fuente ilimitada de placer, de intensidades superiores a las que provee el anhelo de alimentación y reproducción, el animal se entregue a ella como si no hubiera otra igual. ¿O acaso alguien puede decirle al pez banana que hay otros pozos repletos de bananas en medio del mar?

Pablo Pellegrini es licenciado en biotecnología e investigador del Instituto de Estudios sobre la Ciencia y la Tecnología (Iesct), Universidad Nacional de Quilmes.

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