futuro

Sábado, 21 de abril de 2007

ASTROMETEOROLOGIA: EL METODO DE VER A LAS PLEYADES PARA PRONOSTICAR PRECIPITACIONES

Lluvia de estrellas

 Por Mariano Ribas

Todos los años, poco antes de la llegada del invierno, los campesinos de los Andes de Bolivia y Perú repiten, generación tras generación, un ritual íntimo y silencioso. En los primeros días de junio, desafían la oscuridad y el frío de la alta madrugada, y salen en busca de una señal del cielo. Miran hacia el horizonte del Este, y esperan pacientemente la salida de un pequeño y brillante enjambre de estrellas. Y cuando finalmente asoman, un rato antes de la salida del Sol, las observan con sumo cuidado: según su aspecto, las “Pléyades” les revelarán qué pasará con las lluvias durante la época del cultivo de la papa. Un dato nada menor para la vida de estos pueblos andinos que dependen de aquel alimento esencial. No es raro, entonces, que para ellos, aquel puñado de estrellas haya cobrado un enorme valor cultural, práctico y –por qué no– hasta afectivo. Sí, porque, créase o no, la cosa funciona (si así no fuera, la costumbre no hubiera sobrevivido el paso de los siglos). Ahora, bien: ¿cómo es posible que las Pléyades pronostiquen el comportamiento de las lluvias en los Andes centrales? ¿Qué pueden tener que ver unas lejanísimas estrellas con los avatares pluviales terrestres? La respuesta es de lo más curiosa.

Estrellas veneradas

Las Pléyades son un puñado de estrellas brillantes y azules que forman un grupo especialmente compacto (ocupan sólo 2 grados en el cielo). Un poderoso imán visual que, además, se ve fácilmente desde ambos hemisferios. No es raro, entonces, que durante milenios hayan llamado la atención de casi todos los pueblos de la Tierra. Entre ellos –y hete aquí lo que nos interesa–, los habitantes de las regiones andinas de América de Sur: las Pléyades fueron tradicionalmente veneradas por los incas, que, además, utilizaban sus apariciones y desapariciones a lo largo del año, como un confiable marcador temporal para organizar sus plantaciones. Y algo más (que ya veremos). Por lo tanto, no resulta extraño que esas prácticas se hayan prolongado en el tiempo, hasta llegar a los actuales campesinos peruanos y bolivianos que habitan la zona andina.

La relacion “brillo-lluvias”

Y aquí viene el “algo más”: según las tradiciones andinas, el brillo de las Pléyades durante las primeras madrugadas de junio está en relación directa con las lluvias de la próxima primavera. O sea: cuanto más brillantes se vean esas estrellas, más lloverá en octubre y noviembre. Y viceversa. Son datos cruciales, dado que en esos meses se cultiva la papa, el alimento base de toda la zona. Si llueve mucho, todo saldrá bien. Pero si las Pléyades brillan menos, anunciando lluvias pobres, las cosas se complicarán, porque las papas son muy vulnerables a las sequías. Y entonces, los campesinos deberán demorar las plantaciones hasta diciembre o enero, esperando las fuertes y confiables lluvias de verano. Literalmente: tienen que salvar las papas. A Pléyades más brillantes, más lluvias de primavera; convengamos que, a primera vista, esta antigua regla de empiria astrometeorológica puede resultarnos ingenua y demasiado simplista. Casi, casi, suena a superstición, como tantas otras basadas en los asuntos del cielo. Pero funciona bastante bien. Año a año, década a década, y siglo a siglo. ¿Cómo puede ser?

Camino a la explicacion

La clave del asunto no está en las Pléyades, obviamente, sino en causas muchísimo más cercanas. Y el que dio en el clavo fue el climatólogo estadounidense Benjamin Orlove, de la Universidad de California. A partir de distintos registros meteorológicos de las regiones andinas de Bolivia y Perú, Orlove descubrió que los culpables de los cambios de brillo de las Pléyades (a comienzos de junio, y de un año con respecto a otro) podían ser los “cirrus”, nubes largas y muy finas que flotan a alturas de 6 a 12 mil metros. Son tan delgadas y están tan alto, que no se ven a simple vista pero, aun así, actúan como sutiles velos que bloquean ligeramente la luz estelar, haciéndolas parecer algo más pálidas, especialmente a los ojos de observadores experimentados. Pasado en limpio: con cirrus durante junio, las Pléyades lucen más tenues. Parte del asunto, el más visible, estaría explicado. Pero falta lo más sustancial.

Cual detectives meteorológicos, Orlove y su equipo revisaron meticulosamente unos enormes archivos, con casi tres décadas de registros de lluvias (de 1962 a 1988) en los Andes bolivianos y peruanos. Y después de cruzar datos, encontraron una relación de lo más sugerente: en aquellos años en que se manifestaba la famosa corriente de “El Niño”, la temporada de lluvias en la región se demoraba más de lo habitual. En lugar de comenzar a principios o mediados de octubre, las precipitaciones arrancaban recién a mediados de noviembre, o más tarde aún. Y ahora sólo resta un detalle clave para completar el rompecabezas de las Pléyades y las lluvias: resulta que uno de los efectos más típicos de “El Niño” es la abundante formación de cirrus en la zona andina. Y ése, justamente, es un fenómeno meteorológico que empieza a manifestarse en junio, y que, además, es apenas un anticipo de lo que ocurrirá meses más tarde: lluvias pobres y demoradas.

“El Niño” juega con estrellas

Atando todos los cabos sueltos, Orlove y los suyos explicaron el ancestral misterio de las Pléyades y las lluvias andinas. En resumidas cuentas, es así: en los años “normales”, los cirrus son bastante escasos, y en consecuencia no alteran la luminosidad de las famosas estrellas. Y por eso, cuando los campesinos peruanos y bolivianos salen a mirarlas, en la gélidas madrugadas de junio, las ven brillantes. Y entonces saben que las lluvias llegarán normalmente, en octubre. Pero en los años en que ataca “El Niño”, los cirrus son abundantes en junio (y en julio también), y les quitan esplendor a las Pléyades, dando la alarma visual de que las lluvias llegarán tarde (por culpa de los efectos de “El Niño”, justamente).

A fin de cuentas, este misterio astrometeorológico tenía una explicación. No podía ser de otra manera. Y nos demuestra, una vez más, que detrás de los valiosos conocimientos tradicionales de los pueblos, basados en la empiria y en la experiencia cotidiana transmitidas de generación en generación, siempre se esconden los hilos de la naturaleza. Hilos que, en este caso, unen, en forma curiosa e intrincada, a vitales lluvias con un ramillete de estrellas azules.

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