futuro

Sábado, 4 de agosto de 2007

HISTORIA DE LA CIENCIA: CUANDO DARWIN CONOCIO A ROSAS (O CUANDO ROSAS CONOCIO A DARWIN)

El militar científico y el científico del imperio

 Por Esteban Magnani

En el diario de un joven británico, escrito durante su estadía en la Argentina, se cuenta una anécdota sobre las preocupaciones de los locales: durante una charla que mantenía sobre los hábitos de los países, su interlocutor se detuvo repentinamente y con intimidatoria seriedad le preguntó: “¿No son las mujeres de Buenos Aires las más bellas del mundo?”. A lo que el joven respondió: “Ciertamente, sí”. No conforme con eso, el argentino continuó: “¿Hay otro país en el mundo donde las mujeres lleven peinetas tan grandes como las que lucen las de Buenos Aires?”. El diario continúa: “Solemnemente le afirmé que jamás lo había encontrado. Quedaron encantados, y el capitán exclamó: `¡He aquí un hombre que ha recorrido medio mundo y nos asegura que es así!’ (...) Mi excelente gusto en materia de peinetas y de belleza me valió una encantadora acogida; el capitán me obligó a que ocupara su lecho y fue a acostarse sobre su recado”.

La anécdota probablemente no tenga nada de sorprendente para cualquier argentino acostumbrado al proverbial orgullo nacional por la belleza de sus féminas, aunque el detalle de las peinetas puede hacerlo sospechar que todo ocurrió hace mucho tiempo. Así es: la anécdota fue escrita en 1833, pero probablemente lo más interesante sea que el joven británico era ni más ni menos que un Charles Darwin de 24 años, aún ignoto, que daba la vuelta al mundo en el “Beagle” y dejaba en su diario impresiones sobre mariposas, tortugas y costumbres locales (más adelante dice de las clases “elevadas” de la Argentina que en ellas se nota la “sensualidad, la irreligiosidad, la más desvergonzada corrupción llevada a grado supremo”).

A orillas del Colorado

Pero más allá del valor antropológico del comentario, Darwin tuvo uno de esos momentos en el que se cruzan las vidas de dos personajes que ahora parecen pertenecer a mundos distintos y resultan insospechados de coincidencia espaciotemporal. Así es: a la vera del río Colorado, en 1833, Darwin se encontró con Juan Manuel de Rosas cuando el británico se dirigía al encuentro del “Beagle” en Bahía Blanca y el general intentaba disciplinar a los aborígenes con palos y regalos. Darwin dedica varios párrafos a relatar las historias que circulan sobre el personaje y su violenta forma de ganar el respeto de los gauchos, y luego cuenta que fue convocado por Rosas, de quien obtuvo su pasaporte para seguir viaje. La charla en sí no debe haber resultado demasiado interesante: “Mi entrevista transcurrió sin una sonrisa y obtuve mi pasaporte y permisos para las postas de caballos del gobierno”, aunque aclara que “en la conversación es entusiasta, sensato y formal”.

El encuentro, que a primera vista parece anecdótico e intrascendente, es interpretado bajo una luz interesante por un artículo del periodista, escritor y profesor Aníbal Ford, quien considera imprescindible complementar la visión de Darwin sobre el encuentro con la versión menos conocida de Rosas para evitar caer en la frecuente trampa de vernos sólo a través de la mirada ajena. Según se puede leer en varias cartas, Rosas, como muchos de sus contemporáneos argentinos, tenía una razonable desconfianza de las intenciones del “Beagle” en la Patagonia. Incluso Manuel Moreno advertía desde Londres que mantuvieran un ojo sobre el “Beagle”. Las sospechas parecían justificadas si se tiene en cuenta que ese mismo año los ingleses ocupaban las Malvinas (Darwin relata su sorpresa al ver la bandera británica flotando sobre las islas).

La conquista del saber

Por otro lado, según Ford, mientras Darwin suele ser presentado como un científico sin más intereses que la conquista del saber, bien podría considerarse como una avanzada exploratoria del imperio de aquel entonces (consciente o no). Por su parte, del Rosas que avanzaba sobre tierra de los aborígenes con momentos de mucha brutalidad, se ignora totalmente su vocación exploratoria. Efectivamente: Rosas estuvo acompañado por un agrimensor, un astrónomo, dos hidrógrafos, meteorólogos, etc., que buscaban conocer el nuevo territorio y descubrir su potencial productivo; incluso luego contrató a un español para que planificara la colonización de la Patagonia y propuso la idea de criar ovejas en la región a partir de las investigaciones de esa expedición. Por otro lado, el astrónomo de la expedición, un italiano llamado Nicolás Descalzi, cuenta en su diario que le avisó a Rosas que iba a tener lugar un eclipse. El general, quien pese a sus maneras gauchescas había recibido una educación bastante sólida, aprovechó para acercarse a una de las tribus aliadas y advertirles que la Luna desaparecería por un tiempo pero que no había nada de qué preocuparse.

Si bien es válido el intento de matizar la idea de que “la ciencia es la de los de afuera”, está claro que Darwin aportó mucho más a la ciencia que Rosas y que este último fue más un militar y un político que cualquier otra cosa. Probablemente la interpretación más enconada de lo que critica Ford se vea concentrada y formalizada en su máxima expresión en Domingo Faustino Sarmiento, quien en 1882 daba un discurso en honor al recién fallecido Charles Darwin y algunos años antes había dicho de la “tiranía de Rosas” que se trataba de “la más solemne, la más sublime, y la más triste página de la especie humana”, sin atenuantes. Al parecer, la crítica medida, ya sea para la belleza de las mujeres, la brutalidad de los hombres o la evaluación de una gestión política, hace siglos que no es un hábito de los argentinos, más inclinados por ver las cosas blanco sobre negro.

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