futuro

Sábado, 6 de septiembre de 2008

Innovación y utopía

Cúpulas geodésicas, casas prefabricadas de plástico y tetraedros que se edifican como ejes del universo fueron los temas que apasionaron a Richard Buckminster Fuller, un excéntrico arquitecto que, entre otras cosas, fue comparado con Leonardo Da Vinci por Marshall MacLuhan y se posicionó como crítico de las tecnologías en manos del capitalismo.

 Por Pablo Capanna

Entre los nuevos materiales que nos ha dado la nanotecnología, probablemente los más conocidos sean los fulerenos, gracias a los cuales un equipo inglés obtuvo un Premio Nobel en 1996. Sus moléculas están compuestas totalmente de carbono, pueden tener la forma tanto de una esfera hueca como de un tubo formado por anillos hexagonales y prometen una enorme gama de aplicaciones, que van desde la industria espacial hasta la medicina.

Los fulerenos esféricos se llaman buckyballs y los nanotubos, buckytubes, porque fueron descubiertos en 1985, dos años después de la muerte de Richard Buckminster Fuller, el arquitecto que se había hecho popular como Bucky. Su nombre completo es Buckminsterfullerene (C60).

A los fulerenos se les adjudicó ese nombre en homenaje a Fuller, porque sus moléculas tenían la misma estructura de las cúpulas geodésicas que lo habían hecho famoso. Si las cúpulas eran la mejor realización de la “integridad tensional”, Fuller había imaginado que el tetraedro podría ser el módulo esencial del universo, que debía estar en todas partes, desde los fotones hasta la doble hélice. Encontrarlo en una molécula fue toda una sorpresa.

Pero no sólo se trata de moléculas. Los conceptos que introdujo Fuller están en boca de todos los políticos, desde la “sinergia” y el “desarrollo sustentable” hasta esa “nave espacial Tierra” que popularizó Adlai Stevenson. Más allá de sus especulaciones filosóficas y hasta de algún delirio tecnológico, hace tres o cuatro décadas Fuller decía cosas que no tendríamos que haber olvidado.

UN UTOPISTA PRACTICO

Bucky Fuller (1895-1983) fue el más famoso de los arquitectos norteamericanos, pero prefería presentarse como “generalista”, porque pensaba que la especialización era lo que había acabado con los dinosaurios. Ingeniero, filósofo, poeta, geómetra de estirpe pitagórica, acostumbró pensar siempre en términos globales. Quizá fue el último y el más talentoso de los tecnócratas; a la vez pragmático, megalómano, excéntrico, mesiánico, inconformista y a veces casi genial.

Su vida se ajusta tanto al paradigma del héroe norteamericano que a cualquiera le parecería propia de un guión de Hollywood. Es la historia del innovador solitario, el fracasado que nadie comprende aunque llega el momento en que la fama lo alcanza. Claro que esta vez funcionó.

Venía de una familia acaudalada y entre sus antepasados estaba Margaret Fuller, que fue amiga de Emerson y Thoreau. Dos veces echado de Harvard por frecuentar más los teatros de revista que las aulas, su formación intelectual fue bastante irregular. Se casó muy joven, trabajó como obrero de línea y operador de radio y tras llevar a la quiebra la empresa de construcciones de su suegro quedó en la miseria.

Por aquel entonces vivía en un sórdido suburbio de Chicago y acababa de perder una hija. Se dio a la bebida y pensó en suicidarse, pero cuando estaba a punto de tirarse al lago Michigan, tuvo una suerte de visión mística que le dio la certeza de que el Universo era un “diseño”, una estructura racional de la cual él no tenía derecho a excluirse.

Estuvo en silencio un año entero; no habló con nadie, se dedicó a pensar, leyó a Gandhi y Leonardo y se convenció de que la vida era demasiado importante para ocuparla sólo en ganar dinero. Dejó de ser Clark Kent para convertirse en Superman el día que concibió las ideas centrales de esa geometría especulativa que luego llamaría “sinergética”.

Cuando volvió a hablar fue para ponerse a desarrollar una serie de inventos y diseños que inicialmente fueron recibidos con indiferencia o rechazados por su escasa rentabilidad, aunque todavía se los celebre. Durante años fueron considerados “diseños futuristas”, especialmente después de que el autor de la historieta Buck Rogers confesó haberlos imitado.

TODO DYMAXION

La mayoría de los diseños estaban destinados a la construcción y ostentaban la marca Dymaxion: “máxima tensión dinámica”. Fuller pensaba que la tecnología del bienestar (vivienda, sanitarios, esparcimientos) era la que menos había evolucionado en los últimos milenios. Se propuso llevar a la construcción la fabricación seriada de Henry Ford y, como Le Corbusier, pensó la vivienda como una “máquina de habitar”.

Su primera creación, la “4D-Dymaxion House”, fue una casa prefabricada. Era una especie de calesita suspendida de un mástil central, que contenía los servicios esenciales. Un dirigible la transportaba por aire y arrojando una bomba abría el pozo en el cual se plantaría el mástil. Una vez afirmado éste con cemento, la casa estaría lista para habitar, dejando el suelo libre como jardín. En caso de mudanza, otro dirigible la arrancaría y la instalaría en otra parte.

Entre los accesorios Dymaxion que concibió en los años ’30, había un sanitario neumático que compactaba los desechos para su industrialización, y una ducha “de niebla” que garantizaba higiene óptima con el mínimo consumo de agua. Otro sanitario, que producía biogás, fue muy bien recibido en la India.

En 1942 se metió con los automotores. Diseñó el “Omnitransport”, un ómnibus que era capaz de rodar, navegar y volar, y produjo el Dymaxion Car, un auto aerodinámico de tres ruedas pivotantes que estacionaba de costado y podía llevar hasta once pasajeros. La industria de Detroit no se interesó en él y cuando hizo una demostración para los británicos el conductor murió cuando el Dymaxion fue chocado por otro vehículo. Los diarios se ensañaron con el “auto futurista” y lo condenaron al olvido.

Los proyectos que hizo años más tarde eran todavía más ambiciosos, como Triton City, una ciudad flotante de módulos tetraédricos, u Old Man River’s City, una ciudad modular formada por terrazas circulares cubiertas por un domo geodésico.

El primer acierto “práctico” de Fuller fue un diseño para depósitos de provisiones que usaron las fuerzas armadas en el Pacífico y el Golfo Pérsico. Por primera vez, la escasez de materiales y la necesidad de reducir costos de instalación venían a darle la razón. Este éxito le abrió el camino para su mayor logro, la “cúpula geodésica” de 1949. Fruto de especulaciones casi metafísicas sobre la “geometría de la energía”, esta cúpula demostró ser una estructura muy liviana, que se hacía más resistente cuanto más grande.

Fuller imaginó racimos de esferas agrupadas en torno de un centro y encontró que en lugar de una esfera más grande, el resultado era un poliedro de catorce caras, seis de ellas cuadradas y ocho triangulares. Toda la estructura podía reducirse a un conjunto de tetraedros entrelazados.

Una aplicación indirecta de este principio fue el “Mapa Dymaxion”, que obvia todas las deformaciones de los sistemas cartográficos conocidos y ofrece una representación más adecuada de la superficie terrestre. La divide en veinte triángulos esféricos equiláteros y los proyecta sobre un plano, logrando una fidelidad mayor que los sistemas usuales.

El éxito de las cúpulas geodésicas llegó en 1952, cuando la Marina descubrió sus ventajas y comenzó a levantarlas en todo el mundo. Desde entonces se las ha construido de aluminio, plástico y hasta bambú y cartón impermeable, en lugares tan disímiles como Varsovia, Lima, Nueva Delhi, Casablanca y el Polo Sur.

Fuller llegó a concebir un enorme domo geodésico que cubriría la isla de Manhattan, para economizar energía y controlar el clima, y aseguró que podía hacerlo usando menos acero que un trasatlántico.

“EL GENIO AMIGO DEL PLANETA”

Gracias a las cúpulas geodésicas, Bucky fue honrado por Harvard y designado profesor en Carbondale. Allí se inició su última etapa, como pensador y gurú cultural. Escribió libros inclasificables como Nine Chains to the Moon (1963) y No More Secondhand God (1967), donde la geometría especulativa se mezclaba con la ingeniería y cierta “historia hipotética”, con ese peculiar estilo caótico y reiterativo que lo caracterizaba.

El Manual de instrucciones para el manejo del planeta Tierra (1969) se adelantó al ecologismo. Fue uno de los primeros en afirmar que las computadoras cambiarían al mundo.

En 1966 el equipo de la Universidad de Carbondale dirigido por Fuller produjo un informe destinado al presidente Johnson, que causó cierto revuelo. Hasta el fin de sus días, Fuller seguiría insistiendo en esas ideas: el escándalo de la escasez en un mundo que gasta fortunas en armamentos, la propuesta de un plan de desarrollo global para los países pobres y la utopía de un gobierno mundial federativo.

Tres años más tarde fundó en Filadelfia el World Game Center, una consultora análoga al Instituto Hudson o al Club de Roma, que se proponía procesar toda la información disponible sobre recursos energéticos, tecnología y posibilidades de desarrollo para un mundo unificado.

Hace décadas, el World Game anunciaba que con la tecnología de entonces se podía alcanzar la prosperidad general. Proponía aplicar todos los recursos de la inteligencia para resolver el problema de la vivienda e interconectar las redes eléctricas de todos los países, para ofrecer un suministro de energía uniforme a todo el planeta.

Fuller y su World Game sostenían que la escasez es una ilusión mantenida artificialmente para dividir al género humano. Malthus, Maquiavelo y la guerra estaban obsoletos. Había suficiente energía en los océanos y en la luz solar, y los recursos tecnológicos existentes alcanzaban para explotarla.

La contaminación no era otra cosa que energía bajo otras formas, que podía ser aprovechada. Solamente con el reciclaje de los metales actualmente en circulación en todo el planeta se podría prescindir de la minería, siempre que se recurriera a nuevas técnicas que procuraran el máximo rendimiento con los menores recursos (su famosa ephemeralisation), como las cúpulas geodésicas y las casas prefabricadas de plástico.

¿SE PUEDE?

Fuller amalgamaba temas de distinta procedencia en una síntesis personal. Por un lado, la vertiente tecnocrática de Howard Scott y su “política energética”. También se hacía eco del conductismo: “Tratemos de cambiar el entorno, no cambiar al hombre”. Por último, revelaba una preocupación ecológica totalmente inesperada en quien había sido apologista de Henry Ford. Ponía énfasis en las energías alternativas (apenas mencionaba la nuclear) y el reciclaje de los recursos.

Fuller era muy duro con las grandes corporaciones, que todavía no eran transnacionales. Aseguraba que habían evolucionado hacia un sistema de ficciones legales, basado en el comercio de tecnología, y administraban los recursos del planeta con fines puramente egoístas. Al parecer, el tiempo le dio la razón, y el calentamiento global es la mejor prueba.

Sus últimos libros, calificados de “populistas” fueron Camino crítico (1981) y GRUNCH of Giants (1983): GRUNCH era una sigla que significaba “Producto Bruto Universal”. Para Fuller las multinacionales contaban con los recursos tecnológicos para llevar el mundo a la prosperidad general, y preferían mantenerlo en la miseria para cuidar los mezquinos intereses de sus accionistas.

Eran un poder bifronte: por una parte, “el epítome del egoísmo capitalista, y por otra los vehículos inadvertidos para la disolución de las fronteras políticas”. Fuller abogaba por la disolución de los Estados nacionales y la creación de una administración mundial, porque la Nave Espacial Tierra no podía ser conducida por ciento sesenta almirantes, los Estados soberanos, que malgastan la energía del planeta. Hoy los Estados están en eclipse y los verdaderos almirantes son muchos menos, pero las cosas andan peor.

Marshall MacLuhan lo había comparado con Leonardo Da Vinci. Poco antes de que muriera, Ronald Reagan lo condecoró con la Medalla de la Libertad, calificándolo como “un hombre del Renacimiento, una de las grandes mentes de nuestro tiempo”.

Al día siguiente se presentó el libro GRUNCH, donde Bucky trataba a Reagan de títere de las multinacionales, pésimo actor e hipócrita. Cuando los periodistas se lo hicieron notar, respondió que la medalla se la había entregado el presidente de los Estados Unidos, no el señor Reagan, de quien tenía derecho a tener la peor opinión.

Hoy, sus cúpulas geodésicas se oxidan al sol, y las nuevas potencias económicas del Oriente levantan torres babélicas para concentrar el poder, mientras que los excluidos son cada vez más. Si a Fuller sólo se lo recuerda por los fulerenos, todavía no terminamos de entender qué pasó.

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“Biosfera de Montreal”, Buckminster Fuller (1967).
 
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