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Viernes, 23 de agosto de 2002

ASTRONOMIA: CURIOSIDADES DEL PROYECTO APOLO

Los árboles de la Luna

Por Mariano Ribas

A principios de 1971, cientos de criaturas terrestres viajaron a la Luna a bordo del “Apolo 14”. Y luego de dar unas cuantas vueltas alrededor de nuestro fiel satélite, regresaron a la Tierra. Desde entonces, son un recuerdo viviente de aquella época dorada de la carrera espacial. No son personas, ni tampoco animales: son árboles, y actualmente están desparramados por varios rincones del planeta. La historia de “los árboles de la Luna” es muy curiosa, y comenzó hace casi cincuenta años con las aventuras de un piloto-bombero que combatía incendios en los bosques norteamericanos.

De bombero a astronauta
En 1953, Stuart Roosa comenzó a trabajar para el Servicio Forestal de Estados Unidos. Era un gran piloto y su tarea no era nada fácil: apagar incendios en grandes bosques. Y para eso, muchas veces tenía que lanzarse en paracaídas. Roosa, era una especie de bombero volador. Y amaba a los árboles. Con los años, Roosa se convirtió en piloto de pruebas de la fuerza aérea, y en 1964 fue invitado por la NASA a sumarse al equipo de futuros astronautas con chances de participar del programa Apolo (que sería la espectacular culminación de las célebres misiones tripuladas Mercury y Gémini, que colocaron a astronautas en órbita alrededor de la Tierra). La cuestión es que el ex bombero aéreo terminó formando parte del selecto trío que tripularía el “Apolo 14”. Y fue entonces cuando Roosa llevó cientos de árboles a la Luna. O casi.
A diferencia de sus dos compañeros, Ed Mitchell y Al Sheppard, Roosa no bajaría en la Luna, sino que pilotearía el Kitty Hawk, el módulo de comando de la misión. Pero su alegría igualmente era inmensa (tal como le sucedió al gran Michael Collins del “Apolo 11”). La nave quedaría dando vueltas alrededor de la Luna mientras Mitchell y Sheppard alunizaban en otro módulo menor. Pero todos podrían llevar un kit con objetos personales, al estilo de anteriores misiones Apolo y sus predecesoras (en el Gémini 3, por ejemplo, el astronauta John Young se llevó un sandwich de corned beef). Sheppard, un gran fanático del golf, se llevó un set de pelotitas, y con ellas se dio el gusto de jugar un poco en la superficie lunar (pegándoles con un instrumento de medición geológica). Y Roosa llevó un cilindro metálico con más de 400 semillas seleccionadas por el Servicio Forestal al que había pertenecido en su juventud. Había semillas de pinos, plátanos, ocozoles, e incluso sequoias. Y cuando el 31 de enero de 1971 despegó la “Apolo 14”, esas promesas de árboles iniciaron su viaje a la Luna.
Cinco días más tarde, y después de alunizar con el módulo de descenso Antares, Mitchell y Sheppard ya estaban caminando en la zona de Fra Mauro, una región de suaves colinas grisáceas. Mientras, Roosa y sus semillas esperaban en órbita: dieron 34 vueltas alrededor de la Luna. Luego, todos regresaron a casa. La misión fue un éxito, entre otras cosas porque Mitchell y Sheppard habían juntado más de 40 kilos de rocas lunares. Y las semillas que habían viajado a la Luna. Pero durante el proceso de descontaminación, el cilindro metálico que las contenía fue expuesto al vacío y luego quemado. Muchos creyeron que las semillas no servirían. Y además, había que ver si el mismo viaje no las había estropeado (o alterado). “Queríamos ver qué pasaba con estas semillas que habían viajado hasta la Luna”, recuerda Stan Krugman, ex director del equipo de estudios genéticos del Servicio Forestal de Estados Unidos. Y agrega: “No sólo nos preguntábamos si germinarían o no, sino también si darían lugar a árboles normales”. Lo cierto es que cuando fueron plantadas casi todas germinaron. Y pocos años más tarde, los árboles de la Luna, completamente normales, comenzaron a tomar forma.
Y todos querían tener uno de esos árboles. Muchos fueron plantados frente a edificios históricos, organismos oficiales e instituciones varias como parte del festejo del bicentenario de Estados Unidos. En la Casa Blanca, por ejemplo, se plantó un pino de incienso. Otro árbol de la Luna fue a parar a Nueva Orleans, a expreso pedido de un mayor del ejército de apellido... Moon. E incluso, hubo varios que se repartieron por el mundo, llegando a Suiza, Brasil o a manos del propio emperador de Japón. “Pero enseguida el asunto se nos fue de las manos, y no nos quedaron registros sobre el destino de la mayoría de los ejemplares”, dice Dave Williams, un científico de la NASA que actualmente está recolectando información sobre el paradero de los árboles. Tanto es así, que Williams ha creado un sitio de Internet dedicado exclusivamente al tema (http://nssdc.gsfc.nasa.gov/planetary/lunar/moon-tree.html). Y hasta ahora ha ubicado a más de cuarenta.

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