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Sábado, 23 de enero de 2010

A 100 AñOS DE UN HISTORICO FENOMENO ASTRONOMICO

“El Gran Cometa de 1910” (... que no fue el Halley)

Estos cometas son toda una historia: durante mucho tiempo se los creyó portadores de presagios y desgracias (o buenaventuras); Aristóteles los catalogó como fenómenos atmosféricos, y fue, siglos más tarde, el gran cometa de Halley el que probó rotundamente las gloriosas leyes de gravitación. Pero aquí se trata justamente de otro cometa, que no era el Halley, que se cruzó con él y que se confundió con él... cosa que no puede volver a pasar hasta dentro de unos millones de años. En ese momento, Futuro dará la noticia on line.

 Por Mariano Ribas

Muy de tanto en tanto, y con cierta y simpática impertinencia, un “gran cometa” se descuelga en los cielos de la Tierra para robarse todas las miradas. Son esos cometas enormes y brillantes que desparraman sus elegantes colas neblinosas sin pudor. Esos cometas que todos podemos ver fácilmente a ojo desnudo. Espectáculos imbatibles que, desde siempre, han marcado a fuego la memoria de los pueblos. No son muchos los “grandes cometas” que podemos ver a lo largo de nuestras vidas. Quizá cuatro o cinco. Y en estos días, justamente, se cumplen 100 años de la aparición de uno de los cometas más impresionantes del siglo XX. Fue en enero de 1910. Y cuando pensamos en 1910, claro, todos pensamos en el Halley.

Pero no fue el Halley. Fue algo incluso más notable que aquella célebre aparición del más popular de los cometas. Tanto, que esa cercanía en el tiempo hizo que ambos se confundieran en los recuerdos. Y que muchos supuestos testigos del Halley hayan visto, en realidad, al “Gran Cometa Diurno”. He aquí su historia...

SORPRESA EN LA MINA DE DIAMANTES

Era la madrugada del 12 de enero de 1910, y ya comenzaba a aclarar en Transvaal, al noreste de Sudáfrica. Entre despiertos y dormidos, varios mineros recién llegaban a la Transvaal Premier Diamond Mine. Y de pronto, algo les llamó la atención: apenas asomada sobre el horizonte del sudeste, y hundida en el azul profundo del crepúsculo, una espiga de luz blanco-dorada parecía adelantarse a la salida del Sol justo allí, junto a la constelación de Sagitario. Era una “estrella” borrosa y brillante (quizás, como Sirio o Canopus), acompañada con una suave y pequeña estela que se proyectaba hacia arriba. La novedad se desparramó muy pronto, llegando, por ejemplo, hasta la vecina ciudad de Johannesburgo.

Al principio, aquel pequeño y helado visitante de los confines del Sistema Solar sólo podía verse en los amaneceres del Hemisferio Sur. Y día tras día, ganaba brillo, a medida que se acercaba a su perihelio (su punto de mínima distancia del Sol). Pero esa misma trayectoria orbital que lo arrimaba a nuestra estrella, lógicamente, también lo acercaba cada vez más al Sol visto desde la Tierra: el 15 de enero de 1910, el cometa asomó sobre el horizonte del sudeste apenas media hora antes que el Sol, completamente hundido en el resplandor del alba. Y aun así, su cabeza y parte de su cola podían verse a simple vista. Para que eso pasara, su brillo debía ser realmente fuera de serie. Pero aún faltaba lo mejor. A esta altura, los asombrados testigos australes eran cada vez más. Y si bien no hay ningún reporte, seguramente unos cuantos argentinos de la época habrán reparado en aquella rareza matinal.

CURIOSAS CONFUSIONES

En medio de la sorpresa y la creciente euforia, hubo algunos detalles curiosos, y hasta divertidos. Mientras intentaba comunicar la buena nueva a naciones del Hemisferio Norte, un telegrafista de Johannesburgo escuchó mal, y en lugar de escribir (en Morse) que había aparecido un Great Comet (“Gran Cometa”), escribió Drake Comet. Y así, muchos creyeron que un tal –e inexistente– Drake lo había descubierto. Otra confusión, de lo más entendible, fue que muchos pensaron que estaban viendo al archifamoso y muy esperado Cometa Halley. El rumor de que el Halley ya había aparecido se desparramó rápidamente y uno de los primeros que intentó desmentirlo fue el astrónomo Robert Innes, del Observatorio de Transvaal, Johannesburgo. Innes sabía perfectamente que no podía ser: en esos días, el Halley estaba en una zona opuesta del cielo. Y ni siquiera se veía a ojo desnudo. Como veremos, la confusión entre ambos cometas iba a extenderse durante todo el siglo XX.

“EL GRAN COMETA DIURNO”

El propio Innes estaba muy ansioso por echarle una mirada al sorprendente e inesperado cometa. Y el 17 de enero se dio el gusto, justo el día en el que alcanzaría su perihelio (mínima distancia al Sol), a sólo 27 millones de kilómetros de nuestra estrella. Esa proximidad al Sol fue la que justificó, en buena medida, el furioso brillo del cometa. ¿Cuán brillante? Alcanza con decir que ese día, Innes –y muchos más– lo observó a simple vista en pleno mediodía, y a tan sólo 4 grados del Sol. Podía verse, lógicamente, en todo el mundo. Y parecía una pequeña antorchita blanca, casi plateada, coqueteando con el disco solar. No es raro, entonces, que se ganara el ya histórico título del “Gran Cometa Diurno”. En términos más precisos, se estima que aquel día alcanzó una magnitud visual de -6 a -7. Unas cinco a diez veces más brillante que el mismísimo Venus. Y eso lo coloca entre los tres cometas más luminosos de todo el siglo pasado.

LA GLORIA

Días más tarde, cuando su velocísimo derrotero orbital lo llevó del otro lado del Sol, el cometa hizo su entrada triunfal en los atardeceres del Hemisferio Norte. El 20 de enero ya se había separado lo suficiente de nuestra estrella como para poder verlo brevemente en el cielo del crepúsculo. Y causó conmoción: su “cabeza” todavía brillaba tanto como Venus, pero ahora, el azulado telón de fondo crepuscular dejaba ver mucho mejor su cola de gas y polvo, que se extendía unos 10 grados hacia “arriba” (veinte lunas llenas en fila). Crónicas de la época cuentan que, en Portugal, por ejemplo, miles y miles de personas se agolpaban en la costa del Atlántico para ver al cometa tras la puesta del Sol.

A medida que el “Gran Cometa de Enero” –como también se lo llamó– siguió alejándose del Sol, fue perdiendo brillo lentamente. Pero al mismo tiempo, fue ganando terreno en cielos cada vez más oscuros. Fue entonces cuando vivió su mayor gloria en los cielos terrestres: aquel 23 de enero (hoy, se cumplen exactamente 100 años), su cola ya medía 20 grados de largo. Y hacia el 27, llegaba a los 30 grados. Finalmente, en los últimos días de enero, y ya entrando en cielo netamente nocturno, aquel prodigio astronómico deslumbró a buena parte de la humanidad, arrastrando una impresionante cola arqueada, y en forma de abanico estriado, de casi 50 grados de extensión (¡cien Lunas!). Esta vieja foto –una de las pocas que se conservan– puede darnos cierta idea de semejante maravilla.

CONFUSION CON EL HALLEY

A medida que iniciaba su derrotero hacia las heladas profundidades del Sistema Solar, el “Gran Cometa Diurno” fue menguando su brillo y su espectacularidad. El escenario ya se estaba preparando para la muy promocionada llegada de la máxima celebridad cometaria, el Halley, que tendría una muy buena aparición apenas tres meses más tarde, en abril de 1910 (y ésa es toda otra gran historia a contar). Sin embargo, aun en su momento de máximo brillo, el Cometa Halley no alcanzó ni por asomo la luminosidad del “Gran Cometa Diurno”.

Sea como fuere, muy pocas veces se han visto dos “grandes cometas” en cuestión de meses. No es raro, entonces, que en cierto modo sus historias se hayan mezclado con el correr de las décadas. Y que, incluso, hasta se hayan confundido en la memoria de sus testigos. Tal como cuenta el astrónomo estadounidense John Bortle (el máximo observador y especialista en cometas del mundo), cuando el Cometa Halley regresó a las cercanías de la Tierra, a comienzos de 1986, muchos ancianos evocaron recuerdos de su visita de 1910. Pero al tomar en cuenta fechas, lugares y otros detalles (como por ejemplo que el Halley se vio mucho mejor en el Hemisferio Sur), “resultó que muchas de esas personas que creían haber visto al Halley, en realidad, habían visto al Gran Cometa Diurno”, cuenta Bortle.

DOS COMETAS, DOS CAMINOS

Hace 100 años, dos cometas prácticamente cruzaron sus caminos en los cielos de la Tierra. El que todos esperaban, y el que nadie esperaba. El histórico, el mito, y el que entró en la historia, superando al mito. Pero sus caminos nunca más volverán a cruzarse: el Halley regresará a las cercanías de nuestro planeta en 2062. En apenas medio siglo. ¿Y el Gran Cometa Diurno? Bueno, tardará un poco más: tras completar una colosal y elongadísima órbita (que lo alejará hasta casi un año luz de distancia), aquella pequeña “bola de nieve sucia” recién volverá por aquí dentro de... 4 millones de años.

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EL GRAN COMETA DIURNO Y SU ENORME COLA EN FORMA DE ABANICO, FOTOGRAFIADO A FINES DE ENERO DE 1910.
Imagen: Princeton University Press
 
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