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Sábado, 20 de febrero de 2010

HISTORIA DE LA MEDICINA

Hipócrates de Cos, el incorrecto

Este griego que vivió cinco siglos antes de Cristo, en cuya historia es tan difícil hoy separar el mito del dato, creía que nada había en las enfermedades humanas por fuera de la naturaleza –aun en las del alma–, creó más de un concepto que hoy se presenta como “de avanzada” y consideraba a la salud como algo que, en exceso, inclusive puede ser malo “hasta para los atletas”.

 Por Marcelo Rodriguez

Cinco cabezas grotescas, ilustracion de Leonardo Da Vinci sobre los cuatro humores (colerico, melancolico, sanguineo y flematico).

Veinticinco siglos de vigencia del Juramento Hipocrático, compromiso que los médicos pronuncian cuando se consagran a la profesión, parecerían ser argumento suficiente para considerar a su autor, nacido en la isla de Cos en el año 460 antes de Cristo, como el padre de la medicina científica occidental. Padre pero no creador porque en ese siglo unas muy desarrolladas artes médicas estaban ampliamente extendidas en toda Grecia que combinaban entre sus ingredientes mucha sistematización de saberes empíricos basada en la observación de casos y un alto nivel de especulación teórica.

En su desarrollo, estos saberes iban despojándose cada vez más del pensamiento mágico y de la mera ritualidad, y por eso Hipócrates resultó ser un caso paradójico, porque su imagen llegó a nuestros días como la del máximo exponente de esa tendencia –tanto que eclipsó a todos sus contemporáneos hasta dejarlos semiperdidos en el túnel del olvido–, pero a la vez su figura está tan teñida de mística que determinar quién fue en realidad, cuándo vivió o qué libros de verdad escribió parece por momentos tan difícil como si se hablara de un patriarca del Antiguo Testamento.

A Hipócrates de Cos se le atribuyeron más de 60 obras, casi todas concentradas después de su muerte en la gran Biblioteca de Alejandría, pero sólo dos –los tratados titulados Articulaciones y Fracturas– son irrebatiblemente suyas. Sobre otras 17 de esas obras, entre las cuales se incluyen los siete célebres volúmenes de Aforismos, pesa un alto grado de evidencia de que fueron escritas por él mismo. Del resto se admite que muchas directamente fueron escritas por algunos de sus discípulos; incluso algunas de las más famosas, como Las epidemias o Los humores, han entrado en esta categoría de “muy dudosas” en cuanto a su autoría real, aunque su procedencia y coherencia integral les confiere autenticidad como dignos productos de la escuela hipocrática.

Sus biografías apoyaron también el mito. La más antigua de ellas es un anónimo, y ya se cita ahí mismo a otros biógrafos anteriores cuyas obras se perdieron: es decir, la crónica más fehaciente ya era material de segunda mano.

De Hipócrates se dijo que era descendiente directo del mismísimo Esculapio, el dios médico del Olimpo, como que a través de su linaje materno se llegaba hasta el semidiós Hércules, como que cumplió la rara proeza de vivir más de cien años (versiones más dignas de crédito dicen que murió a los 90) y que tuvo una vida intensa y huyó muy joven de su isla natal por haber incendiado una biblioteca, pero para después volver y fundar allá la más famosa escuela de medicina de la Antigüedad. O que mantuvo correspondencia con el rey Artajerjes, con Demócrito, fundador de la teoría atómica, e incluso con Aristóteles y Platón.

Observar, registrar, imaginar

“Cuanto más alimentéis un cuerpo lleno de impurezas, más lo perjudicaréis.” Con la disección de cadáveres totalmente prohibida, no había posibilidad alguna de saber lo que había en el interior del cuerpo, ni siquiera post mortem (además, sólo al hombre moderno se le ocurriría averiguar cómo funciona un cuerpo vivo estudiando algo tan diferente de éste, como un cuerpo muerto). ¿Cómo era posible saber lo que había en el cuerpo de la persona enferma o dolorida sin técnicas de visualización, sin siquiera termómetros? ¿Cómo se las arreglaban para saber lo que a esa persona le podía estar pasando sin instrumentos apropiados? La única manera era inferirlo a través de los signos exteriores: su expresión o su estado de ánimo, la coloración de su piel, si tenía hambre o sed, fiebre, disneas, delirios, insomnio o convulsiones. Para averiguar directamente lo que había en el interior del paciente era importante el registro de lo que entraba –la dieta– y fundamental el examen de los fluidos que brotaban del interior.

Observación, registros sistemáticos, cuidados especiales y las poquísimas y dudosamente eficaces medicinas con que se contaba entonces, fueron los principales elementos con los que unos y otros edificaron las escuelas que enseñaban el arte de la salud y la enfermedad en la Antigua Grecia. Con tan precarias herramientas, la escuela de Cnido –bajo la guía de Ctesias, eterno Salieri de Hipócrates de Cos, al que criticaba por la excesiva audacia de algunas de sus prácticas quirúrgicas– llegó a un muy sofisticado sistema de diagnóstico, al que ellos consideraban la base de la curación.

En cambio, bajo el lema de que “no hay enfermedades sino personas enfermas”, los hipocráticos prefirieron afinar las herramientas para el pronóstico. En la obra del Sabio de Cos hay muchas más referencias a las dietas y a las purgas para regular los fluidos internos, que a la aplicación de medicinas. Y una gran resignación frente a los signos que se consideraban fatales o de mal pronóstico, como “la aparición de un espasmo después de una herida o traumatismo”, o de “tomar eléboro”, o el hipo después de una purga “excesiva”.

Los buenos humores

La forma de organización democrática en la polis griega –democracia sólo de hombres, con esclavos y metecos casi sin derechos– debió implicar un pasaje progresivo del lenguaje oscuro, ambiguo y esotérico del oráculo a otro que, aún expresando ideas tanto o más complejas, debiera ser comprensible por todos; de un lenguaje para sentenciar, interpretar y obedecer a otro, para poder discutir. Hipócrates es un digno exponente en su esfuerzo de llevar los conocimientos de la medicina a ese segundo campo de la palabra. Las convulsiones epilépticas, por ejemplo, estaban tan asociadas con estados de posesión o éxtasis místico que ni siquiera los médicos griegos de entonces se resistían a llamarla “enfermedad divina”. Y a eso respondió Hipócrates con uno de sus conceptos fundamentales: “En nada me parece que sea algo más divino ni sagrado que las otras –dice en referencia a la epilepsia–, sino que tiene su naturaleza propia, tanto como las demás enfermedades”.

No había para él en las enfermedades, así como en la salud, en la vida y en la muerte, nada por fuera de la naturaleza. Pero para ir más allá, su medicina debía demostrarlo dando mejores explicaciones que las dadas por la mística sobre los fenómenos que no se podían observar, y para eso Hipócrates recurrió, además de la observación empírica, a la poética y a la metafísica, en suma, a los elementos con que los intelectuales de su tiempo indagaban a la naturaleza.

Fue así que abrevó fervientemente en la teoría de los cuatro humores fundamentales –la sangre del corazón, la flema pulmonar, la bilis hepática y la atrabilis o bilis negra, del bazo–, cada uno de ellos relacionado intrínsecamente, según creían, a uno de los elementos que componían el universo, respectivamente: aire, agua, fuego y tierra. Estos cuatro humores, decía entonces Hipócrates, habitan el cuerpo vivo en permanente fluir, logrando estados de equilibrio que no necesariamente son los mismos en cada persona y en cada momento, predominando unos u otros para darle un carácter arrojado y vehemente, o bien taciturno y tranquilo, o irascible o melancólico por naturaleza. Las vicisitudes del clima inadecuado y de la dieta pueden alterar ese equilibrio en que consiste la salud, y aparecen así las enfermedades, que exigen purgar el organismo y cuidar la alimentación para restituir el equilibrio si es posible, y si los signos del organismo dicen que no, esperar pacientemente la muerte.

Pero la salud no era para Hipócrates, tampoco, un equilibrio ideal: “La salud excesiva, aun en los atletas, es peligrosa –afirma en su primer libro de Aforismos– por la imposibilidad de mantenerse siempre en el mismo punto y por la imposibilidad de mejorar. De ahí que únicamente pueda deteriorarse. Será pues conveniente mantener esa exuberancia por debajo del máximo”.

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