futuro

Sábado, 15 de enero de 2011

LINO BARAñAO, CIENCIAS DE LA CONDUCTA Y OTRAS YERBAS

¿Sendas paralelas o caminos cruzados?

 Por Ricardo Gomez Vecchio

Cuando a Lino Barañao lo entrevistó en su calidad de ministro de Ciencia y Tecnología de la Argentina un periodista estadounidense, le preguntó cómo podía ser que siendo que el país necesita técnicos, ingenieros e investigadores básicos, la inscripción en esas carreras fuera tan pobre, mientras que en Psicología hay miles de alumnos. La respuesta fue que si no nos damos cuenta que lo que necesitamos son técnicos y científicos era lógico que hicieran falta muchos psicólogos.

De esos muchos psicólogos, unos cincuenta estuvieron presentes en una jugosa charla que el ministro dio en el marco del segundo Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología, que organizó esa facultad de la UBA, en la misma Aula Magna que pocos minutos antes estuvo colmada para una presentación sobre psicoanálisis.

Esta charla, que según el ministro le permitió “ser provocativo en un área que ha provocado mi curiosidad a lo largo del tiempo”, más un panel que tuvo lugar al día siguiente y giró en torno de la relación entre las ciencias naturales y la psicología, abordaron cada uno a su manera el tema del posible cruce entre las ciencias del comportamiento con las teorías psicológicas, algo tan polémico como provocativo en una facultad que ha hecho del diván un mito en una ciudad donde la figura de Sigmund Freud es una especie de icono, tal vez para ayudar a desentrañar las tantas contradicciones que afectan la historia argentina.

El porqué las ciencias del comportamiento ocupan tan poco espacio en la formación en psicología en nuestro país, en relación con otros centros de formación en el extranjero, es un enigma. Ya a fines del siglo XIX se desarrollaron laboratorios de psicología experimental y en esa época se produjo la expansión de una teoría fisicalista de la psicología, de la cual formaba parte en un principio el mismísimo Sigmund Freud. Incluso, la propia Facultad de Psicología conserva un rastro de ese pasado en la forma de un museo de psicología experimental.

Lo cierto es que la formación en psicología en Argentina tuvo desde sus inicios una fuerte impronta psicoanalítica y el espacio para los aportes provenientes de las ciencias duras a la psicología quedó limitado a una expresión bastante escasa, pero que siempre puja por ocupar el lugar que sus representantes creen se merece. Tal el caso del Dr. Enrique Segura, investigador del Conicet y director del Laboratorio de Biología del Comportamiento del Ibime, quien coordinó en el congreso el panel Psicología y Ciencias Naturales ¿sendas paralelas o caminos cruzados?

“La expectativa es que las sendas paralelas, que en gran medida ha sido la trayectoria hasta hoy de las ciencias del comportamiento y las teorías psicológicas, se conviertan en caminos cruzados”, señala Segura.

Pero ¿es posible ese acercamiento? Según Segura, vendría si hubiera una teoría unificadora. “Lo importante –dice– es que podamos encontrar una epistemología que una ambas corrientes. Yo creo que no es imposible. Los biólogos y los psicólogos del comportamiento tenemos una posibilidad, que es la de utilizar de un modo amplio las concepciones de la teoría evolutiva. Dicho crudamente, el cerebro es un modelo del ambiente y, a su vez, un modelo de lo que llamamos mente, que aún no tenemos muy en claro. Y el individuo es un modelo de comportamiento, que refleja todas las influencias ambientales en forma histórica.

Un elemento esencial a tener en cuenta es la evolución –destacó Barañao en su charla–, somos producto de un cambio que no se ha detenido, de un proceso continuo y tenemos una historia que condiciona nuestro presente. Hay una presión evolutiva sobre el cerebro humano. Nuestra mente y nuestra psiquis está condicionada por la evolución y está afectada por factores biológicos. Los que venimos de la biología suscribimos esta visión evolutiva y los que vienen de las ciencias sociales tienden a analizar el mundo desde una perspectiva menos vinculada con lo biológico.

El propio Freud, con su Proyecto de una Psicología para Neurólogos, que no se publicó hasta 1950, intentó en sus comienzos arrancar desde el lado biológico para explicar la conducta humana, pero posteriormente eligió otros rumbos, y junto con sus muchos seguidores dio origen a uno de esos senderos paralelos que hasta hoy parecen no poder cruzarse.

Para Barañao, quizás por una inclinación inicial hacia uno de los senderos paralelos, en Argentina hoy “la psicología está más próxima a una visión religiosa que a una visión científica”. Para el actual ministro, proveniente del campo de la biología, “allí tenemos el problema”. “Hay dentro de ciertas corrientes de la psicología –afirmó– un sentido de pertenencia y de seguridad que da el pensar que ya se ha comprendido todo, que no da la ciencia. Si uno quiere tener seguridad, no vaya a la ciencia.”

Barañao cree que es necesario volcar la psicología hacia una visión más científica, para aportar no sólo a la solución de los problemas personales, sino a la relación entre las personas. “Hay un problema de bien común –enfatizó– que me parece que requiere que la psicología adopte otra visión.” Aunque también admitió que “así como falta ciencia más dura dentro de la psicología, falta una visión más humanística en la enseñanza de las ciencias duras, para ayudar a entender, por ejemplo, por qué los científicos se comportan como lo hacen”.

“Tenemos que avanzar hacia una visión racional que pueda ser compartida y que tenga en cuenta el sustrato biológico que tiene nuestro comportamiento –sentenció Barañao–. “Si no aceptamos eso va a ser muy difícil que superemos este desafío de ser tantos en un planeta tan pequeño.”

Sin duda se trata de todo un desafío, pero aún para los que se orientan en este sentido la propuesta no es tan simple de concretar.

“Actualmente hay mucho optimismo respecto de los aportes de las neurociencias, pero esto puede ser obstructivo”, afirma Segura. “Las ciencias naturales piensan que el modelo ideal es el modelo monista, lo que supone una tendencia irrefrenable hacia el reduccionismo molecular. Este reduccionismo da mayor conocimiento sobre cómo está organizado el cerebro, con la idea de que eso nos dirá algo acerca de su funcionamiento. Pero en realidad, a partir del conocimiento de las entidades moleculares y las estructuras que regulan el funcionamiento del cerebro ni siquiera podemos entender el comportamiento de una ameba. Sabemos mucho de cómo suceden las cosas, pero no sabemos el porqué.”

Por el lado de la psicología, Segura considera que se produjo una cristalización en torno de las creencias, que son el resultado de una visión metafórica, y que el discurso psicológico se convirtió en una alegoría. “Creo que Freud descubrió y desarrolló esta alegoría al encontrar las graves dificultades tecnológicas que suponía en su época avanzar en el conocimiento del cerebro –señala–, de allí pasó al psicoanálisis.

“Mientras no entendamos la relación entre los fenómenos evolutivos y los comportamientos, no vamos a lograr una teoría abarcativa que permita conectar lo que hoy llamamos psicología, con organismo, cerebro y cuerpo”, concluye.

Uno de quienes siguieron atentamente el panel Psicología y Ciencias Naturales ¿sendas paralelas o caminos cruzados? fue Aldo Ferreres, director de la carrera de Especialización en Neuropsicología de la UBA y profesor titular regular de la Facultad de Psicología. Ferreres prefiere no utilizar la oposición entre teorías psicológicas y ciencias naturales. Pero aún así, se anima a destacar algunos aspectos que apuntan hacia un posible cruce entre esas sendas paralelas.

“Lo que observo dentro del campo de la neuropsicología y de la neurociencia cognitiva es un fuerte proceso de interacción y de complementación entre teoría psicológica y teoría neural”, afirma. Estas dos disciplinas están dentro de lo que se denomina neurociencias –un campo amplio y bastante diverso– y se ocupan sobre todo de la relación mente-cerebro con foco en las conductas humanas.

“Sobre todo dentro de la neurociencia cognitiva –prosigue Ferreres– se reconoce explícitamente que las teorías sobre una función mental y sobre su base cerebral pueden ser interpeladas por datos conductuales o neurales (imágenes funcionales cerebrales, potenciales eléctricos promediados, etc.). Además, y esto es muy relevante, se asume que los modelos también pueden ser interpelados desde datos del desarrollo, datos provenientes de sujetos sanos o afectados por distinto tipo de lesiones cerebrales, y datos provenientes de la observación y experimentación con animales. La neurociencia cognitiva asume una clara perspectiva evolucionista y considera el cerebro humano como el resultado de capas y capas de desarrollo evolutivo.”

Y destaca que “la aproximación entre ciencias naturales y psicología ya se produjo. El problema es desde dónde se mira la cuestión, es decir, desde qué postura teórica y desde qué lugar del planeta”.

Por su parte, Diana Inés Pérez, una de las integrantes del panel, doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, especializada en metafísica de la mente y filosofía de la psicología, también aprecia avances que permiten vislumbrar un cruce entre las sendas paralelas.

“Creo que conocer mejor el funcionamiento del cerebro, y de todo el sistema nervioso, resulta sumamente importante para tener un mayor conocimiento de la psiquis humana”, afirma. Muchas cosas que parecían un misterio en el pasado se han comprendido mejor gracias a una exploración detallada de las microestructuras de base y sus rasgos funcionales.

“Pero es importante tener en cuenta que la historia completa de la mente humana no está exclusivamente en el cerebro de los humanos adultos contemporáneos”, alerta. En el cerebro se registran los cambios que se han ido produciendo como fruto de dos procesos históricos: el proceso de la evolución de la especie homo sapiens sapiens a lo largo de millones de años de evolución, y el proceso más reciente de enculturación, fruto de interacciones sociales específicas propias de nuestra especie.

“La exploración e investigación en los procesos de desarrollo, tanto filogenético como ontegenéticos, son también esenciales, desde mi punto de vista, para una comprensión de la naturaleza de la psiquis humana”, sentencia Diana Pérez.  

Respecto a la conferencia de Barañao, Ferreres coincide plenamente en la importancia de tener un enfoque evolutivo de la conducta humana y en que no es posible explicar muchos aspectos de la naturaleza humana sin abordar sus antecedentes evolutivos. También comparte que la psicología debe interactuar con otras disciplinas, particularmente confrontar sus teorías con las provenientes de otros campos. Pero señala que ya se está haciendo en muchas partes del mundo.

“Hay un problema local, no de la disciplina”, advierte Ferreres. “Incluso en el mundo hay gente que intenta confrontar el psicoanálisis con las neurociencias y hay una orientación que se llama precisamente neuropsicoanálisis.”

Precisamente, en la página de The International Neuropsychoanalysis Society, Arnold Pfeffer, primer presidente honorario que murió en 2002, dice “Freud, en su Proyecto para una Psicología Científica de 1895 intentó unir a la emergente disciplina del psicoanálisis con la neurociencia de su tiempo. Pero esto fue hace cien años, cuando la neurona recién había sido descripta, y se vio forzado a abandonar su proyecto. Hemos tenido que esperar muchas décadas antes de la aparición de datos que Freud necesitaba. Ahora, muchos años más tarde, la neurociencia contemporánea permite retomar la búsqueda de correlaciones entre esas dos disciplinas”.

Hoy en día los neurocientíficos han comenzado a investigar varios temas que tradicionalmente habían estado reservados a los psicoanalistas, lo que ha producido una explosión de nuevos insights en numerosos problemas de vital interés para el psicoanálisis.

El camino aún está en sus inicios, pero tal vez sea otra aproximación que permita en un futuro no muy lejano permitir el cruce de esas sendas paralelas que, hoy por hoy, parecen estar muchos más cercanas, al menos en los países más avanzados. Se necesita sin duda una mayor aproximación científica entre investigadores y clínicos para aprender cómo fortalecer perspectivas y conocimientos sobre asuntos que son de mutuo interés. El tiempo dirá si Argentina se acopla a estos nuevos tiempos o sigue aferrada con uñas y dientes al diván del abuelo.

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DIANA INES PEREZ.
 
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