futuro

Sábado, 16 de abril de 2011

LIBROS Y PUBLICACIONES

Argentina, la ciencia, la divulgación

 Por Nicolas Olszevicki

Historia de la divulgación
científica en la Argentina

Diana Cazaux

Teseo

Cada uno de los cientos de mails diarios que me envía el insufrible y querido editor de este suplemento viene encabezado por una simpática frase que acuñó él mismo: “La divulgación científica es la continuación de la ciencia por otros medios”. Tal expresión es una declaración de principios y una justificación de la existencia de Futuro y del trabajo intelectual de todos los divulgadores del mundo. Porque, como dice y repite Leonardo Moledo, la ciencia se hace en el laboratorio pero también en la comunicación y en el intercambio. La ciencia es parte de la cultura y, por lo tanto, tiene que ser apropiada socialmente. La divulgación científica, como disciplina, es tan importante como la propia ciencia.

Es tan importante como la propia ciencia y, por suerte, al menos en nuestro país, está en un clarísimo momento de expansión. ¿Cómo no habríamos de dedicarle estas líneas, entonces, a la publicación del primer libro sobre la historia de la divulgación científica en Argentina? Diana Cazaux, directora de la diplomatura de Divulgación Científica de la Universidad de Morón, emprende la difícil tarea de reconstruir esta historia con una rigurosidad documental y una extensión que dejan pasmado: desde los tiempos de la colonia hasta el redespertar de la ciencia y la divulgación producido bajo los mandatos kirchneristas, la autora se encarga de dejar en claro el innegable vínculo que une ciencia con divulgación. Una historia de la divulgación, queda claro, no puede ser otra cosa que una historia de la ciencia, pero por otros medios.

Es en la labor de los jesuitas, en su incansable intento por describir la flora, la fauna de estas tierras, donde deben reconocerse los primeros rudimentos de ciencia en nuestro país. Sin embargo, recién con la constitución del virreinato del Río de la Plata se comienzan a liberar las trabas que impedían la proliferación de estudios. Y se puede empezar a hablar de una historia de la ciencia propiamente nacional a partir de la descolonización, con la laicización creciente de la educación y el surgimiento de instituciones tales como la Biblioteca Pública de Buenos Aires (1810), la Academia de Medicina (1822) y el Colegio de Ciencia Morales (1823).

La etapa de Rosas es la de la “ciencia desarraigada”; entre 1852 y 1861 se produce una lenta pero sostenida recuperación que será el origen del enorme desarrollo de la ciencia y la divulgación durante la República Liberal (1861-1942). Se multiplican los centros de investigación al interior de las universidades, la divulgación conquista cada vez más espacios: se aprovecha de canales como los que ofrecen el ensayo, las novelas, la poesía, el periodismo. La tríada Mitre-Sarmiento-Avellaneda impulsa las ciencias básicas y trae especialistas de todo el mundo para alentar la formación científica. Se constituye, en estos años, el Colegio Nacional de Buenos Aires, se multiplican las librerías, surge la primera editorial argentina (Estrada), se funda el Observatorio Astronómico de Córdoba, se realiza el primer censo nacional, se fundan diarios (La Prensa y La Nación) que, marcados por el optimismo científico imperante en el positivismo, describirían como “sorprendentes” y “admirables” los avances logrados en el campo tecnológico. La ciencia comienza a transformarse en el ideal del conocimiento, en la muestra más incontestable del poder y de la inteligencia humanas y, por eso, se celebran todos sus adelantos de manera acrítica. 1872 es un año fundamental: se crea la Sociedad Científica Argentina, cuyo objetivo es coordinar el desarrollo científico en el país. Y así podría seguir, si quisiera ser fiel al libro, señalando los albores de la investigación durante los primeros años del siglo XX, el auge de las ciencias básicas y el boom de la divulgación (debido en gran parte a la presencia cada vez más insoslayable que tiene la ciencia en la vida cotidiana de las personas) durante los gobiernos radicales, los primeros esbozos de una política científica y la profundización del boom con la aparición de revistas científicas de toda índole con Agustín P. Justo, la desatención (Babini dixit) de la Universidad de Buenos Aires durante los primeros mandatos peronistas, el retiro del apoyo institucional a la ciencia y la persecución, exilio o asesinato de muchos de los mejores pensadores que tuvimos en la dictadura genocida del ’76, el lento proceso de recuperación de la democracia que se inicia en 1983 y que es, también, un lento y sinuoso proceso de recuperación de la ciencia y de la divulgación (con marcadísimos retrocesos, como el desplante de un ministro de Economía neoliberal que mandó a lavar los platos al Conicet entero o el éxodo masivo de científicos formados en nuestro país para trabajar en el exterior)... Debería, después, referirme a los años de mandato de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, signados por la repatriación de científicos, el merecido aumento de sus salarios, la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, el indiscutible auge de la comunicación pública de la ciencia que vivimos hoy en día...

Pero como no quiero, ni puedo, ser “Pierre Menard, autor de la Historia de la divulgación científica en la Argentina” (lo cual no tendría, por cierto, ningún sentido, dada la poca distancia temporal y cultural que separa la publicación de este libro, de la nota que está usted leyendo) al propio libro lo/la remito. Vale la pena.

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