futuro

Sábado, 17 de mayo de 2014

LIBERTAD Y CONTROL EN LA ERA DIGITAL

Tensión en la red

¿Por qué somos capaces de imaginar las teorías más conspirativas acerca de un político o un vecino, pero cuando nuestro celular le indica a todo el mundo desde dónde enviamos un tweet simplemente sonreímos sorprendidos por las maravillas de la tecnología? ¿Por dónde circulan nuestros mails? ¿Es posible una soberanía tecnológica para los países del Tercer Mundo? Estas y (muchas) otras preguntas se hace Esteban Magnani, colaborador habitual de este suplemento, en el libro de próxima publicación Tensión en la red, el cual saldrá con licencia Creative Commons para que todos puedan leerlo. Además, para publicarlo en papel, está haciendo una campaña a través del sitio de financiamiento colectivo idea.me. Aquí un extracto de su introducción.

 Por Esteban Magnani

Desde que trabajo temas de tecnología digital, no poca gente me consulta qué celular o tablet debería comprarse, si el nuevo modelo de iPhone/Samsung/Motorola ya se consigue en el país o qué definición tiene su pantalla. Y cuando me muestran el celular “viejo” en vías de abandono, suele superar en potencia al que descansa en mi bolsillo, al que mantengo por una razón que puede parecer algo ingenua: satisface mis necesidades de comunicación. Claramente, desde el punto de vista de quienes me interpelan, un “experto en tecnología” debería ser también un fanático de la novedad.

El vínculo tecnología-consumismo se ha aceitado tanto que pocos perciben la diferencia. El proceso se refuerza por la velocidad de los cambios en el mundo digital, al cual siempre corremos desde atrás. Como niños al día siguiente de Navidad, anhelamos un nuevo objeto apenas desenvuelto el anterior, aunque terminemos comprando el equivalente de una Ferrari cuando en realidad la vamos a usar para repartir pizzas. Para colmo, la hiperconectividad y las redes sociales fomentan la sensación de que la nueva herramienta nos permitirá ser como Roberto Carlos y tener un millón de amigos, algo que, evidentemente, sólo es posible en las redes sociales (de hecho el límite evolutivo de personas con las que se puede llevar una relación personal es de 150, según el antropólogo y biólogo evolutivo Robin Dunbar).

La faceta consumista de la tecnología, sobre todo los dispositivos digitales y los servicios que se lanzan al mercado permanentemente, está sabiamente fogoneada por la publicidad hasta el punto de soslayar prácticamente a todas las demás. Entre las dimensiones opacadas está, por ejemplo, su rol fundamental en ciertas dinámicas sociales novedosas, en la distribución del poder/información y, también, en la forma en que se generan ganancias. Tampoco parece instalado un debate acerca del lugar de los países del Tercer Mundo en una red de redes que se encuentra, valga la paradoja, muy centralizada. Pocas personas se preguntan por qué un mail enviado a un vecino cruzará todo el continente hasta llegar a servidores alojados en los EE.UU. para luego hacer el recorrido inverso y, finalmente, aparecer en una pantalla a escasos kilómetros o metros de su origen. ¿Cuánta gente se pregunta qué consecuencias tiene esto? ¿Debería preocuparlos? Por lo pronto, tanto confort en el bolsillo para “ahorrar tiempo” (un concepto complejo y discutible), no perderse, mantener contacto con amigos, tomar decisiones, sacarse dudas, conseguir trabajo o novia/o, tiene su precio. Sobre todo cuando tanta comodidad implica ceder alegremente grandes cantidades de información.

Lo que ocurre desde que introducimos una información hasta obtener un resultado parece no interesarnos. De alguna manera volvemos a los cumpleaños de nuestra infancia, cuando observábamos al mago sacar una paloma de la galera una y otra vez. Con el paso de los años nos maravillamos cada vez menos, pero seguimos sin saber cómo ocurre. Somos capaces de imaginar las teorías más conspirativas acerca de un político o un vecino, pero cuando nuestro celular le indica a todo el mundo desde dónde enviamos un tweet, o en el webmail nos aparece una publicidad relacionada con el correo que le mandamos a un primo, simplemente sonreímos sorprendidos por las maravillas de la tecnología. En buena medida nos comportamos como vírgenes digitales que aún creen en los cuentos de hadas donde los príncipes azules ofrecen casillas de correo gratuitas, prácticos sistemas de telefonía por IP sin costo y los correos electrónicos se mueven por el éter sin dejar ninguna huella. Es difícil determinar si esta ingenuidad es producto de un plan finamente diseñado, si es culpa de la novedad permanente que nos agota la curiosidad o si la tecnología digital tiene algo propio que la hace conservar esa imagen etérea. Es imposible ser un experto en todos los aspectos del conocimiento humano, pero en la mayoría de los temas que forman parte de la vida cotidiana, al menos no parecemos tan ingenuos.

Es que la tecnología sirve para canalizar el consumismo o una aceptación acrítica de las novedades, pero también puede ser una herramienta para democratizar el conocimiento, difundir información que los grandes medios callan por intereses particulares o permitir, por ejemplo, que se escriba un libro como éste en medio de la naturaleza con una laptop conectada a Internet. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) son también un campo de batalla en el que se enfrentan, entre otras, dos variables fundamentales: libertad y control. No tantos llegan a visualizar esta disputa y esto incide en la forma en que construimos el mundo digital que habitamos, ya sea activa o pasivamente. Este libro hace foco en esas tensiones vigentes con énfasis en la mirada local, ya que la mayoría de los libros acerca de estas problemáticas se escribe en los países centrales y con una perspectiva acorde. Son numerosos los temas en torno de este eje y que resultan relevantes para entender los distintos aspectos de la relación. [...]

Por último, una aclaración más respecto de cómo la tecnología ha producido cambios en la cultura y algo que afecta incluso a libros como éste. Cuando hablamos de productos culturales en formato digital (E-books, mp3, archivos avi, etc.), mientras el costo de distribución es cada vez menor, aumenta sin cesar la inversión para limitar el acceso a ellos y dificultar su consumo sin previo pago por medio de sistemas informáticos, controles, monitoreos online, abogados, etc. La legislación que regula esta forma de patrimonio se creó en forma relativamente reciente, durante los últimos 250 años. Durante la mayor parte de la historia, las ideas circularon libremente (al menos entre los hombres, aquellos que no eran esclavos y tenían tiempo para detenerse en ellas, claro). La limitación estaba dada por el acceso a los soportes materiales que las transportaban y la disponibilidad del tiempo para disfrutarlos. Estas restricciones, sobre todo la primera, son cada vez menores en la actualidad porque las ideas circulan en forma digital, casi sin costo, lo que debería permitir un acceso generalizado. Ahora son más bien las leyes las que limitan el acceso. ¿Esto resulta positivo?

El inventor del arado, por ir a un ejemplo extremo, no cobró regalías por su de-sarrollo y eso ayudó a que la humanidad mejorara, que tuviera excedentes alimenticios para que algunos se dedicaran a desarrollar la escritura, la arquitectura, la medicina o el arte, además, por supuesto, de las armas de guerra o la religión. James Watt, a quien se considera inventor de la máquina de vapor, podría haber sido muy rico y dejado una fortuna a sus herederos en caso de haber patentado su obra. ¿Cómo podría haber beneficiado esto a la humanidad? ¿Habría tenido más ideas geniales en caso de ganar fortunas por su invento? El argumento de que un autor debe poder vivir de su obra resulta más que razonable, pero ¿cuánto necesita para vivir un inventor? ¿A partir de qué punto la propiedad de las ideas produce más daño que beneficio al conjunto de la humanidad? Incluso la idea misma de “inventor” es cuestionable. Ni los genios más geniales inventaron en el vacío. Watt, por ejemplo, en realidad mejoró tecnologías conocidas, pero no las inventó desde cero. Sin sus antecesores no habría sido capaz de desarrollar su obra, como ocurre a todos y cada uno de los creadores. Nadie crea en el vacío y al limitar el acceso a las ideas propias, dificulta que éstas se enriquezcan con nuevos aportes. El creador que aporta algo más valioso para la sociedad puede estar mejor retribuido, pero que esta lógica se lleve hasta el infinito no parece razonable ni beneficioso para la humanidad.

Por eso este libro se publica con una licencia que permite o incluso incentiva, que se fotocopie, descargue, lea en público, se copie a mano, preste, etc. siempre y cuando se haga sin fines comerciales. El lector no encontrará entre estas páginas esa frase que parece inseparable de cualquier publicación: “Prohibida su reproducción total o parcial...”

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Tapa del libro “Tensión en la red”
Imagen: Diego Alterleib
 
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