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Sábado, 2 de febrero de 2002

DEL UNABOMBER A LOS SOBRES CON ANTRAX

Los aniquiladores solitarios

Por Pablo Capanna

A pocos días de ese 11 de setiembre que cambió al mundo de la peor manera que podía imaginarse, hubo alarma general por una misteriosa “epidemia” de ántrax diseminada a través del correo.
Es cierto que no faltaron las víctimas de carne y hueso, pero sobre todo hubo una lluvia de sobres sospechosos que llegaban a los despachos del poder estadounidense, como si alguna suerte de hacker químico se hubiera propuesto demostrar que todas las defensas son vulnerables.
Sin embargo, fuera de Estados Unidos sólo hubo falsas alarmas y una gran psicosis, que en la Argentina remató en el papelón antológico de un ministro. Además, pronto se supo que la cepa de ántrax había sido cultivada en algún laboratorio del antiguo programa norteamericano de armas bacteriológicas. De manera que los servicios de inteligencia pasaron a investigar el mercado interno, donde nunca faltaron gente como Charles Manson, Jim Jones, David Koresh, Timothy MacVeigh o el Unabomber, tanto solitarios como organizados.
Greenpeace llegó a sugerir una cierta “acción psicológica” de algún lobby interesado en el desarrollo del arsenal bacteriológico, lo cual suena mucho más siniestro que todos los terroristas juntos, pero los sectores oficiales no se molestaron en desmentir la versión.

Prestigios del ántrax
Eclipsado como otras plagas seculares desde la llegada de los antibióticos, el Bacillus anthracis no dejaba de ser una peste con abolengo. No es poco recordar que el ántrax fue la primera enfermedad cuyo agente microbiano pudo ser identificado, nada menos que por Koch, y también la primera que tuvo una vacuna efectiva, gracias a Pasteur.
Pero la siniestra fama que había adquirido durante el Medioevo hizo al ántrax particularmente atractivo para la imaginación apocalíptica de escritores y dementes.
A fines del siglo XIX solían imaginarse las guerras futuras como batallas de dirigibles y aviones-mosquito, a la manera de Wells y Griffith. Pero no faltaron aquellos que anticipándose a la guerra química de 1914-18 imaginaron terribles pestilencias bélicas capaces de acabar con la civilización.
Los precursores fueron Mary Wollstonecraft Shelley, la autora de Frankenstein, con la novela El último hombre (1826) y M. P. Shiel, con El peligro amarillo (1898). Jack London, que luego ganaría fama de progresista, en su cuento “La invasión incomparable” de 1910 proponía el genocidio de la entera población china mediante el bombardeo con gérmenes.
Más específicamente, en la novela Zalma (1895) de Thomas Mullett Ellis, aparecían globos cargados de ántrax que diezmaban la población europea, diseminados en una guerra de sucesión dinástica. El caos que provocaban era tal que terminaba por desencadenar una insurrección socialista en todo el continente.
Pasaron algunas generaciones y la guerra nuclear desplazó a todas las fantasías, para obsesionar durante décadas a estrategas, escritores y futurólogos. Mientras tanto, rusos y norteamericanos siguieron acumulando importantes arsenales químicos y bacteriológicos. Pero el tema nunca tuvo demasiada prensa, porque nadie se atrevía a jactarse de estar dispuesto a usarlos.
Sin embargo, allá por 1956 apareció una novela de ciencia ficción (El clamor del silencio, de Wilson Tucker) que se apartaba un tanto del guión nuclear. Tucker imaginaba un ataque enemigo (obviamente ruso) que arrasabala mitad este del territorio norteamericano y dejaba la otra a merced de la ley de la selva. Aquí, aparte del ataque nuclear a los grandes centros, lo que provocaba los efectos más aterradores eran las botulinas y la peste neumónica diseminadas por el enemigo.

El mesías tanático
Por suerte, los dueños del poder y de las armas fueron lo suficientemente cuerdos durante las décadas del equilibrio nuclear para evitar que la Guerra Fría se volviera caliente. Pero con las armas ocurre algo especial. Una vez que se las inventó es imposible desinventarlas, y nunca falta alguien a quien se le ocurre usarlas.
Es cierto que siempre habrán existido dementes que en sus más íntimos deseos soñaban con destruir al mundo, pero ahora podían llegar a contar con los medios para hacerlo.
A mediados del siglo XX no era fácil discernir las vertientes irracionalistas que crecerían en los años siguientes. Pero no faltaron los intuitivos que supieron leer entrelíneas algunas de esas tendencias culturales.
Uno de ellos fue el exitoso y polémico novelista Gore Vidal –biógrafo de Lincoln y cronista de la era Kennedy– con dos novelas que no suelen ser mencionadas por los críticos, a pesar de su innegable calidad literaria. Se trata de Mesías, escrita en 1954 y Kalki (1978) con la cual Vidal retomó el tema dos décadas más tarde.
Mesías apareció en un tiempo de optimismo “desarrollista” cuando la coexistencia pacífica y el enfriamiento de los aprestos bélicos auguraban un futuro de bienestar y racionalidad. Pensar en extrañas sectas y nuevos fanatismos parecía un capricho literario. Sin embargo, Vidal iniciaba su novela con una retrospectiva supuestamente escrita en el año 2000, donde señalaba la importancia del fenómeno ovni, de reciente aparición, como un signo de los tiempos. Escribía Vidal en 1954: “Esa era, al fin, la nota dominante de la época: como la razón había sido declarada insuficiente, sólo un místico podía dar la respuesta, sólo él podía señalar los límites de la vida con una autoridad definitiva, inescrutablemente revelada. No había confusión posible. Lo único que faltaba era el protagonista”.
No faltaron los aspirantes al papel protagónico. Algunos supieron forjar prósperas empresas transnacionales de la fe y otros hasta fueron capaces de llevar a sus adeptos a la autoaniquilación.
Vidal parecía estar intuyendo a algún futuro Jim Jones cuando imaginó a su “mesías” John Cave, un empleado de funeraria que lograba arrastrar multitudes predicando el suicidio como liberación. Cave conquistaba al mundo, diezmaba la población y moría dejando un sólido imperio. Lo más notable es que no seducía con su precaria filosofía sino que se apoyaba en un formidable aparato de publicidad. Quien rememoraba su meteórica carrera era precisamente el angustiado escritor que había armado su mito mediático, plagiando a la filosofía de Oriente y Occidente para uso de las masas.

Shiva, el destructor
Dos décadas más tarde, Vidal volvió sobre el tema, cuando ya habían aparecido no uno sino muchos “mesías” mediáticos. Por una extraña coincidencia, su libro Kalki apareció en 1978, meses antes de que Jim Jones desencadenara un suicidio masivo en Guyana. Pero el traductor argentino (nada menos que Enrique Pezzoni) todavía hablaba del “reverendo Sol Luna” (!) cuando tenía que nombrar a Sun Myong Moon, que aún no era demasiado popular.
En su tiempo, Oppenheimer no había encontrado nada mejor que los textos hindúes para describir la primera explosión nuclear. Pero después de Los Beatles y del Maharishi, era inevitable que el nuevo guión apocalíptico se tramara en un marco hinduista. El nuevo mesías, que se hacía llamar Kalki, uno de los nombres de Shiva el Destructor, anunciaba el fin del mundo a plazo fijo desde su retiro de Katmandú. Pero esta vez estaba en condiciones de provocarlo.
En realidad, “Kalki” era el sargento J. J. Kelly, veterano de Vietnam, que había trabajado en una división de guerra bacteriológica, quizás desarrollando ese ántrax que sería tan popular luego. Como correspondía, el aparato mediático que lo rodeaba era mucho más sofisticado que el que cabía imaginar veinte años antes. En la trama se mezclaban los narcos, la CIA y la KGB. Kalki no sólo se financiaba por el diezmo de sus fieles; manejaba un cártel de la droga y un poderoso merchandising.
Tras algunos efectos especiales, que incluían el espectacular asesinato de un doble del mesías y su “resurrección”, Kalki emprendía un gira mundial, a pocos días del anunciado holocausto. Su avión daba varias veces la vuelta al mundo, dejando caer sobre todas las ciudades importantes una lluvia de lotos de papel, como un don postrero del mesías a la humanidad. Pero ocurría que el sargento conservaba de sus tiempos de guerra una cepa modificada de Yersinia pestis, el mismo agente de la peste negra medieval. Con él habían sido impregnadas las flores, que en pocos días contaminaban al mundo entero.
La simultaneidad del ataque y la rapidez con que actuaba la peste dejaban al mundo despoblado en pocos días. Kalki quedaba dueño de las ruinas de París y Nueva York, donde envejecía y moría acompañado por una reducida y estéril corte.

El Unabomber
Corría 1978, el año de Jim Jones y también el de Kalki, cuando Theodore Kaczynski, un matemático de Harvard que había enseñado en Berkeley, fue despedido por su propio hermano de la fábrica de espuma de goma donde trabajaba como operario y se recluyó en una cabaña de Montana. El 26 de mayo del mismo año, debutó como Unabomber, al enviar un paquete explosivo a la Universidad Northwestern. Unabomber (de “un” por universidades y “a” por aeropuertos) enviaba cajas de madera explosivas similares a las viejas “máquinas infernales” de los anarquistas de antaño. En los dieciocho años que siguieron provocó tres muertos y 23 heridos mediante 16 atentados en ocho estados, sin contar las falsas amenazas a los aeropuertos.
En 1995 saltó a la fama mundial cuando extorsionó al New York Times para que publicara un extenso documento suyo, que tenía más de paper que de manifiesto. Cuando su hermano lo leyó, reconoció su estilo y dio a conocer su paradero a la policía.
El FBI lo creía un obrero desocupado y tenía de él un identikit tan vago que nunca le hubiera permitido atraparlo. Pero logró detener a Kaczynski en 1996 en su cabaña de Lincoln (Montana), gracias a la pista dada por el hermano. El Unabomber había vivido allí recluido, sin ninguna comodidad, sobreviviendo con un dólar diario como si fuese un Thoreau demente. Sólo había salido de allí para ir a despachar sus paquetes desde lejanas sucursales de correo.
Su objetivo era minar las bases de la tecnología, para destruir la economía industrial. Sin embargo, la lista de sus víctimas era bastante demencial: había un genetista y un informático, pero también un comerciante y un lobbista de la industria maderera, sin contar a los pasajeros de un avión.
Le dieron cuatro cadenas perpetuas, tras haberlo diagnosticado como esquizoparanoico.

El terrorista solitario
El manifiesto del Unabomber que publicaron el New York Times y el Washington Post el 19 de setiembre de 1995 sería apenas tedioso y poco original si lo hubiera escrito otra persona. Como decía Chesterton, loslocos son los que han perdido todo (esto es, el sentido de realidad) menos la razón, que usan de cualquier modo. Y ya se sabe que si se alimenta un procesador con basura, no se obtendrá otra cosa que basura.
Por momentos, algunos de los argumentos del Unabomber parecen coherentes y si uno no supiera quién es su autor hasta se animaría a suscribirlos. Las chispas de locura están ocultas en el rescoldo y no es fácil descubrirlas.
El Unabomber se consideraba anarquista y abominaba tanto de izquierdistas como de conservadores. Proponía una revolución mundial para subvertir “las bases tecnológicas y económicas de la sociedad”. “Nosotros”, escribía desde su choza solitaria, “aspiramos a un cambio radical, aunque no necesariamente violento”.
Un chiflado más inocuo como Charles Fourier había construido su utopía societaria y durante años había estado sentado todas las tardes en el mismo café esperando adhesiones que nunca llegaron. Desde su cabaña del bosque, el Unabomber proclamaba los Cinco Principios de la Historia, citando a Bolívar y a los líderes del Guomindang chino y esperaba que el mundo lo siguiese.
Pensaba que la Revolución Industrial había sido un desastre, porque había eliminado de la vida todo ese esfuerzo que había sido el orgullo de los pioneros del siglo XIX. No había tecnologías buenas o malas: el desarrollo tecnológico llevaba a abolir la libertad y apuntaba al control de todos los seres vivientes. Siendo hombre de ciencia, escribía que la investigación era simplemente una actividad sustituta por la cual los científicos obtenían la satisfacción de un trabajo gratificante, pero el bienestar de la humanidad les era ajeno.
¿Qué hacer? El proceso de desindustrialización –reflexionaba el matemático– sería caótico, y hasta bastante cruel, porque estaría signado por la improvisación. Pero concluía que “es mejor tirar abajo el podrido sistema y asumir las consecuencias”. Recién entonces se podría reconstruir el mundo sobre la base de una “tecnología de pequeña escala”.
El solitario convocaba a los disconformes, proponía armar un aparato de propaganda y hasta se avenía a usar “alguna” tecnología para subvertir el orden mundial. También creía conveniente crear una religión basada en el culto de la naturaleza, aunque tendría que ser más convincente que la de Gaia. En un chispazo de locura, el solterón proponía que sus adeptos tuvieran muchos hijos, porque estaba “científicamente probado” que las actitudes revolucionarias se heredan (¡!).
Nada nuevo en estas ideas, salvo el delirio. Muchas de sus críticas a la sociedad industrial podían encontrarse en el clásico ensayo de C. S. Lewis La abolición del hombre, escrito hace medio siglo; otras hasta le hubieran caído bien a Sabato. En una conocida novela de Kurt Vonnegut (La pianola, 1952), ya aparecía una cofradía de destructores de máquinas, con ideas muy cercanas a las del Unabomber. Pero la locura estaba en el contexto.

Andy Warhol lo sabía
Después de disfrutar en silencio de sus atentados durante casi dos décadas, tan impune como un corrupto argentino aunque forzosamente más recatado, Ted Kaczynski había sucumbido a la necesidad de exhibirse, tal como aquel Vincenzo Peruggia que en 1911 se robó La Gioconda y se perdió el día que se tentó de venderla, o ese pastor que incendió el templo de Diana para pasar a la historia.
Seguramente los psiquiatras podrán explicarnos el proceso por el cual se hace un Unabomber y la necesidad de reconocimiento no es nueva, pero en este caso aparece un componente posmoderno, vinculado al poder de los medios.
Quizás la clave más importante de todo se pueda encontrar en un pasaje de su confuso manifiesto, donde los párrafos numerados y las notas al pie no ocultan el desorden de fondo. En el párrafo 96, después de hacer algunas reflexiones sobre la libertad de prensa, el Unabomber lamenta que el poder de los medios impida al ciudadano común hacerse escuchar por todos. Aunque hubieran publicado su manifiesto –reconoce–, nadie hubiera reparado en él y no hubiera tenido impacto en la opinión pública. Si “nosotros” nunca hubiéramos hecho nada violento –escribe–, ningún editor hubiera aceptado “nuestro manuscrito”, y aun de haberlo publicado no hubiese tenido lectores, porque es mucho más divertido mirar la televisión. Hasta en el caso de que hubiese tenido lectores, éstos pronto lo hubieran olvidado, atontados por la masa de noticias y entretenimiento con que los bombardean los medios. La conclusión es terrible: “Si queríamos que nuestro mensaje tuviera alguna posibilidad de causar alguna impresión perdurable en el público, no teníamos más remedio que matar algunas personas”.
La gente es capaz de hacer cualquier cosa con tal de tener quince minutos de fama, decía Andy Warhol. ¿Qué no haría por dieciocho años de fama?

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