futuro

Sábado, 12 de julio de 2003

NUEVAS Y VIEJAS MEDICIONES DEL TIEMPO

La eternidad en un attosegundo

“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata pero yo soy el río; es un tigre que me destroza pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”
Jorge Luis Borges, Otras inquisiciones.

Por Federico Kukso

Del tiempo se dice mucho y se sabe relativamente poco. Que vuela, que vale oro, que cura todas las heridas, que (en televisión) es tirano y que es relativo, suelen ser los clichés más empleados para referirse a este concepto casi indefinible y tan naturalizado por el hombre. Es sorprendente, porque desde que se popularizó de la mano de la Revolución Industrial, el reloj –instrumento dictador de la vida diaria– se erigió como amo y señor de la rutina de los hombres.
El tiempo, que por siglos para el ser humano fue una concepción circular (todo vuelve, siempre lo mismo) y se emparentaba con los ritmos de la vida-muerte, día-noche, abundancia-sequía, pasó a ser representado, por requisito del sistema de explotación industrial, en unidades mensurables para lograr la regularización y estandarización de las tareas y de la vida. Entonces, el ser humano comenzó a pensar y concebir su vida mecánicamente en extensiones de tiempo (ese “algo” que siempre va hacia adelante y no tiene marcha atrás).
A comienzos del siglo XX, la ya cuasi-natural fragmentación del tiempo en siglos, años, meses, semanas, días, horas y segundos, parecía cerrada para siempre. Y se creía que no se podrían captar o ver (no literalmente, claro) fenómenos que ocurren incluso en menos de un segundo. El desarrollo de los rayos láser desde 1960 probó que no había razón alguna para detenerse en esa unidad de tiempo. Y desde entonces, la familia temporal se amplió, considerablemente: milisegundos (milésima parte de un segundo, 10-3 segundos), microsegundos (millonésima de segundo, 10-6 segundos), nanosegundo (milmillonésima de segundo, 10-9 segundos), picosegundo (billonésima de segundo, 10-12 segundos) y femtosegundos (milbillonésima de segundo, 10-15 segundo). Un femtosegundo es verdaderamente muy poca cosa: comparativamente es a un segundo aproximadamente lo mismo que un segundo es a 100 millones de años.

Congelar el tiempo
Obviamente, los científicos no tiraron la toalla. Mientras fuese físicamente posible, la búsqueda de intervalos cada vez más pequeños, o de la unidad fundamental o tiempo ínfimo (si lo hubiera) no se interrumpe. El esfuerzo lo vale. Y ya hay quienes consiguieron buenos resultados: recientemente un equipo internacional de físicos, capitaneados por Paul Corkum, del Steacie Institute for Molecular Sciences en Ottawa (Canadá) logró romper la llamada “barrera del femtosegundo”. Con un complejo láser de alta energía, estos verdaderos detectives del tiempo generaron un pulso de luz que duró apenas la mitad de un femtosegundo: 650 attosegundos. Casi nada.
Aunque al attosegundo (10-18 segundos, es decir, 0,000000000000000001 segundos, y que viene de atten, dieciocho en danés) se lo conoce desde hace tiempo como una entidad teórica, esta es la primera vez que se consigue empíricamente emitir un haz de luz por una fracción tan increíblemente corta de tiempo. Indudablemente, para el ser humano que en la vida cotidiana se mueve considerando intervalos de tiempo que van de años a segundos (como el lapso de un latido, o el transcurrir de un suspiro), es muy difícil imaginar estas minúsculas expresiones temporales. Aún así, hay quienes las saben aprovechar. Desde hace unos años viene desarrollándose una nueva disciplina, la femtoquímica, que explora toda clase de sucesos moleculares elementales involucrados en las reacciones químicas (como las rupturas y las formaciones de enlaces químicos, que se dan a altísima velocidad). Las investigaciones tuvieron un gran empujón cuando en 1999, el egipcio Ahmed Zewail, del Instituto Tecnológico de California (Estados Unidos) recibió el Premio Nobel de Química por sus estudios pioneros que revelaron cómo los enlaces químicos de moléculas de sal se rompían y se volvían a formar en escalas de 100 a 200 femtosegundos.

Historia del tiempo
Pese a que parece lo más natural del mundo, lo cierto es que la medición del tiempo es un invento humano, que, como muchas otras cuantificaciones, devino en obsesión. La historia de los relojes da cuenta de ello: los relojes solares del 3000 a.C. (palos clavados en la tierra, que con su sombra daban la hora), las clepsidras babilónicas (recipientes de agua que a través del pasaje del líquido permitían calcular el tiempo), los relojes de péndulo y los relojes de ruedas (para Lewis Mumford, la primera máquina del capitalismo) que surgieron en los monasterios del siglo XIII, hasta el cronómetro, son un buen testimonio de los intentos repetidos por controlar el tiempo físico.
Aun así, el tiempo no fue siempre el mismo para todos. Recién en 1884, el mundo entero tuvo un sistema coordinado de medición. La idea la tuvo un ingeniero ferroviario canadiense, llamado Sanford Fleming, quien había propuesto dividir la Tierra en 24 zonas de tiempo, de 15 grados cada una, y sincronizar los horarios de trenes en distintos países. Y así fue: en una conferencia se eligió al Observatorio de Greenwich (en Inglaterra) como el primer meridiano y punto de inicio de las zonas de tiempo del planeta y se adoptó el tiempo estándar (GMT).
La carrera desde entonces consistió en lograr mayor exactitud. Así, en 1949 surgieron los primeros relojes atómicos, que permitieron a los científicos definir minuciosamente lo que dura un segundo (que hasta 1955, basado en el período de rotación terrestre, se lo definía como 1/86.400 del día solar medio). Es que había un problema: la velocidad de rotación de la Tierra es irregular. Entonces, en 1967, se cambió el punto de referencia y el segundo pasó a ser definido por la Comisión Internacional de Pesos y Medidas como “el tiempo que necesita un electrón para girar sobre su propio eje dentro de un átomo de cesio” (dicho sea de paso, el electrón oscila 9.192.631.770 veces en un segundo, por lo que un año no tiene 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,51 segundos, sino más o menos 290.091.200.500.000.000 oscilaciones del átomo de cesio).
No hay duda: el tiempo fluye muy, pero muy fugazmente, aunque en la vida cotidiana, muchas veces, no nos demos cuenta. Calcule el lector cuántos attosegundos le llevó leer esta nota.

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