futuro

Sábado, 29 de noviembre de 2003

BUSH II, EL ILUSTRADO

Un amigo de la naturaleza

Por Esteban Magnani y Luis Magnani

Se sabe que muchos gobernantes están tan acostumbrados a dar órdenes, que creen que hasta la naturaleza debe obedecerlos. Este es el caso del ya inefable Bush II, cuya administración, según acusaciones de una ONG llamada Consejo de Recursos de la Defensa de la Naturaleza, está a punto de lograr un hallazgo: el dióxido de carbono (CO2) no sería un contaminante.
Tal vez la acusación sea más que nada un golpe de efecto de los verdes pero, al parecer de los ambientalistas, es la conclusión que se puede extraer de la nueva normativa llamada “Cielo limpio” (Clear Sky) que, según los más pesimistas, permite multiplicar por tres las emisiones de mercurio, emitir un 50 por ciento más de sulfuro y cientos de toneladas extra de óxidos de nitrógeno.
Si ésta es la alternativa que ofrece Washington al boicot que ejerció sobre el Protocolo de Kyoto, el clima seguramente se seguirá caldeando.

El “no” de Bush
No hace falta insistir sobre las consecuencias que está teniendo la contaminación ambiental para nuestro planeta. Por dar sólo un ejemplo, los registros que la Organización Meteorológica Mundial de Naciones Unidas empezó a conservar en 1861, muestran que la temperatura de la Tierra se ha incrementado en 6ºC desde entonces. Y el 2003 será el año más caliente de los 143 registrados. Para colmo, la velocidad de crecimiento de la temperatura se ha triplicado desde 1976.
El dictamen del encuentro de 1992 en Río de Janeiro con respecto al tema fue claro: para evitar una catástrofe global había que bajar las emisiones de gases contaminantes a un 60 por ciento debajo de los niveles de 1990. Pero, ¿cómo hacerlo?
En 1997 se acordó tibiamente, y contra muchos boicots de los países más industrializados, redactar el Protocolo de Kyoto, un acuerdo internacional destinado a reducir las emisiones de contaminantes.
Al estilo de quienes aún niegan el Holocausto, las industrias norteamericanas de extracción de recursos (maderas, minería y petróleo) negaron el calentamiento global y presionaron a Washington para que no firmara. Por su parte, las empresas extractivas de Europa adoptaron una estrategia más sofisticada: amparados en la intransigencia norteamericana, se presentaron como moderados y lograron que Europa pueda emitir contaminantes a 92 por ciento de sus niveles de 1990 y hasta el 2012.
En realidad, el Protocolo tampoco era tan duro, ya que daba opciones a los más ricos por medio de la parcelación de la atmósfera. A cada país se le dio la posibilidad de contaminar en proporción a la polución que había realizado históricamente... es decir que, el premio por haber contaminado es poder seguir haciéndolo. Como todo lo que se parcela se puede vender, existe la posibilidad de comprar cuotas de contaminación a países que no las consuman totalmente, por ejemplo, los ecológicos Bolivia o Bangladesh.
A pesar de estas y otras prerrogativas, en el 2002, durante la segunda Cumbre de la Tierra, los representantes de Washington obstruyeron toda negociación. Y obviamente no firmaron nada que atente contra el saludable consumo norteamericano, país que posee el 4 por ciento de la población mundial y es responsable del 23 por ciento de la emisión de CO2.

Bosques saludables
Pero lo que realmente no tiene desperdicio es la última idea de Bush para terminar con los incendios que han asolado algunas áreas de su país. Su proyecto contempla la tala indiscriminada de árboles hasta alcanzar la extensión de un millón de hectáreas en los siguientes diez años. Esta magistral solución se denomina “Iniciativa de Bosques Saludables” y permite, de paso, que los árboles contribuyan al patrimonio de las madereras. Sería bueno que el gobernador Felipe Solá tome nota de la idea y haga matar a todos los ciudadanos pudientes a fin de que no sean secuestrados. Un beneficio colateral sería la disponibilidad de grandes casas a asignar a los delincuentes y erradicar el problema de la vivienda.

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