futuro

Sábado, 14 de febrero de 2004

A HOMBROS DE GIGANTES: COPéRNICO, GALILEO, KEPLER, NEWTON Y EINSTEIN, DE PUñO Y LETRA

El murmullo de los grandes

 Por Leonardo Moledo

En el siglo XII, Bernardo de Chartres, quien fuera maestro de Juan de Salisbury, doctor fielmente seguidor de Platón y que creía que las Ideas realmente existían y estaban presentes en la mente de Dios, afirmaba que “si nosotros vemos más lejos es porque estamos subidos a hombros de gigantes”, una frase poderosa, que en 1676 nada menos que Newton repitió en una carta a su por entonces amigo Robert Hooke; no es de extrañar que la frase venga a la mente cada vez que aparece sobre el tapete la gran revolución científica: esos gigantes a los que se refería Newton eran Copérnico, Kepler y Galileo.
A hombros de gigantes, es la frase tomada para el título de este libro de Hawking que reúne, precisamente, las obras centrales de estos gigantes, obras que son también centrales en la historia de la ciencia y de la cultura: Sobre las revoluciones de las esferas Celestes de Copérnico, La armonía del mundo de Kepler, Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo de Galileo, los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural de Isaac Newton, y los trabajos de Einstein sobre la teoría de la relatividad (especial y general). Acá van unos fragmentos:

1. COPERNICO: POR QUE LOS
ANTIGUOS PENSARON QUE LA TIERRA ESTABA INMOVIL EN MEDIO DEL
MUNDO COMO SI FUERA SU CENTRO
Los filósofos antiguos intentaron demostrar que la Tierra estaba en el medio del mundo. (...) Consecuentemente, dice Ptolomeo de Alejandría, si la Tierra diese vueltas, al menos una revolución diaria, su movimiento tendría que ser muy violento y su rapidez insuperable, ya que en XXIIIIII horas recorrería todo el ámbito de la Tierra. Pero este movimiento vertiginoso lanzaría de repente todas las cosas y parecerían incapaces de unirse, y más bien se dispersaría lo unido, a no ser que alguna fuerza de coherencia las mantuviera en su unidad. Y ya hace tiempo, dijo, la Tierra dispersada se habría elevado al mismo cielo (lo que es totalmente ridículo), y con mayor motivo, los seres animados y todas las demás cosas sueltas en manera alguna permanecerían estables. Y también veríamos que las nubes y cualquier otra cosa pendiente en el aire siempre eran arrastradas hacia el ocaso (Occidente).
Pero dejemos a la discusión de los fisiólogos (filósofos de la naturaleza) si el mundo es finito o infinito, teniendo nosotros como seguro esto, que la Tierra está limitada por sus polos y terminada por una superficie esférica. Luego, por qué dudamos aún en concederle una movilidad por naturaleza congruente con su forma, en vez de deslizarse todo el mundo, cuyos límites se ignoran y no se pueden conocer, y no confesamos sobre la revolución diaria que es apariencia en el cielo y verdad en la Tierra, y que estas cosas son como lo que dijera el Eneas de Virgilio, cuando afirma: “Salimos del puerto y las tierras y las ciudades retroceden”.

La verdad es que se trata de una verdadera joya: aquí están reunidos los trabajos que conformaron el pensamiento moderno; al cual se puede acceder en sus propias fuentes: las vacilaciones de Copérnico cuando reforma el mundo; la atmósfera mística, medieval, en la que flota Kepler; la rotunda modernidad de Galileo y la limpieza de Newton: de los Principia, la ciencia moderna sale completa y armada, basada en los tres principios y la gloriosa Ley de Gravitación universal. En cuanto a los trabajos de Einstein, es notable la sencillez con que el más grande físico del siglo XX aborda las cuestiones que cambiarían nuestras concepciones sobre el espacio y el tiempo.
2. GALILEO: LA VELOCIDAD DE LA LUZ
Dos hombres toman una luz cada uno y la esconden en el interior de una linterna o cualquier otro aparato capaz de cubrirla, de modo que puedan ir encendiéndola y apagándola, poniendo la mano delante, en cuanto ven a su compañero. Después, colocándose uno enfrente del otro a la distancia de unos pocos codos, empiezan a encender y a apagar la luz según la siguiente regla: cada vez que uno de los dos ve la luz del otro, enciende inmediatamente la suya. Después de algunos ensayos, se habrá ajustado la maniobra hasta el punto que, sin error posible, en cuanto uno encienda le responderá inmediatamente el otro, de forma que en el momento que uno encienda su luz, verá al mismo tiempo aparecer ante sus ojos la de su compañero. Asegurada esta práctica en esta distancia tan pequeña, coloquemos ahora a estos hombres, y con dos luces semejantes, a la distancia de dos o tres millas el uno del otro. Comenzando de noche la misma experiencia; van observando atentamente si las respuestas a sus respectivos encender y apagar guardan, a esta distancia, la misma cadencia que antes.
SALVIATI: La verdad es que yo sólo he realizado la experiencia a poca distancia; es decir, a menos de una milla, por lo que no he podido asegurarme de si la aparición de la luz opuesta era realmente instantánea. Pero si no es instantánea, he constatado que es velocísima, por no decir momentánea.

3. ISAAC NEWTON: ESCOLIO GENERAL
Hasta aquí he expuesto los fenómenos de los cielos y de nuestro mar por la fuerza de la gravedad, pero todavía no he asignado causa a la gravedad. Efectivamente esta fuerza surge de alguna causa que penetra hasta los centros del Sol y de los planetas sin disminución de la fuerza; y la cual actúa, no según la cantidad de las superficies de las partículas hacia las cuales actúa (como suelen hacer las causas mecánicas), sino según la cantidad de materia sólida; y cuya acción se extiende por todas partes hasta distancias inmensas, decreciendo siempre como el cuadrado de las distancias. La gravedad hacia el Sol se compone de las gravedades hacia cada una de las partículas del Sol, y separándose del Sol decrece exactamente en razón del cuadrado de las distancias hasta más allá de la órbita de Saturno, como se evidencia por el reposo de los afelios de los planetas, y hasta los últimos afelios de los cometas, si semejantes afelios están en reposo. Pero no he podido todavía deducir a partir de los fenómenos la razón de estas propiedades de la gravedad y yo no imagino hipótesis. Pues lo que no se deduce de los fenómenos, ha de ser llamado hipótesis; y las hipótesis, bien metafísicas, bien físicas, o de cualidades ocultas, o mecánicas, no tienen lugar dentro de la Filosofía experimental.

Una nota aparte merece la edición: no se entiende por qué el lomo del libro lleva el nombre de Stephen Hawking, el físico inglés mediático, que supo hacer de su parálisis virtud y utilizarla como prueba de su supuesto genio, cuando se trata simplemente de una edición comentada por el físico de marras. Tampoco, dentro del libro, se entiende muy bien qué es lo que hizo Hawking, a menos que se trate del breve prólogo sin firma con datos biográficos e históricos que precede a cada una de las obras. El sobredimensionamiento de Hawking, aunque sea un recurso de marketing, desmerece un poco el volumen, que, no obstante, irradia el placer de todos aquellos grandes hombres.

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