futuro

Sábado, 22 de mayo de 2004

BIOTECNOLOGIA

El árbol de la vida eterna

Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que hay en nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas, congraciarnos con los pájaros y procurarnos los secretos de los locos.
James Graham Ballard,
What I think, Re-search (1984).

Por Federico Kukso

La (bio)tecnología arrincona cada vez a la imaginación. Y, en el ring de lo real, hace rato lo descabellado se volvió factible, y lo impensado, moneda corriente: clones, alimentos genéticamente modificados, afán de lucro y manipulación à la carte (con sospechosos aires de eugenesia) parecen combinarse sin mucho orden y recato en los menúes de las más oscuras empresas y burócratas on the edge de la ola científica. El asombro parece desinflarse sin mucho alboroto. Ya nada llama tanto la atención (como antes) y las ideas frankenstenianas pasan casi inadvertidas. Total, mañana algún que otro nuevo experimento superará holgadamente en extravagancia al del día anterior. Y así ad aeternum.
Tal vez por eso el proyecto artístico-científico-filosófico de la joven dupla artística formada por el austríaco Georg Tremmel y el japonés Shiho Fukuhara, dos alumnos del departamento de Diseño Interactivo del Royal College of Art de Gran Bretaña, no devenga, por lo pronto, en carne de debate o erice los (pocos) pelos del más alarmista de los conservadores, aquellos sujetos reacios en aceptar que la ciencia y el conocimiento (por extraño que sea) no pueden ser frenados. La elucubración es la siguiente: Tremmel y Fukuhara planean inyectar ADN de una persona muerta en un manzanero para así crear una suerte de tumba viva con la “esencia biológica” del difunto. O sea, algo así como guardar la vida humana dentro de una manzana. Pero lo más curioso no es eso sino que, aunque muchos no lo crean, el proyecto ya cuenta con alrededor de 70 mil dólares de auspicio otorgado por la Financiera Nacional Inglesa de la Ciencia, Tecnología y Arte (Nesta) para que Biopresence (www.biopresence.com), la empresa de este extravagante dúo, despegue del suelo.
El plan original de estos “bio-artistas”, ayudados por el científico Joe Davies del Alexander Rich’s Biology Lab del Massachusetts Institute of Technology (Boston, Estados Unidos), consiste en introducir en las manzanas del tipo Granny Smith secuencias individuales de ADN “basura” (aquel material genético –casi 95 por ciento del ADN total– que no codifica proteínas) de un donante en el genoma del árbol. Así crearían un híbrido en el que los genes humanos no tendrían actividad alguna (serían en realidad un “eco” del muerto), sin alterar la estructura del manzanero.
Aún en estado de hipótesis, el proceso comenzaría por sacar algunas células de piel de la persona a ser “arbolada”. Luego, estas células deberían tratarse para extraer el ADN que contienen, para después meterlas directamente –mediante la utilización de la bacteria Agrobacterium tumefaciensen como vector de transmisión– en semillas. Al cabo de seis meses, éstas podrían ser plantadas (para luego vender el árbol en 40 mil dólares cada uno).
Tremmel y Fukuhara aclararon que lo que verdaderamente les gustaría estudiar son los problemas morales, éticos y sociales que acarrearían estas plantaciones, y que podrían haber elegido cualquier tipo de árbol pero finalmente se decidieron por un manzanero por su clara referencia al bíblico árbol de la tentación.
“Vida es ADN. Si pudieras pasar tu ADN a un árbol, vivirías en él. Según parece, nuestro proyecto está dando a la gente cierto sentido de esperanza y tranquilidad”, dijo Tremmel. Lo que no quedó del todo claro es si se incurriría o no en canibalismo si alguna vez uno se olvidara de todo esto y, tentado, comiera las manzanas.

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