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Sábado, 14 de junio de 2003

NOVEDADES EN CIENCIA

Novedades en ciencia

Por más de un pelo

NewScientist El pelo para el ser humano es todo un tema: hay quienes lo usan largo, corto, teñido... y en las más diversas formas. Al fin de cuentas tiene su importancia: en distintos momentos de la historia humana fue considerado indicador de status social, profesión, religión o virilidad. Lo cierto es que muchas veces la manera en la que se lo luce depende de modas pasajeras, aunque también, aunque parezca mentira, incide en ello lo que cada uno lleva escrito en los genes.
Como se sabe, los folículos pilosos reciben su particular nombre según la parte del cuerpo en la que se encuentren: cabello, vello, en fin, simplemente pelo. Cada persona tiene, en promedio, cerca de cinco millones de ellos en todo el cuerpo, de los cuales unos 150 mil se encuentran en el cuero cabelludo. Sin embargo, en comparación con los otros primates (monos, chimpancés, orangutanes, gorilas) y el resto de las tres mil especies de mamíferos del planeta, no es mucho. ¿Por qué sucede esto? Dos científicos británicos lanzaron una hipótesis: aparentemente, a lo largo de la evolución, la pérdida del pelo en el hombre se habría producido para evitar las picaduras de insectos y parásitos, así como para incrementar su atractivo sexual.
Hasta ahora lo que se creía era que al hombre se le empezó a caer el pelo para controlar su temperatura corporal en climas cálidos de la sabana africana, desde donde se habría diseminado por el mundo. Sin embargo, para los autores del nuevo estudio –Mark Pagel, Universidad de Reading, y Walter Bodmer, Universidad de Oxford, ambas en Inglaterra– esa teoría falla en situaciones de extremo frío (a la noche) o excesivo calor.
En cambio, según Pagel y su hipótesis, el desarrollo de la cultura fue otro de los factores que conllevaron al escaso pelambre humano, ya que los homo sapiens fueron capaces de responder de manera eficiente a los cambios térmicos del ambiente, controlando el fuego, construyendo refugios y fabricando ropa.
También, según los científicos, la selección sexual aceleró la caída del vello en la medida en que hombres más lampiños resultaban más atractivos para sus parejas. Los investigadores consideran que la teoría se podría testear si se comprueba que seres humanos que habitaron en áreas con grandes poblaciones de parásitos desarrollaron menos pelos que aquellos que vivieron en zonas con escasa cantidad de bichos y confirmar una teoría, que aunque algunos puedan considerar descabellada, no parece tener pelos en la lengua.

Los vientos de saturno

Scientific American Parece que las cosas están cambiando en el gran planeta de los anillos, al menos en cuanto al clima. Un reciente estudio realizado por astrónomos españoles indica que los furiosos vientos de Saturno ya no son tan fuertes como hace veinte años. Y esto estaría asociado a un cambio estacional. La atmósfera del segundo planeta más grande del sistema solar está formada por espesas capas de gases (principalmente hidrógeno) y gigantescas nubes que forman bandas horizontales (paralelas al Ecuador). Allí también se producen tremendos remolinos y huracanes, y tal como descubrieron las legendarias sondas Voyager a principios de los años 80, vientos ecuatoriales de hasta 1700 km/hora. Pero parece que esos vientos ya no son tan intensos. Al comparar imágenes e información obtenidas por las Voyager, con otras tomadas entre 1996 y 2002, el astrónomo Agustín Sánchez-Lavega y sus colegas de la Universidad del País Vasco, en España, descubrieron que, durante los últimos años, los vientos ecuatoriales de Saturno alcanzan velocidades de sólo 1000 km/hora. Es decir, que son un 42 por ciento más lentos que hace 20 años. En cambio, las velocidades de los vientos cerca de las zonas polares de Saturno prácticamente no han variado.
Según estos científicos, la merma de los vientos ecuatoriales sería el resultado del cambio de estaciones en el planeta: la cambiante orientación de Saturno con respecto al Sol (debida a la inclinación de su eje) hace que reciba más o menos luz y calor en ciertas zonas, y a esto hay que sumarle el enfriamiento regional provocado por la sombra proyectada por los anillos.

El vuelo de las libélulas

nature A la hora de disputar un territorio, las libélulas saben engañar a sus adversarios: un reciente estudio publicado en la revista Nature revela que estos insectos voladores ajustan a la perfección su trayectoria de modo tal que, a los ojos de otras libélulas, parecen no moverse en absoluto. Mediante un par de videocámaras de alta velocidad, un grupo de investigadores australianos, encabezados por Javaan Chahl (Universidad Nacional de Australia, en Canberra), filmó a varias libélulas (Hemianax papuensis) en pleno vuelo. Y así descubrieron que las libélulas macho suelen desafiarse en el aire para defender determinadas zonas. Y que parte de la estrategia consiste en disimular su propio movimiento, ajustando su vuelo mediante maniobras muy rápidas y precisas (subidas, bajadas, giros y frenadas) que dan como resultado una aparente inmovilidad desde el punto de vista de la otra libélula en conflicto.
“Este camuflaje de movimiento –dice Chahl– involucra un conjunto de maniobras de alta complejidad, similares a las que utilizan los pilotos de guerra para engañar al enemigo.” Ahora, el siguiente paso de estos científicos australianos será averiguar cómo lo hacen: “Creemos que ellas siguen reglas simples, pero tal vez su secreto sea mucho más complejo”, concluye Chahl.

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