futuro

Sábado, 15 de octubre de 2005

FINAL DE JUEGO

Donde se comienza a hablar un poco de Darwin y de Cuvier

 Por Leonardo Moledo

–No hemos recibido respuestas –dijo el Comisario Inspector–, así que tenemos que arreglarnos solos.

–Volvamos a la fábrica de fósiles –dijo el embajador de Inglaterra–. Creo que hemos demostrado suficientemente la posibilidad de su existencia. También sus utilidades. Teóricas, inclusive.

–¿Por ejemplo? –se interesó Kuhn.

–Por ejemplo, uno de los problemas que tiene, y que siempre tuvo la teoría de la evolución de Darwin, y que permite a estos delirantes del diseño inteligente actuar, son los baches en la cadena de fósiles. Pues bien: nosotros podríamos llenar esos baches sencillamente, por el simple expediente de fabricar los fósiles de transición que faltan.

–Es interesante esa historia de los baches en el registro fósil –dijo entonces el Comisario Inspector–, porque fue uno de los obstáculos tremendos a la teoría de la evolución antes de que fuera formulada. Como todo el mundo sabe, el gran campeón de la fijeza de las especies en el siglo XVIII era Cuvier.

–¿Ese francés que reconstruía animales extinguidos? –preguntó el embajador de Inglaterra, británicamente.

–El mismo –dijo el Comisario Inspector–. Ahora bien; Cuvier no era, como se lo suele presentar un chupacirios que no se imaginaba nada que no fuera creación divina. Era un hombre de la Ilustración y consideró que, si el transformismo tenía razón, o por lo menos parte de razón, forzosamente tenían que encontrarse fósiles de transición entre las especies extinguidas, y como no los había, rechazó la posibilidad y elaboró su teoría de las catástrofes.

–Que también tiene una mala interpretación –dijo Kuhn–. Porque Cuvier no sostuvo que había habido extinciones en masa mediante catástrofes y que después todos los bichos habían sido vueltos a crear. El imaginó que había habido catástrofes, sí, pero que no se había extinguido toda la vida, sino que había bichos que quedaron en zonas no afectadas y que habían vuelto a repoblar la tierra. Lo que después hicieron sus discípulos, inventando catástrofes a troche y moche, es otra cosa. Hubo un tipo, Alcide d’Orbigny, que propuso ¡27 catástrofes y 27 creaciones!

–Son muchas catástrofes para un solo planeta –dijo el Comisario Inspector– y, sobre todo, para explicar una sola cosa; desde ya, eran inventos, como las ruedas que se agregaban al sistema de Tolomeo para que si se obtenían nuevos datos las cosas encajaran. Pero tampoco hay que olvidarse que la geología de la época era catastrofista: casi todos los geólogos se imaginaban la historias de la tierra como una sucesión de erupciones volcánicas, y desastres que habían conformado la superficie actual, tal y como está.

–Es decir –dijo Kuhn– Cuvier no fue simplemente un reaccionario, sino que actuaba racionalmente, aunque estuviera desde ya, equivocado.

–Miren a dónde hemos llegado a parar por ponernos a hablar de fósiles -dijo el embajador de Inglaterra– y por proponer llenar artificialmente el bache en el registro fósil.

–Y aquí se me ocurre un enigma para proponer a nuestros lectores –dijo el Comisario Inspector– ¿se pueden fabricar fósiles de animales que no hayan existido y que sin embargo sean verdaderos?

–¿Eso solo?

–No, también hay otro más: el segundo enigma tiene que ver con la prueba ontológica de la existencia de Dios –dijo el Comisario Inspector–. Pero lo dejamos para el sábado que viene.

¿Qué piensan nuestros lectores? ¿Actuaba racionalmente Cuvier? ¿Y se podrá fabricar ese tipo de fósiles?

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