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Sábado, 8 de febrero de 2003

FINAL DE JUEGO

FINAL DE JUEGO

 Por Leonardo Moledo

–Bueno –dijo el Comisario Inspector–. Creo que hoy, que es ocho, es un buen día para las paradojas.
–Espero que no regresemos a la paradoja de Zenón –dijo Kuhn–, porque Zenón es un tema que cada tanto aparece, sin que se entienda muy bien por qué.
–Se entiende perfectamente por qué –dijo el Comisario Inspector–. Zenón aparece una y otra vez porque es uno de los puntos débiles de toda la estructura de pensamiento que sostenemos, además de su encanto literario. Pero no, no se trata de la paradoja de Zenón, aunque naturalmente permaneceremos en el ámbito griego.
–¿Por qué “naturalmente”?
–Porque, como dice la gran Margarite Yourcenar en sus Memorias de Adriano, uno de los libros preferidos de la policía...
–Como todo el mundo sabe... –completó Kuhn.
–... como dice Margarite Yourcenar, no hay nada interesante, importante o profundo que no haya sido pensado ya por algún griego.
–¿Y quién es el pensador en este caso? –preguntó Kuhn.
–Bueno –dijo el Comisario Inspector–. No es exactamente un pensador, sino un héroe, de la Grecia que llamamos homérica, aunque no aparezca en Homero. El héroe Teseo.
–El matador del Minotauro –dijo Kuhn–. Fue a Creta, como parte de la ofrenda anual de doce jóvenes y doce doncellas que Atenas debía entregar al rey Minos para que fuesen devorados por el Minotauro, el monstruo mitad hombre mitad toro...
–Un verdadero engendro genético avant la lettre –dijo Kuhn–. ¿No? Porque en estos tiempos de ADN recombinante y genomas descifrados uno no se asombraría demasiado, pero entonces...
–Entonces tampoco se asombraban demasiado –dijo el Comisario Inspector-. Odiaban y temían (y a veces amaban) a los animales genéticamente modificados, como la Quimera, o Pegaso, pero no se asombraban para nada de que existieran.
–El Minotauro vivía en el laberinto construido por Dédalo –aportó Kuhn.
–Efectivamente –dijo el Comisario Inspector–. El asunto es que Teseo mató al Minotauro y salió del laberinto siguiendo el hilo de Ariadna, la propia hija del rey Minos, que se había enamorado de él y le proporcionó un ovillo que él mismo había ido desovillando mientras se internaba en el laberinto.
–Recurso más seguro que el que usaron Hansel y Gretel con las miguitas de pan –reflexionó Kuhn–. Aunque dentro del laberinto perfectamente podía haber pájaros comedores de hilo... ¿Pero cuál es la paradoja?
–Hasta ahora, ninguna –dijo el Comisario Inspector–, hasta ahora todo es perfectamente normal; Teseo regresó a Atenas, librada para siempre del pesado tributo de tener que entregar gente para ser almorzada por un engendro genético. El asunto es que, según cuenta Plutarco, el barco en que Teseo regresó fue preservado por muchas generaciones, como un verdadero tesoro nacional.
–Y con razón –dijo Kuhn–, la verdad es que se lo merecía. ¿Pero cuál es la paradoja?
–Se preservaba con muchísimo cuidado, cuenta Plutarco –dijo el Comisario Inspector–, de tal modo que, cuando una de las planchas de madera que lo formaban se descomponía o se pudría, se la reemplazaba por una nueva.
–Ya veo –dijo Kuhn.–Bueno, ahora pensemos que pasaron muchas generaciones, o algunos cientos de años y que todas y cada una de las partes del barco de Teseo fueron reemplazadas, de tal manera que ya no queda ninguna parte del buque original. La pregunta, entonces, es: ¿sigue siendo el barco de Teseo? ¿Y si no lo es, en qué momento dejó de serlo?

¿Qué piensan nuestros lectores? ¿Sigue siendo el barco de Teseo? ¿Reemplazar una plancha requiere una electrodisipadora? ¿Cuándo se va a dar la solución del enigma de la semana pasada? ¿Y por qué esta semana no hay Correo de lectores?

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