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Viernes, 24 de junio de 2005

RAMOS GENERALES

El arte de reprobar

Por Liliana Escliar

Murió Marta Merkin, y no hay palabras. “No hay palabras”, digo. Pero no desde el lugar común, como quien hace la crónica de “un incendio de pavorosas dimensiones”. No.

Marta –como profesora primero, como editora después– jamás lo hubiera permitido. O sí. Tal vez en lugar de evitar el lugar común habría propuesto saturar el texto de ellos, convertirlo en un recurso... Qué sé yo, qué hubiera hecho. Y a eso voy, cuando digo que no hay palabras. Digo que no hay un adjetivo, o dos o tres que la definan o más o menos la contengan.

Marta podía ser, era a veces, “Martita”. Como el día que llamó por teléfono mientras estaba escribiendo su maravillosa novela sobre los Lugones y dijo “Hoy se murió Pirí, y lloré”. Pero también podía ser, era a veces, “La Merkin” cuando crecía y se convertía en autoridad a pesar de su metro sesenta escaso y de sí misma.

Era más mala que Cruella the Ville. Era mala, y le gustaba serlo. Pero también, y también, era buena, con perdón de la palabra. Practicaba esa generosidad sin estridencias, una solidaridad de perfil bajo con la que repartía o inventaba trabajos, negociaba adelantos y pedía prórrogas para sus autores con ferocidad digna de mejores causas. Era, podía ser, rea como un camionero y más elegante que Lady Di. Una “busca” que se reciclaba en oficios e intereses y, pero, también, una profesional sólida de formación y experiencias apabullantes.

Ecléctica como una bolsa de gatos, coherente de la mejor coherencia, podría haber dicho sin contradecirse aquello de “ni sí ni no, y todo lo contrario”. Porque en Marta, desde Marta y hacia Marta entraban, salían, iban y venían todas las palabras.

Me costó un buen rato entender que para ella reprobar no era, como yo siempre había creído, desaprobar o censurar. Era re probar: probar mucho, intentarlo varias veces hasta encontrar el qué y el cómo y después –o antes, o durante, quién sabe– romperlo para volver a hacer eso u otra cosa.

Se murió Martita, la Merkin.

Y no hay palabras.

Porque ésta que hizo de morirse así: tan rápido, tan pronto, tan para siempre y sin embargo –y también– quedarse en y con nosotros es, simplemente, incalificable.

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