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Viernes, 16 de octubre de 2015

EMOCIÓN GUERRERA

 Por Marisa Avigliano

¡Guuaaa” vivaaa revolución! gritó una nena cuando vio cómo se llenaba de mujeres la plaza en la que ella aprendió a andar en bicicleta. “Recién salgo de un taller de cooperativas y les pasé muchos datos sobre la capacitación que dan en el Ministerio de Desarrollo Social”, le decía una mujer a otras dos. Otras cientas cruzaban Falucho y entraban a la plaza con mochilas y mates. El campamento de las ideas encendía el cielo abierto. A unas cuadras una chica contaba cómo su hermana había muerto en un hospital sin que nadie le explicara nada. “Entró caminando”, dijo mientras daba su testimonio y recordaba las burlas de los médicos que no le decían la verdad cuando ella les preguntaba “¿qué le están haciendo?”.  En otra escuela, un poco más lejos, una chica trans contaba que era la primera vez que estaba en un encuentro y que como peruana agradecía todo lo que estaba aprendiendo. “¡Vamos por la patria grande!” gritó otra abrazada en aplausos. Al lado, en el patio, la fiesta del taller de autodefensa era poderosamente emotiva, poderosamente guerrera. Nunca las hermosas playas desde las que les escribía una postal a mi abuela y a mi abuelo me parecieron tan lindas. Al fin un 12 de octubre con una madre patria con más de sesenta y cinco mil cabezas. Tanta aula ya me estaba poniendo escolarmente emotiva así que salí a la calle. Ahí la celebración era itinerante e igual de contagiosa, por donde caminara encontraba mujeres pasándose información sobre algo. Como no pudieron invisibilizarnos (y eso que lo intentaron) nos reprimieron en la catedral. Balas y golpes a ritmo de los femicidios. La chica que me atendió en el primer peaje (cuando volvía a Buenos Aires) tenía hipo, mientras yo le daba un truco infalible para cortarlo ella miraba mi pañuelo verde (Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito). “Venimos del Encuentro Nacional de Mujeres” le dije. “Sí me enteré”, me contestó enseguida, “nunca fui pero ahora con dos amigas dijimos que al próximo vamos”. “Nos vemos en Rosario” le dije en grito colectivo mientras ella subía la barrera e intentaba ganarle al hipo con mi truco. La emoción guerrera seguía intacta y sentí que el encuentro era infinito. Y lo confirmé hoy cuando Cristina dijo “y para finalizar y para que esto no se convierta en una continuación del Encuentro de Mar del Plata aunque podría serlo, por qué no.”

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