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Viernes, 16 de octubre de 2015

ESCENAS

La mujer rota

En La sirena, la aparición de un cuerpo diverso evidencia el peso de la cultura en los roles sociales y la presión que recae sobre las mujeres e identidades feminizadas para cumplir con el estereotipo.

 Por Alejandra Varela

Un cuerpo anómalo. Cierta incertidumbre sobre su naturaleza. Hay algo dolorosamente terrenal en la manera de presentar a la actriz en escena. Un entorno que ella describe en un torrente de bares que están en el recuerdo pero también en un presente que se ilumina en una voz que supone un estrépito contenido, un eco que no parece humano.

Es esa detención, esa pierna rota, ese girar en un teatrito, suerte de carromato precario pero también de tablado de títeres, algo acotado donde una supuesta sirena devine prostituta, mujer errante, personaje fantástico atormentado por una sed mundana. Esa que la lleva a andar en su relato, a disociar ese cuerpo imposible, tal vez monstruoso, de una voz donde todo acontece, donde las imágenes son relámpagos en ese mundo oscuro.

La dramaturgia de Luis Cano en La sirena es un relato que la actriz deberá transformar en drama. Ella discute, pide alcohol, ensaya las mil maneras de convencer a esos marineros para que se apiaden de su sed. No se trata aquí de que las escenas ocurran. La sola presencia de esta chica, aturdida por montones de historias sobre mares y peces, sobre adolescentes que nadan mar adentro con marineros, es suficiente para que ese bar exista en un piano triste, en la figura chaplinesca de una pianista que la acompaña como si se tratara de una vieja película en un cine de pueblo.

Es en el trazado del cuerpo donde Cano construye su escritura. Las piernas tajeadas, esas mismas que la protagonista asegura abrir con espontaneidad, los tatuajes como apuntes de las historias que deberá contar para postergar el desenlace, pero también esa forma en apariencia humana, irresistible de la sirena que se revela animal, de otro mundo, sólo real en las leyendas y que es descubierta para hacer posible la venganza.

El texto parece proponer un desplazamiento y un tono que la puesta y la actuación de Monina Bonelli desafían para ir en su contra, para que esa descarga se vea contenida. Ese contrapunto entre lo que se dice y lo que el espectador puede ver, esa palabra que despierta una voz extraña, derrama imágenes en la mugre del bar. Los cuentos de esta chica, suerte de vagabunda al borde de la extinción, aparecen como un ensueño para el espectador porque aquí se trata de convencer a partir de la palabra, aunque se fracase, pero ese tiempo de escucha vale litros de tragos, veneno para esa sangre, para ese cuerpo que termina siendo muecas, gestos como avisos espasmódicos del acabamiento de esa voz.

Si la dramaturgia se compone en el contar, si aquí tiene lugar una narraturgia, como algunxs llaman a ese modo dramático que recupera algo de la forma griega clásica donde la retórica operaba como una suerte de revelación, como una acción que despertaba en el público y en los personajes cierta expectativa, el lugar del tiempo pasa a ser determinante. Son dos capas que actúan como ejes opuestos. El pasado del contar se vuelve presente en la interpretación. Entonces la anécdota se esconde en un segundo plano y la atención está en esa autora/ narradora, que se hace visible.

La palabra necesita de un público que es ficcional, materia del relato, personajes secundarios, antagonistas que replican sus pedidos, pero que también interpela al espectador real al dividir la platea entre mujeres y marineros y al preguntarse por qué tiene lugar el sacrificio y el ultraje. Si la chica capturada del cuento logra ganarle al marinero, trepar hasta sus hombros, hundirle las uñas, hacer de su fuerza un impulso del mar, la autora hará de la palabra la única certeza. Dejará de ser protagonista para estar en un lugar insospechado donde ese daño, esa malicia de lxs otrxs no será vivida sino contada. Tomará la forma de una proclama o será simplemente el pasaje de un vaudeville, de un teatrito ambulante donde la chica hace su número, la pianista se va y lo que allí se confesó fue un rápido entretenimiento para que esa noche, quienes escuchaban, pasaran a ser los personajes de esa historia.

Funciones: lunes a las 21 horas, en El Extranjero.

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