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Sábado, 28 de noviembre de 2015

VISTO Y LEIDO

Grietas por todos lados

Un abismo que nos mira de frente, animales muertos y el refugio del humor se despliegan en el libro de poemas de Elena Anníbali, La casa de la niebla.

 Por Daniel Riera

La naturaleza, en este libro de Elena Anníbali es, ante todo, la niebla que bordea la casa, que sin embargo es bastante poco “natural”. La niebla de Elena Anníbali no es una niebla cualquiera: es la niebla que impide que entre la luz, la penumbra permanente, el agua que sólo trae más sed. No estamos ni en el Campo nuestro de Oliverio Girondo, ni ante la contemplación de las torcacitas de Diana Bellessi. La naturaleza no es un refugio posible, porque no existen los lugares donde refugiarse de la opresión. Este mundo se parece más al de las novelas de William Faulkner, esta niebla tiene un parentesco con el “viento que arrasa” de Selva Almada. No hay idealización, no hay exaltación romántica, más bien todo lo contrario: todo empieza con un ford falcon rojo que nos lleva adonde nunca nos debería haber llevado: a la maldita casa de la niebla. No hay respiro, porque lo dicho es espantoso y lo no dicho parece incluso peor. Veamos: “¿sabías que mi hermano iba a decir sí?/cuando viste el polvito que levantaba el falcon rojo en el camino/no pensaste dejarlo ir?”. Es un infierno a cuyas reglas es imposible acostumbrarse, pero no queda más remedio que resignarse. Es un infierno con cazadores que todo lo corrompen. “No sabías matar, hasta entonces,/y mataste/esa mañana/mataste/dos o tres sirirís, en pleno vuelo”. O si no: “para la liebre, la luz de la linterna del cazador/es un pequeñísimo y muy raro amanecer”.

La muerte puede ser brusca o puede ser parte del paisaje, mero efecto de la vida cotidiana, esa vida cotidiana tan parecida a la muerte que sólo lo diferencia un matiz leve, una capa mayor o menor de niebla. “yo tenía pocos años y ya era/rigurosamente anciana”. El campo, entonces, puede ser un escenario ominoso. Ahora bien, todo empieza, desde luego, adentro de la casa. La amenaza no es externa: la casa contamina todo lo que toca, trátese de la vida de lxs que en ella viven, trátese de todo lo que hay alrededor. Casi podemos atrevernos a contrariar las leyes de la naturaleza y descubrir con la autora que la niebla emana desde adentro de la casa. “Todo vino, empezó adentro:/nos tragaba un ojo”.

La casa de la niebla, el libro, se divide en tres poemarios: La casa de la niebla, La zona y Otros poemas. Algunos poemas podrían son intercambiables de un poemario a otro, tal vez porque la niebla del título se expande sobre todo el libro (es difícil ponerle un límite a la niebla), tal vez porque algunas ideas importantes sobrevuelan todo el texto: los lugares son lo que hacemos con ellos, el dolor es una suerte de animal salvaje, “natural” es también ­es, sobre todo­ la corrupción de la carne y no hay salida, no al menos una salida sencilla. “La casa está llena de grietas”. Grietas por todos lados, como los cadáveres de Perlongher (“hay grietas”, anuncia Anníbali, tal como Perlongher anunciaba “hay cadáveres”). Estamos ante un abismo que nos mira, como el de Nietzsche. “Si huyes/la zona te devora/si permaneces/la zona te asimila/te otorga la palabra hijo/te obliga a lamer su leche somnolienta”.

No es gratis, para la poeta, escribir un libro como este. No ha sido gratis vivir, no ha sido gratis escribir sobre lo vivido. No tengo datos de su biografía, no la conozco, no es necesario conocerla para saber que nada de esto le ha resultado gratuito: que este universo pródigo en agujeros negros, animales muertos, violencia de lo que se degrada todos los días un poco más y violencia de lo que muere de un balazo o envenenado, que esta lucidez extrema, digo, cuesta un poco cara. Queda, sin embargo, el humor: único remedio, único analgésico, o acaso único antídoto. No se trata de “defender la alegría” a lo Mario Benedetti, sino de buscarla incluso donde no aparece a simple vista. “... buscás/la perla que el cuervo llevó a su nido./buscás/tu alegría como una idiota”.

La casa de la niebla
Elena Anníbali

Ediciones del Dock

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