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Viernes, 22 de enero de 2016

RESCATES

Costurera cósmica

Antonia Maury 1866 -1952

 Por Marisa Avigliano

Hay estrellas en la infancia de las mujeres que revolucionaron el mundo que las rodeaba. Estirar el cuello y mirar hacia arriba derribaba el mandato de opresión y silencio. Un antídoto imbatible. Mientras las nenas de la casa descubrían estrellas nuevas, el latir de los sermones que exigían boca cerrada quedaba abajo, tan abajo que casi ni se oía. Hay estrellas en los insomnios de Frances Cobbe, en las marcas que la viruela le dejó a Caroline Herschel y también en el colegio de monjas en el que encerraron a Madeleine Pelletier. Aquella compañía estelar era la esperada ilustración pagana hacia el infinito y el inicio de una ruta que no siempre llevaba hacia las estrellas, variaba según el gusto de las astrónomas diletantes. La historia de Antonia fue diferente. Antonia no miró para arriba para librarse de prédicas funestas, miró para arriba como muchos en su familia. La nena de sangre portuguesa que había nacido en Cold Spring, Estados Unidos, era parte de un linaje pionero en el arte de la fotografía celeste, uno de sus abuelos había hecho el daguerrotipo de la luna. Médicos y científicos reconocidos colgaban su nombre en las ramas del árbol genealógico de Antonia. Para ella y para sus hermanxs los laboratorios familiares nunca habían sido ni siquiera las muecas de un laberinto.

Se graduó con honores en 1887 y colgó su nombre y su título de astrofísica (paleontóloga y médico los títulos de sus hermanxs) en la rama esperada que el árbol le extendía. Pero más allá de los tubos de ensayo como sonajeros y de los parentescos célebres Antonia era una mujer y la mujer no tenía silla en el mundo de la ciencia. Cuando Edward Pickering, director del observatorio de Harvard, decidió que su ama de llaves, la escocesa Williamina P. Fleming, reemplazara a su ineficiente asistente varón y lo ayudara a contar estrellas inauguró sin saberlo un taller de costureras cósmicas. A Williamina se le sumaron doce mujeres más y entre esas mujeres estaba Antonia. El equipo de las 13 (entre las que estaban Henrietta Leavitt y Annie Jump Cannon, después fueron muchísimas más) fue el responsable de la informática y la catalogación de más de diez mil estrellas brillantes. Las costureras de la luz observaban miles de fotografías espectrales para poder encontrar las pequeñas diferencias. Les pagaban 25 centavos la hora, menos de la mitad de lo que les pagaban a los hombres. Explotadas en la clandestinidad que quita hasta el nombre eran conocidas como “El harén de Pickering” o “Las calculadoras de Harvard”. Antonia diseñó un sistema para clasificar y describir la apariencia de las estrellas que anticipaba la conexión entre la temperatura y la luminosidad del diagrama de Hertzsprung-Russell (el que se usaba en el observatorio era demasiado simple) pero Pickering no quiso modificarlo. En realidad no lo soportó, como tampoco soportaba los conocimientos, la originalidad y la independencia científica de la mujer que sentó las bases de la astrofísica moderna.

Finalmente en 1896 Antonia abandonó el observatorio. Después dio clases, publicó su catálogo, continuó investigando a las estrellas binarias espectroscópicas y se dedicó (como lo había hecho su tía y su padre) a la ornitología. Luchó para salvar los bosques occidentales Sequoia (devastados para la construcción en tiempos de guerra) y formó parte del Museo Draper (era sobrina de Henry Draper) en Hastings-on-Hudson, Nueva York. Escribía poemas, luchaba por causas que nadie luchaba y era única zambulléndose en la morfología de los espectros estelares. Nunca cerraba las ventanas, la noche entera la descubría siempre despierta y con la piel lastimada por los mosquitos.

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