las12

Viernes, 5 de marzo de 2004

ENTREVISTA

lugar común: violencia

Pese a los programas de prevención y ayuda puestos en marcha en diversos países, la violencia de género sigue haciendo estragos en el mundo y es la quinta causa de muerte de mujeres jóvenes en Iberoamérica. En el reciente y premiado estreno Te doy mis ojos, la directora española Icíar Bollain trata esta problemática de manera profunda y abarcadora, descubriendo las razones de la víctima y también las del victimario.

 Por Moira Soto


Setenta mujeres, al menos, perdieron la vida en España durante el 2003, asesinadas por sus maridos, novios; también por sus ex parejas. Esto sucede en un país donde, según una encuesta realizada por el Instituto de la Mujer en el 2000, sobre la base de 20.552 entrevistas a españolas de más de 17 años, se estima que 640.000 mujeres son víctimas de la violencia doméstica. Las aterradoras cifras resultan todavía más altas si se tiene en cuenta a todas aquellas que sin reconocer explícitamente que sufren este tipo de violencia, contestaron afirmativamente a ciertas preguntas (sobre si son insultadas o amenazadas, obligadas a tener relaciones sexuales, desvalorizadas delante de los hijos, etc.): casi dos millones de españolas son “técnicamente maltratadas”, según se informó. En el trascurso del 2003, se registraron más de 50.000 denuncias de mujeres golpeadas (un 16 por ciento más que en el 2002), después de haberse separado y/o haber hecho la correspondiente denuncia. Este panorama llevó a la actriz y realizadora Icíar Bollain a realizar hace tres años un cortometraje para la televisión, Amores que matan. Empapada de esa problemática, decidió hacer un largo de ficción que estrenó en octubre del año pasado en su país con gran éxito de crítica y de público. La película, que acaba de estrenarse en Buenos Aires, se titula Te doy mis ojos, y en la reciente entrega de los Goya obtuvo los premios más importantes.
Sin embargo, entre los países europeos, no es España el que tiene la mayor tasa de homicidios derivados de la violencia de género: ese deplorable record de mujeres asesinadas por sus compañeros o ex compañeros se da en las regiones escandinavas, con 8,65 crímenes por millón de mujeres mayores de 14 en Finlandia, 6,58 en Noruega y 5,42 en Dinamarca. Mientras que en España, la cifra es de 2,44 por millón, pero se trata del país donde mueren en mayor porcentaje las separadas o en ese proceso. En el 2001, un 67 por ciento de las asesinadas estuvo en esa situación, en tanto que de las que perdieron la vida en los Estados Unidos, el 50 por ciento había abandonado a su pareja o estaba en vías de hacerlo. En nuestro país no existen estadísticas sobre mujeres golpeadas que mueren a manos de sus compañeros o ex, aunque se sobreentiende que muchos de los caratulados como crímenes pasionales tiene como víctimas a mujeres previamente maltratadas. Alrededor de 15.500 consultas referidas a violencia doméstica se produjeron durante el año pasado al teléfono del programa de ayuda a las mujeres golpeadas del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires (0800-666-8537) tornan evidente la creación de nuevos refugios porque el único existente en la ciudad no da abasto.
Lo que distingue a Te doy mis ojos de otras producciones abocadas al tratamiento de la violencia de género (La cama ardiente, 1985; Durmiendo con el enemigo, 1991; las españolas Solas, 1991, y Sólo mía, 2000, a las que habría que sumar Nunca más, con Jennifer López –recientemente vista por cable–, y En el dormitorio, estrenada localmente, ambas del 2000), es, además del exhaustivo conocimiento de la problemática que denota, el acercamiento a las facetas humanas, a las oscuras motivaciones e incluso al dolor del golpeador. Que está lejos, por lo tanto, del estereotipo del villano monolítico. Para ese difícil papel, Icíar Bollain eligió a Luis Tosar, cuya labor en Los lunes al sol lo convirtió en uno de los actores más solicitados de la actualidad en su país (muy elogiado en estos días por su rendimiento en La vida que te espera, de Manuel Gutiérrez Aragón). Laia Marull, catalana que en el 2001 se ganó el Goya como revelación por Fugitivas, es Pilar, papel por el que mereció la Concha de Plata a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián.
Icíar Bollain (1967) fue la adolescente de El Sur (1983) de Víctor Erice y la vimos años más tarde en Tierra y libertad (1994) de Ken Loach. Excelente actriz, profesión que no ha abandonado del todo, Bollain se interesó desde muy joven por estar del otro lado de la cámara, como guionista, productora, directora. Realizó su primer corto, Baja, corazón en 1993, al que siguió Los amigos del muerto, 1994, premiado en varios festivales. Después de participar en la escritura de guiones y hacer la asistencia de dirección de Sexo oral, 1994, de su amiga Chus Gutiérrez, Icíar Bollain condujo su primer largo, Hola ¿estás sola? (1996) refrescante road movie que ganó varios galardones, y en 1998 estrenó Flores de otro mundo, una mirada integradora y humorística sobre la inmigración.
Bollain rodó Te doy mis ojos justo antes de quedar embarazada de Ian, su segundo hijo que acaba de cumplir los dos meses y que hace oír su protesta desde la cuna mientras su madre se presta a la entrevista de Las/12 (“me está diciendo a ver si acabo ya”). De manera que el trabajo de montaje lo llevó a cabo en la etapa de gestación: “Ya había tomado cierta distancia y trabajé con serenidad. Dos procesos creativos muy felices. Ha sido estupendo, muy fructífero. Así que ahora me he tomado la baja por maternidad y estoy criando, el bebé no me da tiempo para otra cosa. Además, estoy durmiendo poco, lo que perjudica las ideas que podría tener sobre futuros proyectos”.
En cuanto al reparto, dice Icíar que a Luis Tosar lo tenía muy claro para el rol de Antonio desde que protagonizó su corto Amores que matan: “Más complicado resultó encontrar a la intérprete porque Pilar es un personaje muy complejo, que al principio debe parecer muy desarticulado, perdido, e irse recomponiendo a lo largo de la película. Debe ser frágil y a la vez fuerte, vacilante pero con una gran voluntad por debajo. Cuando la vimos a Laia Marull quedamos sobrecogidos frente a la primera prueba. Candela Peña, la hermana, fue una elección espontánea porque ya había trabajado con ella en mi primer film. El resto del casting lo fui completando con mucho cuidado porque realmente considero que el elenco es el sesenta por ciento de la película”.

Subordinarse o desaparecer
En los últimos años, se han visto varias películas, algunas de origen español, que trataban la violencia doméstica, mostrando casi siempre al hombre golpeador como un villano de una pieza, sin redención posible. En cambio, en Te doy mis ojos el personaje del marido violento aparece humanizado, se muestra su propio sufrimiento.
–Precisamente, parte del reto de la película era intentar que él tuviera esas facetas contradictorias, profundizar en su psicología. Tú sabes que en los últimos años se está hablando mucho del tema, porque ha salido a la luz y se ha agravado. Pero hace tres años, cuando yo me planteé Te doy mis ojos, todavía era bastante desconocida la figura del hombre agresivo, del que golpea durante años si la mujer permanece a su lado, y que en tantos casos puede llegar a matarla o a dejarla con alguna huella física de sus castigos. Ya estaba muy estudiado el perfil de las mujeres maltratadas, había estadísticas sobre sus conductas, los efectos de la violencia en ellas y en sus hijos, pero el perfil de ellos no era tenido en cuenta. Entonces, si realmente queríamos ponerle cara a este gran problema, pensé que había que acercarse a uno de estos golpeadores, construir un personaje de tres dimensiones, que no fuera simplemente un malo sin matices. Había que tratar de entender qué lo llevaba a ese comportamiento, qué había detrás de su violencia, lo que de ninguna manera significa justificarlos.
Si se compara tu último film con los anteriores, Hola ¿estás sola? y Flores de otro mundo, se advierte un cambio de registro. Los dos primeros tenían mucha espontaneidad, mucho humor, personajes poco convencionales en situaciones insólitas. En Te doy mis ojos resultan evidentes los objetivos y la premeditación con que trabajaste, sin duda exigidas por la gravedad y desgraciada vigencia del tema.
–Por cierto, ésta es una historia más densa, más intensa, más polémica. Pero te diría que no sé muy bien hablar del estilo de las películas que hago, no es algo que me plantee a priori sino que va surgiendo. Te doy mis ojos sería bastante opuesta a la anterior, Flores..., que era muy coral, con sus historias de tres parejas, sucedía en un pueblo, participaba gente del lugar, había niños, había animales... La verdad es que me volví un poco loca con tantas cosas, y tenía ganas de hacer una historia más concentrada. Más íntima, más entre cuatro paredes, digamos.
De todos modos, en Flores... ya aparecía la figura del hombre abusador, en el personaje de Pepe Sancho y el trato que le da a Marilyn Torres.
–Sí, estaba apuntado. Se trataba de un personaje masculino posesivo, que sólo entiende la relación con la mujer como dominación. Nada, que se ha traído a una cubana, y la cubana es suya: una joven que quiere vivir en libertad y se encuentra con que la encierran y además la maltratan.
El cortometraje Amores que matan, ese semidocumental que hiciste para la televisión hace tres años, ¿te llevó a explorar la temática de la violencia doméstica y te incitó luego a realizar el largometraje?
–Claro, el corto es un poco semilla de Te doy mis ojos. Allí fue cuando nos planteamos la importancia de acercarnos al hombre que maltrata de varias maneras a la mujer, que puede hacer a través de muchos años si la mujer no toma conciencia y no reúne valor suficiente para salir de esa situación. En Amores... en realidad el protagonista era el hombre, y nos inventamos, para darle una salida al problema, un centro de reeducación, algo que no existe en España, apenas hay terapias. Por eso el corto era un poco un falso documental y fue al acabarlo que nos dimos cuenta de que había tema de sobra para un largo tratando de ahondar sobre el retrato de ambos integrantes de la pareja, entender las razones de ambos, los porqués de que permanezcan juntos.
A través de la información periodística, sabemos que este drama, con muchas víctimas fatales, se ha agudizado durante los últimos años en España. Esto a pesar del cambio de mentalidad que ha ocurrido, de la progresiva emancipación de las mujeres y de la atención que se ha prestado desde el gobierno a su problemática específica. En tu opinión, ¿esta agresividad masculina tiene que ver con la no tolerancia de la pérdida del control sobre las mujeres, con un machismo que está lejos de declararse en retirada?
–En realidad, yo creo que es una cuestión terrible que ha existido siempre en España, lo que ocurre es que en los últimos tiempos está saliendo a la superficie: hay denuncias, estadísticas, manifestaciones solidarias de las mujeres, refugios y otras formas de apoyo. Y desde luego, esos asesinatos espantosos de mujeres previamente maltratadas que han conmovido a la opinión pública. Lo más aterrador de este panorama es que la edad de las parejas donde hay un golpeador –que a veces se convierte en asesino– no corresponde, como se podría suponer, a personas maduras, mayores. No, se trata de gente joven que repite patrones ancestrales, y que pertenecen a todas las clases sociales. Gente entre 30 y 40 años, y menos también. Los patrones culturales machistas se reproducen aunque estos jóvenes hayan nacido en democracia. Es muy impresionante...
Es decir que no se trata de generaciones tan marcadas por el fascismo, por la actitud de la Iglesia Católica española, siempre tan patriarcal promoviendo el encierro y la subordinación de la mujer.
–Sí, claro, lo de la Iglesia ha sido siempre marcar a la mujer para reducirla a esposa y madre, muy sumisa con su marido. Y toda esa influencia tan autoritaria con respecto a la mujer ha conformado una cultura y unos valores que han echado raíces muy fuertes y profundas. Por eso resultan tan difíciles de erradicar. Entonces, esa mentalidad sigue en pie. No en un nivel obvio, naturalmente, porque nadie va a salir a defender públicamente una ideología de maltrato y sometimiento, pero yo creo que por dentro hay mucho machismo, incluso entre las mujeres que han sido criadas bajo el peso de esta tradición. Y todavía escuchas a algunas que creen que él les pega porque le han dado motivo, como si pudiera existir motivo para castigar a alguien con quien compartes la vida, que es la madre de tus hijos...

Las razones de ellas y ellos
¿Cómo se organizó el trabajo con Alicia Luna, tu coguionista, quien ya había participado en la escritura de Amores que matan?
–Alicia tenía más tiempo que yo para documentarse, así que fue ella la que hizo más entrevistas con especialistas y otras personas que nos fueron asesorando. Luego trabajamos juntas las líneas maestras de la historia, y ya lo que fue propiamente la escritura del guión, la hice yo, pero siempre en un continuo intercambio, hablando y discutiendo todo.
A través de toda esa investigación previa, ¿descubriste aspectos del tema que ignorabas, que te sorprendieron?
–Bueno, comprendí un poco mejor los alcances de esta cultura machista que antes comentábamos, lo internalizada que está en hombres y en mujeres. Conocí los diversos grados de maltrato, el dolor y la confusión que viven tantas mujeres. Por eso nos interesaba tanto llegar a las motivaciones que pueden conducir a semejante humillación, a la anulación del otro. Y quisimos mostrar también que él se lo pasa mal, con ese miedo de perderla, con sus sentimientos de inferioridad, esa tendencia a controlarla. La sorpresa para mí fue reconocer que tanto las actitudes del golpeador como las de la golpeada no están tan lejos de nosotros, todos podemos caer un poco en ese tipo de situaciones alguna vez. El maltrato no es sólo el golpe fuerte en la cabeza, puede ser algo mucho más sutil y cotidiano.
Al darle forma cinematográfica a esta problemática a través de la historia de la pareja que componen Luis Tosar y Laia Marull, ¿te preocupó el riesgo de que el mensaje didáctico tuviera primacía?
–Sí, porque tratándose de una cuestión como ésta sabes que se corre ese riesgo, de modo que traté de no perder nunca de vista la calidad cinematográfica. Me importaba que la película conmoviera, que llamara la atención de la gente a través de estos personajes que no son excepcionales y que sí están reflejando una situación que a mí personalmente me gustaría contribuir a cambiar. Cuento las cosas como son, como las conozco, con la forma cinematográfica que me parece apropiada, y si a algunos les parece didáctico, pues no me molesta. A mí como espectadora me gustan las películas que tratan temas en los que me puedo reconocer, que desarrollan problemas de la sociedad con un enfoque humanista. Por ejemplo, me pareció interesante mostrar lo que realmente dicen los hombres violentos en las terapias de grupo.
Seguramente, en tus averiguaciones habrás corroborado que el drama de la violencia doméstica es universal. Es increíble, por caso, que en Finlandia se dé en una escala muy alta, con gran número de mujeres muertas a manos de sus compañeros.
–Sí, sí, y con cifras todavía por encima de las de España, en países que han alcanzado la igualdad legal, tienen a mujeres en el gobierno... Desgraciadamente, es algo universal y no se toman suficientes medidas para cambiar desde la educación esta mentalidad, para proteger a las mujeres y a los niños. Acá, imagínate, los obispos han lanzado una pastoral tremenda que le echaba la culpa a la emancipación de las mujeres, decía que la violencia era el fruto amargo de la revolución sexual. Ese documento casi ni merecería ser comentado por lo disparatado de sus conceptos. Francamente triste e injusto. También se ha dicho, esto por parte del gobierno, que había más maltrato en las parejas de hecho, otra falsedad absoluta: las estadísticas demuestran que es mayor la violencia en las parejas convencionales, casadas por la Iglesia católica y apostólica.

Amigas, hermanas, madres, hijas
Paralelamente al tema central, en Te doy mis ojos les das un espacio y un relieve a las relaciones entre mujeres: el grupo de amigas que encuentra la protagonista en su trabajo, el vínculo que mantiene con su hermana, más sincero y cercano que con su madre.
–Sí, se trata de relaciones específicas que las mujeres tienen entre ellas, y que se diferencian de la forma en que se relacionan los hombres entre ellos. Mucha de la información de base la sacamos de la Asociación de Mujeres de Toledo, que nos dejaron entrar en las terapias femeninas. Comprobamos que la forma más común de salir es a través de la guía, del apoyo de alguien que esté cerca, y tiene sentido que comúnmente sean las mujeres las que cubren este rol, comprendiendo y apoyando. En la película, las amigas sustituyen la terapia de ella, pero no de una forma obvia: por eso, la escena del bar, cuando una de las chicas sale a encontrarse con el novio y las otras parodian el diálogo que no se puede escuchar desde adentro. Ahí, Pilar se puede reconocer en esto de perdonar y perdonar y perdonar, lo que la ayuda a abrirle los ojos. Yo creo que de una relación así de compleja, cuando todavía quieres a una persona a pesar del daño que te ha hecho, sólo se puede salir cuando alguien a tu alrededor te ayuda a ver claro, con mucha comprensión, sin juzgarte, tratando de buscar soluciones prácticas. Porque de nada te sirve que te culpabilicen o te hagan sentir tonta o te digan que es muy fácil cortar y a otra cosa. Porque no lo es. Pero si piensas que desde no hace tanto tiempo, desde el siglo pasado, las mujeres han empezado a adquirir un status de personas, es explicable que haya todavía mucho por avanzar. Porque ¿durante cuántos siglos no han tenido ni alma, es decir, se ha discutido si la tenían en algún concilio católico? La autonomía de las mujeres es muy reciente –y no en todo el mundo, claro–, hasta no hace tanto, respondían por ella el padre, el marido... ¿Durante cuántos siglos dijo la Iglesia Católica que la mujer tenía la culpa de todo, desde Eva? También la mirada de la cultura, del arte, quise reflejarla en Te doy mis ojos a través de los cuadros: te encuentras con obras muy bellas presentando a un montón de mujeres raptadas, violadas, desnudas. Toda la mitología griega y romana está llena de esas imágenes que todos hemos absorbido a través de los siglos y que están incorporadas al inconsciente. O sea, la mujer al servicio del hombre, para el placer, para darle atención.
En tu film, esta ideología que justifica al golpeador está representada por la madre de Pilar, personaje que encarna Rosa María Sardá.
–Sí, y lamentablemente es la posición de muchas madres de maltratadas, es bastante común: lo hacen para salvar las apariencias. Lo pude comprobar cuando frente a casos muy dramáticos, yo preguntaba ¿pero estas mujeres no tienen madre? Y entonces me enteré de que las hay, pero o se ponen del lado del marido o al menos piensan que la golpeada debe seguir a su lado, que él está en su derecho. A ellas las educaron así y no han conocido otra cosa.
Te doy mis ojos, un proyecto que en principio no entusiasmaba a los productores, aparte de arrasar con los premio Goya, está teniendo un gran suceso de público.
–Sí, le está yendo muy bien en la taquilla, y ese es quizás el mayor triunfo. Porque sí, era una película que a priori no parecía prometer mucho en el plano comercial. Por cierto, a los productores les parecía un tema muy duro, muy deprimente. Me decían: pero por qué te metes a contar una historia tan poco apetecible para el gran público que todo lo que quiere es pasar un buen rato en el cine. Y resultó todo lo contrario de esas previsiones: la película está funcionando muy bien, llevamos casi un millón de espectadores en España, y recibo cantidad de cartas y e-mails de gente que agradece que se habla del tema, que me dicen que es una película necesaria. O sea, que esta teoría de que la gente sólo quiere recrearse en el cine, pues no es cierta, no. La gente también quiere que le hablen de cosas serias, profundas, que le conciernen, que le hacen reflexionar. Los comentarios del público me lo demuestran. Porque este tipo de violencia afecta a todas las clases sociales. Hubo hace pocos años una película de Benito Zambrano, Solas, que trataba con mucha verdad el tema de la violencia contra la mujer, y tuvo una acogida impresionante. O sea que, vamos, el público responde a las buenas producciones que tratan temas de interés humano, aunque los productores sigan opinando lo contrario.
Al encarar una historia directamente ligada al maltrato físico, ¿se te planteó el dilema de cómo y hasta dónde representar la violencia en pantalla?
–Más que a cualquier otro efecto, tenía miedo al rechazo porque el tratamiento de la violencia en una película realista es diferente de una de éstas donde muere gente por docenas y nadie sufre ni vive una agonía porque todo es como un juego, criticable si quieres. Pero cuando la violencia duele verdaderamente es difícil de soportar. El reto que nos propusimos fue no mostrar los golpes sino sugerirlos. Y esto ha funcionado mucho mejor de lo que yo esperaba, porque lo que logramos es que la amenaza esté siempre en el aire, te identificas con la víctima y estás como ella, pendiente de cuando va a reaparecer la agresión. Desde el comienzo, está clarísimo que la hubo en el pasado, sabes que este hombre tiene arrebatos de violencia tremendos y que no van a corregirse mágicamente. Esta perspectiva te mantiene en vilo toda la película, exactamente como a ella, que está alerta porque sabe que en cualquier momento se puede desencadenar el ataque. Era una apuesta que salió bien. Pero no estaba tan segura mientras la hacía, y rodé una escena de golpes más explícita, por si acaso, no fuera a suceder que nos quedáramos cortos. Pero no hubo necesidad de montarla. En cambio, preferí poner esa escena más de violencia psicológica, en que él trata de humillarla, reducirla. Porque los golpeadores no sólo te hacen daño físico, también tratan de destruir tu autoestima, tu seguridad en ti misma. Por eso tantas mujeres tardan en reaccionar, en denunciar, porque creen que no valen nada: la autoestima es lo más difícil de reconstruir.

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La catalana Laia Marull, como Pilar
 
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