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Viernes, 12 de marzo de 2004

HOMBRES

ser padres hoy

Desde el año pasado, los varones están amparados por leyes que consagran su derecho a ejercer la paternidad desde el primer momento. Sin embargo, la experiencia internacional indica que muchas veces son ellos quienes se excluyen de ese derecho. ¿Cuál es la situación en nuestro país?

 Por Sandra Chaher

Algunas leyes sancionadas durante el año 2003 amparan a los hombres para que puedan ejercer su rol de padres con menos obstáculos. La licencia por paternidad; la protección a los adolescentes que estén estudiando para que no se adopten contra ellos sanciones institucionales y se les permita cumplir con su rol de padres; y la ley de la Ciudad de Buenos Aires que da derecho a las mujeres a parir acompañadas, son nuevos escenarios para que los hombres desplieguen, si lo desean, sus deseos y aptitudes paternales.
¿Responden estas normas a situaciones concretas? ¿Quieren los hombres hacerse cargo de su nuevo rol? ¿Alcanza una ley para modificar ancestrales hábitos culturales? ¿La sociedad está dispuesta a aceptar los cambios? Algunas de estas preguntas tienen respuestas aproximadas y otras inciertas.
Hay sectores de la sociedad en los que desde hace años se producen transformaciones en relación con la asignación tradicional de los roles materno y paterno. Hay otros en los que las reflexiones sobre el tema son recientes. Y hay algunos en los que un cambio no entra en la agenda de las parejas en cuestión. Las modificaciones siempre tienen un origen social y cultural que no está despegado del devenir económico de las sociedades y sus habitantes. Sin embargo, en la Argentina, la crisis económica fue el detonante de procesos que estaban apenas comenzando para algunos y que ni se le cruzaban por la cabeza a otros.
“A comienzos de los ‘90 hice una nota que se llamaba ‘Los nuevos padres’, y ahí ya aparecía una cosa entre los varones, sobre todo de clase media y alta, de tomarse la paternidad de otra manera, alejándose de los estereotipos sociales que traían de generaciones anteriores –dice Guillermo Sánchez, un periodista de 34 años, padre de dos hijas, una de 6 años y otra de meses–. Pero me parece que la hiperdesocupación le dio un golpe mortal al rol tradicional del hombre en la familia, un golpe que excede la paternidad, pero también la incluye. El hombre hoy no puede cumplir con el mandato tradicional de parar la olla y eso le genera muchos problemas; entre otras cosas, lesiona su autoestima. Entonces, esa posibilidad de ocupar otro rol en la familia, que en los tempranos ‘90 era una opción, ahora es una obligación. Y como la mujer está mostrando mayor capacidad para hacer frente al problema, sale a buscar laburo o a luchar –un dato a tener en cuenta es que el movimiento piquetero es mayoritariamente femenino: se estima que el 85 por ciento de los militantes de Barrios de Pie son mujeres, y en la marcha por la legalización del aborto hubo 5 mil piqueteras y 50 feministas–, y el hombre se queda en la casa, cuidando a los hijos, cocinando y muchas veces tomando.” En cuanto a él, se parece a uno de esos padres que retrató hace diez años: “Excepto los nueve meses de gestación y el amamantamiento, el hombre puede ocuparse de cualquier otra tarea, tanto como la madre. Después, la dinámica de cada pareja establece más o menos las rutinas”.
Este avance en el compartir de las responsabilidades parece que no es privilegio de la generación de los 30 y pico de clase media. Según comenta el médico psicoanalista Juan Carlos Volnovich, también asumen este rol” los hombres de alrededor de 60 años, casados con mujeres jóvenes, que por un lado tienen que compensar a sus mujeres haciendo buena letra y, por otro, como ya pasaron la etapa de producir, están más libres de tiempo. En cuanto a los más jóvenes, lo que pasa es que la crisis hizo que la empleada doméstica ya no sea tan habitual. En mi época, lo habitual era que una tercera persona se ocupara bastante de los hijos, aunque los padres estuviéramos presentes. Eso es difícil de sostener hoy para la clase media y entonces la pareja tiene que compartir las tareas y se hacen contratos más equitativos”. Volnovich, sin embargo, propone una mirada alerta, casi escéptica, sobre la avanzada de la paternidad: “Desde comienzos de la humanidad, las mujeres fueron condenadas al hogar y los hombres al espacio público. Con el desempleo y la precarización laboral, los hombres estamos atacados en nuestra autoestima y eso nos hace retroceder a la retaguardia: al hogar, donde siempre reinó la mujer. Y la vocación de dominio que tenemos nos hace disputarles a ellas el único espacio que siempre les fue propio: los hijos. Yo creo que los hombres tenemos que involucrarnos en los derechos y responsabilidades de la casa y los hijos, pero también hay que estar alerta para que este ‘compartir’ no sea una apropiación del último espacio de poder que tenía la mujer”.
A mediados del 2003, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires sancionó la Ley 1040, que le reconoce a la mujer el derecho a estar acompañada por quien ella desee durante el parto. La norma rige para el sector público, pero aún no fue reglamentada y, con ese argumento, algunas instituciones se resisten a que los maridos estén presentes durante los nacimientos. Ricardo Illia, subdirector médico de la Maternidad Sardá, muestra las resistencias de buena parte del sector de salud, y por lo tanto de la sociedad, a hacerles un lugar a los hombres en un ámbito más que propio: la llegada al mundo de sus hijos. “Nosotros aceptamos la presencia de los maridos siempre que hayan hecho algún tipo de preparación. Un muchacho de 16 años es una persona emancipada, sin embargo no está en iguales condiciones de presenciar un parto que uno de 35.” La historia de siempre: a los 16 años se es adulto para ir a la cárcel o para recibir un tiro fácil por la espalda, pero no para asistir al nacimiento de un niño.
Otra de las leyes recientemente sancionadas es la 25.808, que impide que las autoridades de establecimientos educativos adopten acciones institucionales que limiten la posibilidad de estudiar a los varones en su carácter de progenitores. Cecilia Lugo de González Cabañas, una de las diputadas que participó del debate sobre esta ley en la Comisión de Educación de Diputados, opina que estas normas no hacen más que reflejar un proceso social en el que “el varón está asumiendo la paternidad cada vez de forma más consciente”.
Pero lo más trascendente, sin lugar a dudas, es la media sanción que recibió a fines del 2003 en la Cámara de Diputados un proyecto que, entre otras cosas, contempla la licencia por paternidad. De los escasísimos dos días con que cuentan los hombres en la actualidad, podrán pasar a 45 (tanto si son padres biológicos como adoptivos) en un lapso de 6 años. Eso sí: la norma rige sólo para los que trabajan en blanco (apenas más del 50 por ciento de los asalariados).
La licencia para los varones es lo más importante de un proyecto que tiene otros aspectos interesantes en relación con la paternidad. “Se modifica la ley de contrato de trabajo donde decía que en los establecimientos con mayoría de empleadas mujeres debía haber guarderías. Ahora dice que con un mínimo de 100 empleados, hombres o mujeres, ya debe haber guarderías. De esta forma intentamos modificar la costumbre de los patrones de contratar mayoritariamente hombres para no tener que instalar guarderías –señala la diputada Margarita Stolbitzer, una de las autoras del proyecto–. Otro artículo señala que si la madre fallece en el parto,el padre podrá utilizar la licencia de ella. Y también se habilitan licencias para que los padres se ocupen en general del cuidado del hijo (salud, escolaridad, etcétera). El espíritu de la ley es cumplir con los convenios internacionales de la Organización Internacional del Trabajo en materia de responsabilidades familiares: que el padre y la madre se hagan cargo de los hijos por igual. Nuestro objetivo es incluir la figura paterna en la crianza, y a la vez eliminar las barreras discriminatorias para que la mujer pueda acceder en forma equitativa al mundo público.”
Estas leyes alcanzan a casi todos los sectores socio-económicos. Sin embargo, no todos los hombres transitan la paternidad de la misma manera. En verdad, pareciera más bien que las modalidades del ejercicio de la paternidad, si bien están condicionadas por avatares económicos y sociales, los atraviesan más en función de un proceso de concientización política que por la clase social a la que pertenecen. Si en la clase media y alta los cambios empezaron a producirse hace más de una década influidos por los reclamos de los movimientos de mujeres y las nuevas tendencias de la masculinidad, en las clases bajas –y en las medias empobrecidas– es un fenómeno más reciente que si bien llegó como imposición, y no como opción, como señalaba Sánchez, está siendo aprovechado para crecer.
Andrés Fernández es miembro del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Solano. Tiene 47 años, cuatro hijos de su actual matrimonio y dos de uno anterior, trabaja de noche y acaba de recibirse de psicólogo social. En el momento de la entrevista está solo en su casa con los cuatro gurrumines porque su esposa fue a cuidar a la cuñada al sanatorio. “Esto es un ejemplo del trabajo que hacemos nosotros todo el tiempo para la construcción de nuevas relaciones sociales. Yo tenía que ir hoy a una reunión del movimiento en una huerta orgánica y, tradicionalmente, para un militante lo más importante son sus actividades, y si hace falta se postergan las de la mujer en función de las suyas. Pero con mi compañera decidimos que era más importante que ella fuera al hospital, así que yo ahora me voy a poner a cocinar, después lavaré algo de ropa, y así.” En los talleres del MTD, los derechos de las mujeres están presentes en las charlas, dice Andrés, pero esto no facilita las cosas. “Un compañero puede manifestar su deseo de compartir la responsabilidad, pero si después siempre está él en las reuniones, no puede hacerlo. Algunos compañeros es la primera vez que escuchan hablar de estos temas.” Aun compartiendo todos los roles con su mujer, Andrés se detiene en un espacio sutil imposible de franquear: “Hay una comunicación finita entre la madre y los hijos que sólo pueden tenerla ellos. Yo tengo muy buen diálogo con mis hijos, muy amplio, en lenguaje y en temas, pero parece que ellos siempre se reservan algo para la mamá. Yo enviudé muy joven, y cuando me junté con mi actual mujer, yo tenía una nena de 10 años que solita buscó ese espacio íntimo con mi pareja, y yo lo perdí”.
En una visita reciente que hizo a Buenos Aires, la intelectual y política argentina Judith Astelarra, radicada hace décadas en España, se refirió a las “políticas de conciliación” como un mecanismo posible para resolver los problemas sociales de inequidad. Si bien en España –y en el resto de Europa– existe la licencia por paternidad, es opcional (la pueden tomar tanto el hombre o la mujer) y los hombres no hacen uso de este derecho, con lo cual queda relegado el crecimiento profesional de las mujeres. El Parlamento de Catalunya está debatiendo justamente acerca de “obligar” a los varones a que hagan uso al menos un mes de este beneficio.
El ejemplo quizás sirva para prever qué podría pasar en la Argentina. La situación europea se da en el marco de una alta competitividad profesional y no sirve demasiado como parámetro para las alicaídas expectativas profesionales del mercado argentino. Pero sí debería tenérselo en cuentaen el contexto de la voracidad de las empresas, dispuestas a lograr beneficios a cualquier costo. En este sentido, probablemente no sea fácil para los varones reclamar un derecho que les corresponde si tácitamente se los presiona con algún tipo de “congelamiento” (frenar un ascenso, ralearlo, incluirlo en una lista de candidatos al despido).
Las leyes son bienvenidas. Pero si la tarea legislativa no es acompañada por políticas públicas acordes, es difícil que se modifiquen siglos de hábitos repetidos, y que pueda hacerse frente a la presión de un mercado laboral rapaz.

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