Vie 07.05.2004
las12

IGLESIA

Sagrada Impunidad

Los casos de pedofilia dentro de la Iglesia Católica se han convertido en un lugar lamentablemente común. Sin embargo, hasta que este escándalo no estalló en Estados Unidos, la política –en apariencia oficial– de guardar la tierra debajo de la alfombra parecía cumplirse a la perfección, como se intentó en la diócesis de Quilmes, que hasta produjo un documento para intentar salvar a uno de sus curas.

› Por Mariana Carbajal

Hace un año y nueve meses su cabeza comenzó a estallar en pedacitos. De a poco todas las estructuras que la sostuvieron durante sus 44 años se le fueron cayendo estrepitosamente. Fue a partir de que su hijo de 15 sufrió un abuso sexual por parte de un sacerdote. En su cabeza de cristiana comprometida y practicante, catequista, dirigente de grupos juveniles, integrante de varios movimientos católicos, hermana de un diácono, hija de una legionaria de María que atiende una santería y visita enfermos en hospitales, no cabía la posibilidad de que un cura pudiera cometer un delito tan aberrante. Fue el principio de su revolución interior. Porque lo peor, en realidad, vendría después, cuando con el correr de los meses Amalia B. fue descubriendo y constatando “la conducta encubridora y la permisividad institucional” de la Iglesia para con los sacerdotes pedófilos. Los golpes que recibió –más allá del abuso a su hijo Marcos– fueron muchos. Uno de los más fuertes provino del propio obispo de Quilmes, monseñor Luis Stockler, a cuya diócesis pertenece ella y el cura abusador. “Me dijo que tenía que ser más misericordiosa con las personas que eligen el celibato por vocación porque tienen momentos de debilidad. Yo no podía creer que el obispo, a quien la fundadora del movimiento del que yo participo me hace respetar como jerarquía, me dijera semejante barbaridad. Yo me sentí abusada en ese momento, burlada, subestimada. Mi hijo no sufrió una debilidad, sufrió un delito. Y yo le dije al obispo, esto me lo callo únicamente muerta. No voy a ser cómplice.” A Amalia los ojos se le ponen rojos de la emoción. La movilización que le provoca el tema es enorme. Y la decepción que dice sentir por la jerarquía eclesiástica es aún mayor porque no encontró, a pesar de que golpeó puertas y puertas (hasta llegar al mismo Tribunal Canónico de Buenos Aires y al propio arzobispado que encabeza monseñor Jorge Bergoglio) ninguna jerarquía católica que abordara la pedofilia como un delito penal.
Pero Amalia no se amilana. Quiere luchar para que esto cambie. “Por momentos siento que le hago frente a una manada de elefantes y yo, una hormiga”, dice, con su voz suave, pausada. “Quiero sarandear esta estructura anquilosada para que pueda concientizarse de que esto no es la voluntad de Dios, no es amor hacia el prójimo. Quisiera tener el poder para cambiar las cosas, porque están vulnerando los derechos y la dignidad de mi hijo y de tantos otros chicos que pueden estar expuestos a situaciones semejantes”, dice en esta entrevista con Las 12.

El abuso contra Marcos (su nombre es ficticio para preservar su identidad, del mismo modo que no figura el apellido de Amalia) ocurrió enla madrugada del 15 de agosto de 2002. El imputado es el padre Rubén Pardo, un sacerdote de unos 50 años, que tenía una estrecha relación con la familia de Amalia. A tal punto que la mujer le propuso a su hijo que hablara con él sobre sexualidad, ya que el chico no tiene papá. Y para facilitar el diálogo, Amalia lo invitó a cenar a su casa. Mientras ella preparaba la comida, Marcos y el cura conversaron en la habitación del adolescente. Después de la cena, el padre Pardo le propuso continuar la charla en su casa, propiedad del obispado, cuyos fondos lindan con los de la vivienda de Marcos, en Berazategui. Amalia lo autorizó y Marcos se fue con el sacerdote. De acuerdo con su declaración ante la UFI Nº 8 de Quilmes, una vez en la casa, cuando Marcos ya estaba acostado en una cama, el cura lo invitó a la suya. El adolescente –en su ingenuidad– pensó que se trataba de una invitación fraterna. Hasta creyó que el primer beso que le dio en la mejilla tenía ese mismo espíritu. Se equivocó. “En un momento me abrazó con los brazos y las piernas –declaró luego en la fiscalía–. Empezó a preguntarme si sabía besar a una chica, le dije que sí y enseguida empezó a besarme y a pasarme la lengua dentro de mi boca. Yo estaba muy incómodo. Después comenzó a tocarme las piernas, subiendo hasta tocarme los genitales e incluso la cola. Estaba confundido y shockeado por lo que estaba pasando. Luego sacó su pito y ya para eso estaba temblando. Rubén empezó a masturbarse, me dijo que sacara el mío, y como no le hice caso lo hizo él y me dijo que me masturbara. Yo estaba bloqueado y no escuchaba lo que me decía. En un momento hice como que me masturbaba, pero no lo hice. Rubén me decía que lo empezara a masturbar y se mojaba el pene con saliva. Después quiso que le chupara el pene y me negué y empecé a tomar fuerzas y me resistí. Internamente sentía como un gran malestar. Rubén terminó de masturbarse hasta eyacular y se levantó de la cama y fue al baño ...”. Marcos quedó temblando. “Sabía que me estaba violando, pero no podía pensar en qué podía hacer para evitarlo, porque tenía mucho miedo y estaba shockeado”, relató ante el fiscal Marcelo Pérez Marcote. Cuando el cura regresó a su cama, y vio que él estaba en la otra, lo volvió a invitar, esta vez a hacerle un masaje, pero Marcos se negó. Marcos esperó que Pardo se durmiera y buscó escaparse. Apenas llegó a su casa, le contó todo a su madre. Como suelen hacer los abusadores de menores, el cura le había pedido que guardara silencio.

El caso tiene varios aspectos que lo hacen particular. Es tan aberrante como otros conocidos dentro de la Iglesia Católica. Pero, tal vez, el dato más importante es que existe en este caso un documento que prueba la trama de protección que la Iglesia Católica da a curas denunciados por pedofilia. Al tomar conocimiento del hecho, de parte de Amalia, y luego de que se lo admitió el propio padre Pardo, el obispo de Quilmes se amparó en su derecho de no denunciarlo en los tribunales y sólo le aplicó una “amonestación” por violar el celibato. Luego le inició un proceso dentro del ámbito canónico y lo exhortó a “mudarse de la jurisdicción parroquial” y a abstenerse de celebrar misa por un mes y de realizar declaraciones “públicas o privadas” sobre el tema, tal como reveló un informe del programa televisivo La Cornisa (América). Es más, en esa amonestación nunca calificó al abuso sexual como un delito: simplemente lo consideró una “infracción” al sexto mandamiento del Decálogo: “no fornicar ni cometer actos impuros”.
–Qué sintió cuando su hijo le contó lo que le había sucedido con el cura?
–Me quería morir, me quería morir... En un principio, me sentía absolutamente culpable de haber sido yo quien lo puso en las garras de esa bestia. Muy culpable. Absolutamente shockeada y descolocada. No sabía qué hacer ni adónde ir. Y contra el cura sentía mucha bronca, mucha indignación, mucho dolor, todo junto. Y esa indignación se fue agravandoen la medida en que me fui enterando de que la Iglesia, la diócesis, el obispado, sabían perfectamente las condiciones de este hombre. Las sabían porque había sido separado del seminario por el director, que en ese entonces era el padre Marcelo Daniel Colombo, que hoy está a cargo de la catedral de Quilmes, que por sus conductas inapropiadas había pedido que terminara el seminario en otra casa. Me lo dijo a mí el mismo Colombo. Por otro lado me enteré de que venía de una orden religiosa, Los Camilos, de la cual había sido separado porque no tenía las condiciones para la convivencia religiosa. Otro sacerdote, el padre Isidoro Psenda, me dijo: “Se confirmó, hija, lo que más o menos diez sacerdotes le dijimos a Novak (el anterior obispo de Quilmes), le advertimos que no era una persona adecuada para el celibato y él lo ordenó igual’. Es decir, se iba confirmando que esto se conocía perfectamente.
–Inmediatamente después de ocurrido el abuso, usted fue a ver al obispo. ¿Cómo fue aquella entrevista?
–Fui a verlo a las 48 horas, porque él estaba de viaje en Rosario. Me acompañó mi hermano diácono. Fue el 17 de agosto de 2002. Le entregué una carta de Marcos, con un detalle de lo sucedido, una carta que escribió sin poder parar de llorar. Y también le llevé una carta que había escrito yo la noche anterior, en la que no había podido parar de pensar, haciéndole conocer nuestra realidad familiar, nuestras creencias, nuestra entrega a Dios, que en mí viene desde antes de tener uso de razón porque mi familia es creyente y practica también. Todo esto se lo detallé en la carta, para que él pudiera tomar conciencia de la magnitud del dolor y de la decepción que me significó este hecho, justamente por este compromiso. No sólo porque fuera mi hijo, sino porque ocurriera dentro de esta institución.
En este punto, Amalia se quiebra, la congoja le anuda la garganta y pide parar la grabación. Respira profundo. Prepara un par café. Y retoma la charla:
–El año pasado mis hijos se confirmaron y realmente fue muy grande el esfuerzo que tuve que hacer para dejarlos libres, porque yo estaba muy confundida y consideré que ellos también... y ellos decidieron continuar con la catequesis de confirmación y confirmarse. Fue un esfuerzo muy grande acompañarlos a recibir este sacramento porque tenía toda la indignación dentro y no sabía cómo iba a reaccionar, tenía todos los deseos de gritar, de llorar, de reclamar, de cuestionar.
–¿Usted qué esperaba del obispo?
–En la primera entrevista lo noté conmovido, consternado, me sentí comprendida, le creí que iba a tomar una inmediata decisión sobre esta cuestión. Así fue como el 19 de agosto, es decir, dos días después de que yo le informé, monseñor Stockler entrevistó al cura Pardo y él mismo le admitió el hecho. Pero a partir de ahí yo esperaba que tuviera una actitud distinta de la que tuvo, que le sacaran los hábitos, no que le aplicaran una amonestación. Una encíclica papal de 2002 habla de estas situaciones de abuso de parte de curas y es muy clara. Dice que si bien el obispo no tiene la obligación de denunciar, tiene la obligación de colaborar con la Justicia. En la carta que obligó a leer en todas las parroquias dice que él no se podía presentar como querellante. Pienso que antes que obispo es un individuo y cualquier individuo, tenga la jerarquía o profesión que tenga, tiene la obligación moral de denunciar estos casos. El tendría que haberlo denunciado inmediatamente. Yo esperaba eso. En la segunda entrevista, me dice que tenía que ser más misericordiosa con las personas que eligen el celibato por vocación porque tienen momentos de debilidad. Yo no podía creer que mi obispo, a quien la fundadora del movimiento del que yo participo me hace respetar como jerarquía, me dijera semejante barbaridad. Pude responderle, aunque sentí que me moría, que estaba siendo yo abusada en ese momento, burlada, subestimada. Le dije que no consideraba que fuera una debilidad, que era un delito. Le dije, además,que hacía trece años que yo soy célibe. “No es mi vocación el celibato, sino mi decisión, monseñor, dedicarme absolutamente a mis hijos para no exponerlos a ningún riesgo, sin darme cuenta de que el riesgo estaba en la misma iglesia, en un sacerdote”.

Amalia hasta sintió que el obispado quería comprar su silencio. Lo primero que le ofreció Stockler fue hacerse cargo de los gastos de un tratamiento psicológico para su hijo y para ella. Se lo pagaron durante cuatro meses, hasta que ella les pasó también los gastos de una consulta jurídica. Ahí se cortaron los pagos. Finalmente, tras esperar en vano que el obispo denunciara al cura en la Justicia, en febrero de 2003 Amalia decidió radicar la denuncia. La causa está en manos de la UFI 8 de Quilmes, especializada en delitos sexuales. En el expediente figura la prueba de la protección: la amonestación canónica aplicada al sacerdote. También fueron citados a declarar los sacerdotes que le dieron información a Amalia sobre los antecedentes de Pardo, pero todos se cuidaron de revelarlos ante el fiscal. Otro motivo de la gran decepción de Amalia.
–No declararon en la Justicia la verdad. Los antecedentes que a ellos les constaban no los dijeron. Para mí es fuertísimo. No alcanza con una confesión, con arrepentirse, con no haber dicho la verdad en un momento. Hay que enmendar, hay que sanar. Están cometiendo el pecado de omisión. Es un dolor muy grande.
–En la diócesis de Quilmes hay dos casos más, existe la denuncia contra el padre Julio César Grassi y tantos más que han sido denunciados aquí y en otros países. ¿Cuál es su visión del problema de la pedofilia en la Iglesia Católica?
–En el 2001 el Papa fue muy claro, sacerdote que comete pedofilia tiene que ser separado del sacerdocio.
–Pero da la sensación de que hasta que estalló el escándalo en Estados Unidos por la cantidad de curas denunciados y protegidos, existió una política de encubrimiento institucional.
–No puedo hablar de lo que sucedió antes.
–¿Se ha retirado de los movimientos de la Iglesia en que participaba?
–Sí, pero he concluido que no me tengo que retirar en silencio, que tengo que aclarar los motivos por los cuales me voy. No encontré en esos movimientos el compromiso social. No me alcanza con que me digan que rezan por mí. Yo no vivo sólo de lo espiritual. Una persona que dice que lucha, que vive por los otros, y en los hechos se limita a escuchar y acompañarme con una oración y no sale a luchar, es una farsa. Yo les aclaré no lo tiene que hacer por mí, porque esto excede lo personal, un interés mío. Esto va a la concientización de los cristianos, que esta realidad no puede perdurar, hay que cambiarla, y cambiarla desde abajo. Si éste es el actuar de la Iglesia Católica Apostólica Romana en esta diócesis, cuál es la actitud en otras diócesis. Porque después me llegaron comentarios de otros curas pedófilos que fueron trasladados de Tucumán acá, por las mismas situaciones. Yo tengo clarísimo que esto no es lo que Dios quiere.

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