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Viernes, 3 de septiembre de 2004

SOCIEDAD

Noches a cielo abierto

Durante el tiempo que duró la fuga junto a su novio, cartonero por ocupación, Julia extrañó su cama. Ahora que está en casa, lo extraña a él. Según las estadísticas, ésta es una opción común para las niñas: en el Registro Nacional de Información de Personas Extraviadas se reciben entre dos y cinco denuncias por día. En el 70 por ciento de los casos se busca a una niña de entre 10 y 16 años.

Por Roxana Sanda

Julia ni siquiera evaluaba la posibilidad del regreso hace unos veinte días, cuando bajó los siete pisos de su casa en un ascensor que se le antojó más vetusto que nunca, urgida por tomar la calle junto a Alberto y empezar a caminarla hasta el punto más lejano posible, donde el cemento diera lugar a cielo abierto, planicie y ruta.
Esa es, palabras menos –porque en esta historia escasean las frases precisas–, una de las explicaciones que Julia Maidana, de 15 años, ensaya ahora en el living de su casa, donde un sol de mediodía desubicadamente abrasador para ser agosto le enrojece la cara y le calienta los pies, desnudos por las ampollas de kilómetros recorridos durante cuatro días con sus cuatro noches.
“La verdad es que no quería volver a casa, estaba bien así. Qué sé yo... Alberto ni siquiera quiso irse cuando nos escapamos, pero fui yo la que puso los puntos y le dije: ‘Ahora nos vamos sí o sí’, y tomamos un micro a La Plata que nos sacó de Capital. No sé cuánto tiempo viajamos. Después bajamos y empezamos a andar por el campo; dormíamos donde podíamos, galpones, quintas, en el piso de algún lugar, comíamos cualquier cosa y seguíamos viaje, siempre caminando.”
Su padre, Francisco Maidana, la observa sentado desde uno de los sillones y escucha el relato con una atención ansiosa, necesitada de interrumpir cada oración de la hija “para situar todo esto donde corresponde, porque ella lo narra como una gran aventura, pero la verdad es que podría haberle pasado cualquier cosa”. Y ese uso del género singular encierra buena parte de la génesis del episodio que, a entender del defensor de Menores a cargo del caso, Marcelo Jalil, “fue un crac en la vida de esa chica, que ahora reconoce estar arrepentida de haber huido, pero que todavía siente bronca”.
Entre el 15 de agosto y la madrugada del 19, cuando Julia y su novio, Luis Alberto Silva, de 20 años, pusieron fin a la huida presentándose en la comisaría 21ª, la crónica periodística difundió en formato de venta segura la historia de la quinceañera de Barrio Norte que huyó con su novio cartonero, en represalia porque la familia de la niña no lo aceptaba.
–¿Y ahora?
–Y ahora entra a casa los miércoles y sábados, días de visita hasta la 1.30 de la madrugada, y lo tienen que aceptar en serio –sonríe una Julia indescifrable–. Igual es un bajón, ni siquiera me puedo sentar en su falda.
Jalil dijo que no inició acción judicial sobre los jóvenes porque observó que no estaba “frente a una cuestión grave o de peligro inminente”, pero fijó audiencias para ambos cada diez días, mantiene un contacto permanente con las autoridades del colegio al que asiste Julia y conversa al menos una vez por semana con las psicólogas que atienden a la joven y a su padre. “Además, el chico manifestó su deseo de terminar los estudios primarios y aprender un oficio, ‘para dejar de cartonear’. Me pareció valorable la actitud de lealtad que mostró todo el tiempo.”
“Ibamos a volver el viernes 20, pero lo hicimos el jueves porque se nos acabó la plata. Además, yo no extrañaba nada, estaba bien así. Lo único que extrañaba era la cama. Las noches que andábamos por el campo y dormíamos en cualquier lugar, le decía a Alberto: ‘Extraño mi cama’. Y tengo mi cama de nuevo, pero ahora lo extraño a él.” Y por un segundo, sólo por un segundo, los grandes ojos claros brillan.
“Porque miedo no tuve nunca, de verdad. Ni cuando andábamos de noche por el campo. El miedo no lo sentí por mí sino por él, porque lo agarraran a él y lo metieran preso. Por mí nada; yo sabía que conmigo no pasaba nada”, dice rápido, como queriendo dejar sentado que su firmeza es cuestión de personalidad y no lo que su padre define como “inconciencia, porque todavía no le cayó la ficha de lo que hizo y del peligro que corrió”. Julia es una señal en estado puro que se disparó a través de la huida y se desliza cada vez que el contrapunto permanente con su padre muestra una fisura.
–¿Por qué te fuiste? –pregunta él.
–Vos sabés por qué me fui.
–Vos tenías el delirio omnipotente de decir: ‘Lo voy a sacar a él de cartonear, voy a hacer que estudie’, y en vez de solucionarle los problemas desde tu mundo, los dos se hundieron en un submundo. ¿No es así, Julia?
–No te estoy dando bola, se me quema la comida –corta ella.

Julia y Alberto se conocieron hace cinco meses, cuando ella junto con su padre, un consultor de empresas, y otros vecinos del barrio que realizan tareas sociales entregaban alimentos a cartoneros. Tres meses después de buscarse y encontrarse infinidad de veces, “comenzamos a salir”, recuerda Julia. “Pero yo me enteré el 19 de agosto, cuando volviste”, retruca el padre, que más tarde, a solas, reconoció entidad a la relación. “El estuvo en casa el día anterior a la fuga y conversamos. Le dije: ‘O Julia baja a tu nivel, o vos subís al nivel de Julia. ¿Querés progresar?’, me dijo que sí; ‘¿querés que toque algún contacto para que empieces a trabajar y dejes de cartonear?’, me dijo que sí. ‘Bueno, pero tenés que estudiar. ¿Puedo confiar en vos?’, y me contestó: ‘Yo no voy a defraudar su confianza’. Esa noche se fugaron”.
Quién podría asegurar que hay un antes y un después en cada huida y cada retorno, o si en todo caso esa sensación espasmódica de abrir y cerrar puertas se convierte en un orden continuo de descubrimientos y desgastes. Pasar unas horas junto a Julia permite vislumbrar, por lo pronto, que continúa abrazada a su exilio, aunque cielo abierto y camino hayan acotado el horizonte a cuatro paredes. Como si la fuga no hubiera concluido, es difícil retenerla para conversar; entra y sale de la habitación entregando frases a destiempo, obligando a recordar qué pregunta generó esa respuesta. Como si ahora fuera momento de escaparles a las palabras.
“¿Sabés lo que pasa? Estoy dormida. Hoy me levanté muy temprano porque retomo el colegio... Antes no pude presentarme porque las ampollas en los pies no me dejaban caminar.”
“Cuando llegué a la comisaría donde se presentaron me encontré con dos chicos agotados por el peregrinaje, sucios y mojados por esa tormenta que tapó a Buenos Aires durante una semana –recordó Jalil–. Ella con los pies terriblemente ampollados por no estar acostumbrada a recorrer tanto, y él con los pies envueltos en plásticos.”
La lluvia inevitable, sin embargo, no fue el peor enemigo sino “la angustia de regresar, el momento en que nos presentamos en la comisaría. No sabíamos qué podía llegar a pasar con cada uno de nosotros”.
Antes de despedirse, Julia permaneció unos segundos apoyada sobre la madera de la puerta del edificio, los ojos brillantes de nuevo, el gesto crispado de la boca, demorando el momento del saludo. “Es como una película, ¿no? La semana pasada la historia de la fuga, todos esos días juntos, y esta semana de nuevo en casa, con el régimen de visitas. Pero, ¿sabés qué es lo peor de todo? Que ahora no lo veo nunca. Eso es lo terrible.”

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