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Viernes, 1 de julio de 2005

TEATRO

Bajo el signo de Aries

Hay chisporroteo en el escenario del teatro Regio cuando Eleonora Wexler enfrenta a Claudia Lapacó, hija y madre en La profesión de la señora Warren, la pieza de Bernard Shaw actualmente en cartel que se mete con las causas de la prostitución y con la emancipación de la mujer. La joven intérprete de La tempestad y La hija del aire jura que, lejos de rivalizar, la complicidad es total.

 Por Moira Soto


Aunque detrás de su belleza clásica y de su mirar reflexivo hay una ariana apasionada y tenaz, Eleonora Wexler parece haber conquistado en la vida y en el arte una zona de cierta claridad respecto de sus deseos profundos que la apacigua. Y la lleva, por ejemplo, a hacer solo teatro en estos momentos para no perderse el día a día de su hijita Miranda, de año y pico, también de aries, una excelente razón para haber rechazado esta temporada algunas ofertas de la televisión. Esa determinación acerca de sus intereses como actriz la impulsó, en su hora, a luchar por estar en la pieza Las relaciones peligrosas, de Christopher Hampton, donde brindó una recordada actuación. Más cerca en el tiempo, a fines de 2003, Wexler se presentó al casting de La hija del aire, de Calderón de la Barca, que luego pondría en escena brillantemente Jorge Lavelli, embarazada de cuatro meses, para debutar el agosto de 2005: tal era su anhelo de estar en ese clásico y, por supuesto que, una vez más, logró su meta con notable rendimiento.

En otro orden de cosas, Eleonora, con la misma firmeza y convicción, ha defendido su vida privada de la voracidad del periodismo chismoso. Tarea no siempre manejable para una chica que ha estado en sucesos televisivos como, entre otros, Venganza de mujer, Alta comedia, La banda del Golden Rocket, capítulos de La condena de Gabriel Doyle y Los simuladores, Costumbres argentinas... Pero ella, con sostenida coherencia, lo ha logrado. Ahora, Eleonora Wexler está más que feliz midiéndose airosamente con Claudia Lapacó en la obra Bernard Shaw La profesión de la señora Warren, bajo la dirección de Sergio Renán, con un elenco que incluye a Claudio Tolcachir, Juan Manuel Tenuta, Juan Carlos Puppo y Aldo Barbero, en el teatro Regio. “Desde que tengo a Miranda, mis tiempos son otros”, sonríe con dulzura la actriz. “A partir de la maternidad, las cosas se me corrieron un poco de lugar, algunos valores se modificaron. No dispongo de tanto tiempo y prefiero elegir bien, al menos desde mi punto de vista, y no acumular trabajo. Para mí es fundamental no perder la mística, el espíritu de juego, el encanto de un oficio tan especial como lo es el de representar personajes con los que a veces tenés tan poco que ver.”

De la tele, por el momento, se mantiene a distancia y manifiesta su extrañeza frente a ciertas modas, como hace unos años la de los talk shows y los reality shows y, ahora, las escenas de sexo crudo para captar al público con el escándalo. Ella recuerda con orgullo, entre sus recientes apariciones en este medio, “un capítulo que hice de Los Simuladores, un programa que para mí fue un ejemplo de que calidad, entretenimiento y contenidos interesantes pueden ser muy exitosos. Logró ratings increíbles demostrando que al público se lo puede atrapar con los mejores recursos. Damián Szifrom, su director y guionista, nunca iba a poner en esa serie una escena gratuita de sexo para llamar la atención. Pero te cuento que cuando estuve el año pasado trabajando en España, cuarenta días en Madrid con La hija del aire, vi bastante televisión y el panorama era desalentador: programas terribles donde se ventilan intimidades de todo el mundo, aunque de pronto te podés encontrar con una serie interesante.También me pareció que el lugar de la mujer estaba muy denigrado, un cachivache lo que veía...”.

–¿Cómo es esto de presentarse a un casting embarazada y volver al escenario con una beba tan chiquita? ¿Te sentiste muy tironeada?

–Miranda tenía dos meses y medio, y por cierto que no fue fácil. Pero al mismo tiempo, para mí, hacer La hija del aire, con Lavelli, con Blanca Portillo, con ese elenco, era una oportunidad maravillosa que hubiera sido muy frustrante dejar pasar. Pensé que si yo estaba contenta, Miranda lo iba a percibir. Fue dura la separación al principio, eran seis horas intensas de ensayo y yo todavía le estaba dando la teta. Me sacaba la leche con el sacaleche eléctrico en ratitos que el director me cedía y la guardaba en la heladera de la sastrería del San Martín. Un desgaste enorme, pero bueno, pude hacerlo, todo salió bien. Ahora me pasa que cuando estoy en alguna actividad fuera del teatro –una clase de yoga– de golpe extraño a mi hija, la quiero ver, abrazar. Me doy cuenta de que soy yo la que la necesito cuando regreso y la encuentro lo más bien. Al mismo tiempo, tengo claro lo valioso que es para mí tener mi vocación y poder realizarla.

–De Calderón a Shaw... ¿un viaje entre dos mundos?

–Sí, completamente diferentes. Yo ya había hecho a Shaw, Hombre y superhombre, con puesta de Norma Aleandro. Un gran trabajo de Pablo Rago, con quien voy a hacer una película en noviembre, la ópera primera de una directora muy joven, Laura Dariomerlo, cuyo título es, por ahora, La mujer fuerte. Es una historia de amor nada pretenciosa, con una mirada muy sensible ya desde el guión.

–Cuando conociste la pieza, ¿te sorprendió que un escritor victoriano tuviera la cabeza tan abierta y desprejuiciada?

–Me sigue sorprendiendo. Justamente el sábado lo conversaba con Claudia en el entreacto. No por casualidad, la pieza, escrita en 1894, estuvo prohibida varios años. Qué pensamiento de avanzada, provocador, el de Shaw, un visionario. Y ese humor tan ácido, tan crítico, tan punzante... Me encanta el título que le pone a este grupo de obras: Comedias desagradables. Sabía perfectamente el efecto que iba a causar en el público de su época. Y me parece que los temas que trata la obra mantienen su vigencia: las causas de la prostitución, la hipocresía de la sociedad. Por otro lado, es muy inteligente la forma en que está tratada la relación madre e hija. Como actriz me atrajo el desafío porque Vivi es un personaje que puede parecer lineal a primera vista, pero está lleno de colores. Cada vez le voy encontrando más matices.

–Durante la representación, más allá de la calidad del trabajo de ambas, se trasluce que entre Claudia Lapacó y vos hay un gran entendimiento en nivel personal. Y sin dejar de interrelacionarse con los demás personajes, crean un mundo aparte cuando están juntas, una rara intimidad.

–Con Claudia el trabajo fue sensacional. Sí, se creó esa intimidad necesaria, basada en un texto excelente y en el intercambio sincero que hubo entre nosotras. Así se puede llegar a comprender dónde se pueden unir dos personajes tan diferentes. A mí me había hablado muy bien de ella un amigo, Gustavo Zajac, que fue coreógrafo de Aplausos, donde estuvo Claudia. “La vas a adorar”, me garantizó. Y así fue, feeling instantáneo. Me identifico con ella en la forma de encarar la profesión. Claudia es muy trabajadora, muy generosa en el escenario y fuera de él, tiene una calidad humana fuera de serie. No sabés el cariño que le tengo... Ella siempre llega un ratito antes que todos al teatro, a las siete menos cuarto, para hacer la función a las ocho y media. Yo estoy a las siete, la saludo y vamos a mi camarín a tomar mate. Es nuestro ritual diario y nos quedamos hasta cerca de las ocho. Entre mate y mate, charlamos de la vida, de la obra. A veces se acerca el director, que viene a ver las funciones muy seguido, algo que no es tan común. La obra está funcionando muy bien en unteatro lindísimo, pero que está en Córdoba al 6000, hay que llegar hasta allí.

–¿Qué cosas descubriste por tu cuenta de Vivi?

–En un principio, yo pensaba que ella estaba enojada desde el momento en que se entera de que su mama venía a visitarla a su casa. Con el tiempo, advertí que en realidad toda esa primera parte donde se encuentra con Fred, el único amigo de su madre que siempre quiso conocer, es de un placer muy grande para esta chica. A Vivi le encanta provocar, ser diferente, no quiere parecerse a la gran mayoría de las mujeres de su época, es reprogre. Vivi podría ser una sufragista, luchar por el voto femenino. Es muy joven pero ya se perfila en ella una mujer del futuro, independiente, profesional.

–Un planteamiento muy lúcido por parte de Shaw, que ve con perspicacia la importancia de la educación para alcanzar la autonomía en todos los planos.

–Exacto. Vivi está preparada para ser una mujer autónoma, algo que no era común en su momento. Ella podrá equivocarse, pero decidirá por sí misma qué hacer con su vida, nunca se sometería a un marido, por ejemplo. Y fijate qué otro tema mezcla Shaw con el de la emancipación de la mujer: la prostitución, ese oficio inventado por los hombres que divide a las mujeres en buenas y malas. Acá tenemos a una mujer, la señora Warren, que primero se prostituyó por necesidad y después se convierte en empresaria del ramo...

–Vivi, tan pogre en otros sentidos, no está preparada para asumir la profesión de su madre. Sufre un shock.

–Es que ella se crió en un mundo paralelo, no ha convivido con su mama, que apenas la ha visitado algunas veces a lo largo de los años. Pero yo, Vivi, no sé nada de la vida de ella, que me paga los estudios, me mantiene. Esta vez, sin embargo, cuando comienza la obra, va a ser todo diferente, quiero saber realmente cómo es ella, qué hace, cuál es el misterio que la diferencia de otras madres. Lo que al principio yo tomaba como un enojo hacia mi madre, con el tiempo fui descubriendo que se trataba de una aparente indiferencia, con un trasfondo de dolor, una sensación de abandono. Me di cuenta de que se trataba de un personaje más complejo, con varias capas, no una simple resentida. Obviamente, cuando surgen estos hallazgos, se modifica sutilmente mi relación con Claudia en escena, lo que provoca a su vez reacciones diferentes en ella. En la última escena que tenemos, yo claramente no puedo soportar que mi mama siga lucrando con ese negocio. Quizás influida por los prejuicios, pero no lo puedo tolerar. Todo el tiempo nos retroalimentamos con Claudia, seguimos encontrando otras cosas en la pieza, profundizando el humor. Es rara la risa del público, a veces surge de cosas terribles, quizá se trata de liberar nervios, ansiedades. Por ejemplo, cuando Claudia dice “¿quién me va a cuidar cuando sea vieja?”, hay un dramatismo muy fuerte, pero la gente se ríe. Acaso es una forma de exorcizar situaciones patéticas de la vida que nos pueden tocar a todos. Hay una temática humanista que Shaw toca en todas sus obras. También me parece que él deja algunas cosas para que las complete el público: ¿por qué la señora Warren se aferra a su profesión aunque le cueste separarse de su hija? ¿Quién es el padre de Vivi? ¿Frank es realmente su hermano? No me gusta el teatro demasiado informativo, explícito. Está bueno que queden flotando algunos secretos.

–¿En algún momentos te planteaste que, más allá de lo adorable que sin duda es, te tocaba hacerle frente a Claudia, interpretando vos un personaje más contenido, menos agradecido, según la jerga teatral?

–Obvio que sí, Claudia tiene una potencia arrolladora. Entra ella y es un tsunami absoluto. El escenario es su territorio y su presencia es magnética. Sí, hay que hacerle frente a Claudia Lapacó, un auténtico animal de teatro, ella va. Pero como al mismo tiempo tiene estascualidades humanas tan positivas, nunca va a rivalizar, a llevarse a nadie por delante. A mí me ha alentado, he aprendido mucho, mucho de ella, me dio confianza. Nunca pensé que iba a ser sencillo, pero era un esfuerzo que valía la pena. Quiero seguir en este camino. Si no vienen proyectos de otro lado, los voy a generar yo. Hay una camada de nuevos autores acá que me gusta mucho. Un movimiento que me da ganas de, en el futuro, ponerme en contacto, armar mi propio proyecto en este momento tan apasionante del teatro en Buenos Aires. Es una cuenta pendiente que tengo.

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