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Viernes, 28 de abril de 2006

HOMENAJE

Memorias de la mujercita Puloil que se come las galletitas rotas...

ése es el título que Cristina Banegas elige para brindar generosamente sus apuntes autobiográficos en los que recorre con verborragia inusitada sus 20 años como dueña y productora de una sala off, sus muchos más como actriz y su vida entera con esa adorable locura que no deja de producir emociones.

 Por Moira Soto

En plena celebración de los 20 años de El Excéntrico de la 18, su estudio y teatro pionero del off, Cristina Banegas, muy despierta sobre sus bien ganados laureles, está haciendo País que fue será, de Juan Gelman, produce un disco de tango de su madre, Nelly Prince, se apresta al reestreno de la obra para chicos que le pertenece y codirige, El país de las brujas, prepara un libro sobre la voz con María Inés Aldaburu e Ingrid Pelicori, tiene planes de hacer teatro en agosto (El misterio del ramo de rosas, de Manuel Puig, con Dominique Sanda) y cine (el próximo film de Inés de Oliveira Cézar). Pero eso no es todo: como la trabajadora mujercita Puloil que se multiplicaba hasta el infinito sacando brillo, Banegas, entretanto, sigue dictando talleres y se va tres veces por semana a filmar en Rosario una comedia de Fito Páez, sin dejar de pensar en el tercer disco que va a hacer este año. Tanto trajín creativo no le impidió, en una mañana soleada de domingo, dedicarle dos horas largas a Las/12 para hablar en primera persona del singular, distendida y con mucho sentido del humor.

Un lugar en el mundo

Bueno, Cristina, pensé, qué suerte que tuviste porque llegaste a hacer tu primer protagónico en cine a los 57, La vida por Perón, y lo mismo en la televisión. Cualquier astrólogo me diría: es Saturno, es Saturno. Claro que sé que hubo actuaciones en TV que alguna huella dejaron: la gente me sigue citando Vulnerables, pero en ese unitario entraba una o dos veces al mes, no era que estaba tanto en pantalla. Eso sí, cuando venía una buena escena, mandábamos y rompíamos los vidrios de los aparatos... Pero nunca me había pasado lo del año pasado con “Emilia Basil, cocinera”, el primer capítulo que hice de Mujeres asesinas: un día abro Clarín y ahí estaba mi cara así de grande, era la primera vez en mi vida que yo formaba parte destacada de un aviso de un canal, me dio un poco de impresión. En el segundo capítulo me tocó matar a Belén Blanco y me oscurecí, uní mis cejas, me puse un trapo oscuro atado, me armé una imagen con algo de la Medea de Lars von Trier, algo de La Carancha de Tita Merello de Los isleros, porque creo que en el arte no se hace otra cosa que afanar, resignificando, claro.

Me parece que Mujeres asesinas, más allá de algunas limitaciones de guión, es un ciclo de un nivel por encima de la media televisiva, visualmente muy cuidado, donde se convoca a buenos actores y buenas actrices. Pese a tratarse de asesinas de distinto calibre, no hay misoginia, cosa que yo temí en primera instancia. Si así hubiese sido, no habría trabajado porque cualquier forma de misoginia me parece inaceptable, un mamarracho. Pero al contrario, advertí que había un enfoque equidistante, una mirada comprensiva. Hay un excelente equipo técnico –los cámaras, el director de fotografía, el director de producción–, y a mí me ha tocado trabajar con un director como Daniel Barone, con quien ya había hecho Vulnerables, Locas de amor, la película El día que me quieran, producciones en las que he tenido espacio para improvisar, proponer, cambiar escenas, pensar juntos cómo resolver algo. Pero todo esto exige un sistema de producción, un tiempo suficiente. Seguramente la serie inglesa Orgullo y prejuicio se hizo en el triple de tiempo que cualquier producción local.

En el próximo capítulo de Mujeres asesinas –donde actúo, entre Barone, Julieta Díaz y yo resolvimos cómo formular una muerte con ideas de puesta en escena. Me parece que es uno de los pocos directores –y no sólo de TV– que dirige realmente, en todo el sentido de la palabra. Y dirigir implica respetar, querer de verdad a los actores. Lamentablemente, conozco bien a esa especie de director que desprecia, que maltrata, que psicopatea a los actores.

Vertigo

Ahora estoy tomando clases de conducir porque hago de taxista en la película de Fito Páez ¿De quién es el portaligas?, y voy a sacar el registro. Paso el aviso a todos los conductores y peatones del mundo que allá voy.

Ya filmé la primera escena, que era redifícil porque pasaba en el muelle del puerto de Rosario. Yo entraba con el coche, detrás de un balcón, giraba, frenaba. Y cuando estaba por salir, al borde del agua, con una sensación de vértigo pensaba: sigo de largo, le hago una Thelma & Louise, ¿me moriré dentro del auto en el río Paraná o saldrá una toma extraordinaria? Me daban vuelta esas ideas mientras estaba manejando, muy pegada al galpón. Y reviví una escena infantil: punta de la escollera de Mar del Plata, mucho oleaje y yo tirándome al suelo, bien aplastada. Tendría 4 o 5 años, es una imagen muy antigua que tengo de mí. Me quedé adherida como una lapa del ataque de vértigo que me daba el agua por todos lados, esas olas enormes del Atlántico.

Finalmente, como te habrás dado cuenta, no seguí de largo con el taxi. Hice la toma como cuatro o cinco veces porque había cosas que no salían que no tenían que ver conmigo. Manejé más cerca del agua, disimulé, me callé la boca como una señorita. En una escena anterior se me había despegado la media suela de adelante, me la pegaron y al día siguiente se volvió a abrir. Entonces, se ve que hice un esfuerzo con esta zona del pie –el arco, el talón, el empeine– para que no se viera esa lengua y no se siguiera rompiendo el zapato. Le tenía que entregar una valija con droga a alguien, llegaban dos patrulleros de la policía y yo me resistía. Quedé medio renga, pero ya fui al osteópata y me arregló bastante. Ahí tenés parte de mis aventuras como la taxista Rosa.

Morocha resentida

Este año voy a hacer una película de Inés de Oliveira Cézar, la directora de Cómo pasan las horas. Un proyecto ambicioso, imaginate: hacer Ifigenia. Desde luego, lo que me ofrece es Clitemnestra. Como advertirás, sigo el doctorado en madres terribles, lo cual me parece muy realista, porque también querría hacer Medea en teatro. Ya veremos, porque siempre el cine en la Argentina es medio azaroso, las fechas se atrasan, se adelantan. Pero muchas cosas se hacen, como Géminis, de Albertina Carri, otra mamita mía que ha merecido una nominación para los premios Cóndor. Una película que sigue ganando premios afuera y que a mí me gusta mucho, independientemente de que haya participado, porque te aviso que no todo lo que hice en cine me ha gustado, por cierto. Al mismo tiempo, Géminis es una obra que algunos críticos acá no valoraron: en tu diario, por ejemplo, salió un comentario insultante por lo cínico.

Entre tantas, otra película que me gustaría rescatar por maldita e incomprendida es Animalada, y de paso rendirle un homenaje a mi compañero en esa realización de Sergio Bizzio, Carlos Roffé. Película zarpada, ingeniosa, con un humor tremendo, una crítica feroz a cierta burguesía tilinga a través de un caso de zoofilia sin tapujos. Por favor. Bueno, ya que estamos en plan resentido –en el sentido de volver a sentir una injusticia– te recuerdo que en los ’90 dirigí una pieza muy osada y desprejuiciada de Bizzio y Daniel Guebel, El amor. Nunca me insultaron tanto, salvo alguna excepción como la revista Humor. Fue cinco minutos antes de que el Puma Goity se volviera tan famoso. El hacía un perro de departamento alucinante. Dios mío, y lo que era el elenco: Luis Ziembrowsky y Antonio Ugo de pareja gay, y María José Gabin y Belén Blanco de prostitutitas. Acá son todos muy simpatizantes de la transgresión hasta que alguien se mete en una estética del llamado mal gusto. Eso no se lo bancan. Bueno, con Ure nos pasó tantas veces, aunque ahora hay una revaloración de su originalidad y su talento.

Secuencia Ure

A Ure, como buen director creativo de publicidad que era, se le ocurrió una idea fantástica para lanzar El padre, en 1987: ir a Córdoba, al Festival de Teatro al cual no estábamos invitados. Consiguió que alguien lo dejara entrar al Instituto Goethe de allí e hicimos tres funciones. Después, algún diario tituló: “Ure engalanó el Festival”. Tuvimos prensa sin gastar un peso. Previamente, él nos dijo a las actrices: “El ensayo general empieza en el andén del tren. Yo creo que los ensayos públicos de Puesta en claro y El padre han sido las experiencias más salvajes de mi vida. Todavía éramos clandestinos, El Excéntrico no estaba habilitado. Bueno, Los invertidos se hizo en el San Martín, y antes, El padre y Antígona terminaron allí la última temporada: hacíamos tres días una y tres días la otra. ¿No hay que estar loco? Sí ¿no? Y cuando ya habían bajado de cartel estas obras, con Adriana Genta –que en El padre era la esposa, y en Antígona, Ismene– nos preguntábamos la una a la otra ¿No te empieza a pasar a las 6 de la tarde que te sube como una energía monstruosa que no tenés dónde colocar, como granadas que te estallan en la cara? Sí, nos pasaba eso cuando se acabaron las seis funciones semanales.

Qué grande fue después la puesta de Los invertidos, con ese elenco, esa escenografía de Sarudiansky con aire de mausoleo... Fue un acontecimiento artístico y un éxito de público, duró dos años en salas grandes. El trabajo culminante de la secuencia Ure en mi vida, más de siete años. Alguien fundamental para mí como persona, como actriz, yo venía de otro barrio. Es verdad que siempre fui curiosa, buscadora, pero él fue una influencia transformadora.

Lejos del centro

La escena originaria del Excéntrico es que yo quería un lugar propio. Ya estaba dando clases hacía tiempo, con niños, con adolescentes, con adultos en espacios que no eran míos, que tenía que alquilar o pagar un porcentaje. Tenía una hija, una infraestructura que sostener. Después de hacer unas cuantas telenovelas, me di cuenta de que era un sistema de trabajo que cuando se prolongaba en el tiempo me creaba una cierta angustia, me sentía muy encerrada. Ahí me planteé vivir de otra cosa. Entonces, armé El Excéntrico y viví allí durante casi diez años, hasta que me fui del todo a lo de Cacho (Vázquez). A partir de ese momento, toda la casa se convirtió en estudio y sala teatral.

De modo que la apertura de este lugar de la calle Lerma fue un acto casi doméstico, que materializaba mis deseos de tener mi propio estudio y mi casita. Dar mis clases, vivir con mi hija que todavía estaba conmigo. Además, podría hacer las obras que deseara. Todo muy lindo en los papeles, no sabía que iba a resultar tan difícil, que me iban a tocar todas las crisis, desde la hiperinflación. Tampoco supe medir que ese proyecto me dejaba afuera de muchas cosas, no pensé que los muchos productores de cine en aquellos años no iban al teatro a Villa Crespo. Ahora queda canchero, sin duda, y encima le quieren poner Palermo Queens, agarrate Catalina. No puedo creer semejante tilinguería.

Cuando yo empecé, fui de las primeras, eso hay que decirlo. Por supuesto, fue a Ure a quien se le ocurrió: hagamos teatro acá. En el momento de poner el nombre, él hizo una lista y yo elegí El Excéntrico de la 18º. Ese número es de la circunscripción política donde votamos, no de una comisaría. No somos para nada botones, nunca está de más aclararlo.

Ahora que cumplimos los 20 años, lo arreglé todo. Tenía un subsidio que todavía no cobré, de modo que pedí plata prestada porque había que hacerlo en verano, antes de que empezara la temporada fuerte. Así que me dispongo a cumplir este aniversario con todo listo, con tres obras en cartel: País que fue será, Le frigó, Un hilo de voz, y el próximo reestreno de Lumínile en el horizonte. Los palos borrachos están altísimos, los pasamos a macetas más grandes. Los planté en una época en que me analizaba cerca del Botánico y daba una vueltita por ahí y recogía semillas. Tengo ese espíritu cartonero, soy como un personaje de la película de Agnes Varda, Les Glaneurs et la glaneuse. ¿Viste que cuando ponés en un plato galletitas siempre hay algunas que están rotas que nadie quiere? Bueno, me las como yo, la mujercita Puloil de las galletitas rotas, ya tenés un título para esta nota.

Mi madre se lo merece

Te voy a hacer escuchar una versión que hizo mi mamá de “Fuimos” nivel Bola de Nieve, así como lo oís, me lo dicen músicos que aprecio absolutamente. Es conmovedor cómo ella va atravesando el discurso dramático, no se saltea nada. Todo fluye, aforan en su voz ideas, sentimientos, imágenes.

Y yo pensé ¿quién le va a editar un disco a mi mamá, Nelly Prince? Para mí es como una reparación histórica, habríamos dicho en los ’70. Supe que tenía que hacerlo yo, así como un día pensé que había que editar un libro de los escritos de Ure, y ahora ya sale el segundo. Entonces le dije a mi madre: armá tu repertorio. Se reunió con Edgardo Cardozo, artista excepcional, ensayaron meses y ya está listo para salir. Se lo debía, ella se lo recontramerece. Vos la has visto en mis espectáculos subir al escenario y llevarse los mejores aplausos de la noche. Se plantaba la boa, pinc, y me ponía la tapa. Ella tiene algo muy carismático, una intuición que no hay academia que te la enseñe. Empezó a trabajar a los 9 con la Pandilla Marilyn, en la radio, y fue una estrella de la televisión cuando yo era chica. Hay mucho estaño ahí. Bueno, el disco ya está masterizado y yo creo que se va a llamar Tarde. Voy a escribirle un textito sobre lo que es el tiempo en la voz.

Concierto de poesia y musica

La verdad es que amo a Gelman como persona, que amo su poesía. Hice antes Salarios del impío con la gran Iris Scaccheri, incorporé sus textos a mi disco La Criollez, al espectáculo La morocha. Tengo el honor de ser amiga de este poeta, he ido a México, he estado en su casa, me hice amiga de su mujer.

Este concierto de poesía y música sobre País que fue será, que estoy haciendo ahora en El Excéntrico con Claudio Peña en violonchelo, es una investigación sobre la palabra y el sonido y la musicalidad y la poesía y los ritmos y las cadencias y los colores y las dinámicas y las texturas y las tonalidades y las oscuridades y las edades de la música. Todo eso.

Importa hablar de Claudio Peña como chelista, compositor, improvisador. El viene de la música contemporánea y hemos trabajado juntos tres años en La señora Macbeth, en El país de las brujas, ese cuento que le contaba a mi hija Valentina para dormir, que después escribí, que se convirtió en pieza de teatro que ella protagonizó y pronto se va a reestrenar.

Somos muy buenos compañeros de concierto con Claudio, vamos más allá cada vez, sin cambiar una sola palabra de Juan Gelman, por supuesto, de su libro más hermético. Es una buena cosa tener un espacio como El Excéntrico donde plantear un trabajo más experimental. Seguiremos mientras venga la gente, que por ahora llena la sala.

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