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Viernes, 19 de julio de 2002

ESPECTACULOS

3 PERSONAJES

Laura Espínola, Elvira Massa y Marina Vázquez encarnan, en “Venecia”, la obra de Jorge Accame, a tres prostitutas del norte argentino que se dejan proteger por su vieja madama y a su vez la protegen. En esta entrevista, las tres actrices siguen en sus roles y revelan la intimidad de sus personajes.

 Por Moira Soto

En todo el mundo existen obras de teatro de culto como Eran diez indiecitos, añares en cartel en Londres, o Cats, más de una década en Nueva York. Pero Venecia es un caso aparte: estrenada en julio de 1998, en el Teatro del Pueblo –gracias a que la directora, Helena Tritek, supo leer en ese texto de Jorge Accame su prístino lirismo– pasó de una sala de 70 butacas a otra (el Payró) de 220 y se convirtió en un suceso durante dos años. La historia del último deseo de una vieja madama que es cumplido –mediante una ingenua representación– por sus tres pupilas no se quedó en el suceso local: empezó a ofrecerse en escenarios de Londres, Montreal, Cádiz, Madrid, Dublin, México, a presentarse en el interior del país, amén de haberse ganado casi todos los premios nacionales posibles (los ACE, Florencio Sánchez, Trinidad Guevara, Estrella de Mar). Sin duda, el suceso sin fronteras de Venecia le debe mucho a la sensible, poética, rigurosa puesta de Helena Tritek que siempre supo que esas criaturas elementales debían ser interpretadas con absoluto respeto, sin sospecha de parodia o de estereotipo. Menos aun de pintoresquismo, justamente porque el relato (mínimo) transcurre en algún lugar suburbano de Jujuy, en un modestísimo prostíbulo al servicio de camioneros y otras aves de paso.
Evidentemente fue una buena idea reestrenar hace poco Venecia: la pieza agota las más de 400 localidades del Broadway, de jueves a domingo. En esta nueva oportunidad de ver –o rever– la obra de Accame, tenemos a dos “sobrevivientes” del debut: Laura Espínola y Alejandro Viola, mientras que Haydée Padilla brinda una Gringa renovada, Elvira Massa y Gonzalo Morales se reencuentran (estuvieron en el Payró y de gira) junto con Marina Vázquez. Como la mayoría de las notas aparecidas se centraron en la loable reaparición en teatro de Haydée Padilla, parecía justo hacerle una entrevista a las actrices que encarnan con excepcional propiedad a las pupilas de la Gringa. Ellas –Massa, Espínola y Vázquez– dejan en el camarín todo artificio, toda impostación, toda coquetería. Lo hacen confiadísimas en la red tutelar que les tiende, noche a noche, Helena Tritek.
Elvira Massa estudió teatro con María Inés Pascual en San Isidro, después hizo obritas en cooperativa aquí y allá antes de entrar a estudiar con Tritek: “Ahí es cuando ella me propone entrar en Venecia, obra a la que llego con antecedentes en el oficio: ya había hecho de prostituta en Sobremonte, padre de la patria y en Orinoco...”. Marina Vázquez, con su airecito a Frida Kahlo, empezó a estudiar teatro a los 15, egresó de la Escuela Nacional de Arte Dramático, hizo todos los cursos que encontró a su paso, estuvo en grupos independientes, sociedades de fomento, teatro de diverso tamaño, sin dejar nunca de bailar tango. Y llegó al casting de Venecia: “Estaban sus alumnas, ella no me conocía. Hice lo mejor que pude, y quedé, por suerte. Estoy aquí hace dos años, luego de debutar en el Festival de Cádiz. De nosotras tres, Laura es la única que estuvo en la etapa de improvisación, proceso en que la obra tomó su forma actual, más allá de los toques y pulidos que sigue haciendo Helena, siempre pendiente de que Venecia mantenga su verdad, su emoción, su frescura...”.
“Ya te hicimos propaganda”, le dicen sus compañeras a Laura Espínola que llega un poco tarde. Ella añade algunas señas: “Empecé mis estudios hace once años en el San Martín, mis maestros fueron Hugo Urquijo y Helena Tritek. Venecia es mi primera obra profesional: la estrené, estuve dos años, tuve una impasse y ahora volví a hacerme cargo de la Graciela”. Cuanta Laura que en el tiempo de búsqueda se dedicó a observar conductas de prostitutas del Bajo Flores, de la zona roja que ya estaba en Palermo. “Después hubo que bajar, porque las chicas de Venecia tienen sus características propias, muy del interior, muy marginadas. El acento nos salía patético. En ese entonces Roly Serrano, salteño, nos ayudó mucho. El autor nos mandaba el texto grabado por la esposa para que incorporásemos la tonada.”
Dicen las actrices entrevistadas que con Tritek hay que dejarse llevar, nada de andar preguntando por qué el personaje hace tal cosa, o cómo se justifica tal movimiento: “Es una especie de hada que te lleva de la mano, y a volar –dice Elvira–, y si Helena cree que te vas a sostener, pues es verdad”. “Igual con ella nada es inamovible –aclara Marina–, todo el tiempo puede modificar cosas si le parece que algo se automatiza, si descubre un gestito que no sirve, o al revés, que vale la pena repetir. Ella, que nos hizo ver determinadas pinturas y películas, que nos pidió que observáramos la pesadez de los movimientos del chimpancé, es capaz de fijar en una hebillita, en el corpiñito tendido a lo lejos, en la etiqueta de una pollerita...”

DECENTES Y LIMPITAS
Ahí, en el Vesubio, al ladito del Broadway, las tres actrices, con sus ropas de calle, el pelo arreglado, algo de maquillaje sufren una transformación antes de partir rumbo a los camarines porque se acerca la hora de la función. Consultadas por sus roles, Espínola, Massa y Vázquez los van asumiendo, sin previo aviso, responden a las preguntas como la Graciela, la Marta, la Rita. Hasta ese punto las tienen incorporadas a las pupilas de la Gringa.
Laura Espínola (convirtiéndose de a poco en su personaje): –Hago a la Graciela, que es la más nueva en el grupo. A pesar de haber llegado hace poco, soy la que promueve llevar a la Gringa a realizar su sueño. Yo le temo un poquitito a la Marta, a su vez la Rita me teme a mí, es como una cadena, cada una tiene su ubicación. La Graciela como que trabaja de muy chica, está hecha a eso, es su destino. Hay que hacerlo, viene un cliente, después otro: es lo que me tocó. Si tengo para comer, tengo; si no, se verá. Por encima de nuestro trabajo, las tres tenemos un costado sensible y solidario con la Gringa que nos acuna en su casa.
–¿Ni un toque de romanticismo, ningún enamoramiento?
L.E.: –No, los clientes pasan y se van. A pesar de que la Marta me dice: la señorita no tiene cliente, tiene novio, pero es porque me voytres días con alguno. Resulta que la paso mejor, como mejor en la casa de él. Tengo una rutina, levantarme, comer, trabajar, acostarme.
Elvira Massa (con el lenguaje, el acento y la mirada de su personaje): –La Marta es la mejor, la más antigua ahí. Entonces, la Marta tiene autoridad con las chicas porque ella se va a quedar regenteando el lugar. La Gringa la encontró en la estación de Bs. As., en Constitución. Como la madre la había echado de su casa, se la llevó a Jujuy. Entonces la Gringa le dio todo: es la mamá, más que la mamá. Es como Perón, más, es como la Virgen. Ella sabe cómo manejar todo en la casa. La nueva, ésta, la Graciela es media avivada, sabe leer, se va con los novios y afana, no trae toda la guita acá, que le corresponde a la Gringa. A la chiquita, yo la cuido, tiene que aprender todavía. Yo la defiendo de los que la engatusan. Eso es.
–¿Tienen ilusiones, fantasías de cambiar de laburo, de salir al mundo?
E.M.: –No, acá estamos todas ahí, bien. No hay otro lugar. Nosotras no tenemos televisión, el Chato tiene y nos cuenta lo que ve. La Marta no sabe mucho leer pero tiene buen corazón, es agradecida la Marta. Los clientes, los camioneros, la gente de paso, todos nos conocen desde chicas.
–¿La gente que llega de afuera no les provoca inquietudes, ideas nuevas, no les abre otras posibilidades?
E.M.: –No sé qué decirle. Vienen siempre los mismos, a veces algunos estudiantes, que se la agarran a la chiquita ¿vio? Yo cocino, a veces, hago alguna comida: chuño putí, sancochado, tocorí, que es dulce con una fruta de un árbol que ponemos en el mortero. Cocinamos lo que haiga. La Gringa me ha enseñado todo a mí.
–¿Las discriminan en el pueblo cuando van a hacer las compras?
E.M.: –Bien nos tratan. Si se mete alguno a joder lo sacamos a patadas. A veces, la Rita gasta plata de más, en vez de comprar comida viene con hebillas.
–¿Hay un fondo común?
M.V.: –Sí, se lo damos todo a la Gringa lo que hacemos. La plata está en una lata. La Gringa nos protege, de comer nunca nos faltó. Yo cuando llegué estaba llena de piojos, tenía el pelo largo así, por debajo de la cola, cuando hacía pis me lo mojaba todo. La Gringa me limpió, me cortó el pelo. Yo le debo la vida a la Gringa porque a mí me abandonaron ahí, mi papá y mi mamá me dejaron en el medio del cerro. La Gringa me dice que tengo que saber leer, yo estoy aprendiendo un poco, también veo las revistas que me traen los clientes. Yo siempre meto la pata porque digo todo lo que pienso, entonces ellas me quieren pegar.
L.E.: –Yo antes estaba en otro lugar, con otra señora y otras chicas, pero éramos muchas. No nos tocaban muchos clientes, vivíamos todas ahí, medio amontonadas.
E.M.: –La Graciela es rápida y viene a acaparar y acá hay que respetar los turnos. Hace negocio con los clientes, les saca un poco más. Es viva.
L.E.: –Es que yo aprendí en el otro lugar.
M.V.: –A mí cuando la Graciela me grita la quiero agarrar de las mechas. A veces la Marta me quiere agarrar a mí.
E.M.: –Yo a vos te educo, nena. Y te defiendo de ella. Vos tenés que obedecer.
–¿El Chato es un amigo de la casa más que un cliente?
M.V.: –Al Chato lo trajo el padre que ya venía, debutó con la Gringa. El Chato también debutó acá de chico, y nos trae un órgano, nos pone música, porque con la Graciela queremos ir a esos programas que nos cuenta él a bailar y traer más plata para la Gringa. La Graciela es la que más se va con él.
L.E.: –Hay que ser rápida, vos no entendés. A mí me han enseñado así.
–¿Usan algún anticonceptivo? ¿Cómo se cuidan?
L.E.: –Yo tengo una palangana, la palangana esa verde, y ahí me lavo, dos o tres veces. Cada una tiene su palangana. A veces los chicos jóvenes se ponen.
M.V.: –A mí me ha dicho así una amiga: que si me pongo agua enseguida, no me va a pasar nada. Después la tengo que tirar a esa agua, no la tiene que tocar más nadie. Por eso cada una tiene su palangana.
–¿No les pasó nunca de quedar embarazadas?
E.M.: –A veces ha pasado. Son cosas de la vida.
–¿Cumplen un horario? ¿A cuantos clientes atienden por día?
L.E.: –Los clientes casi siempre vienen de día. Muchos son camioneros que trabajan de noche. A veces pasan a la mañana temprano, o cuando ya se van para la casa a la tardecita. Podemos tener tres o cuatro, o ninguno.
–¿A alguno le da por tener prolegómenos, alguna fioritura?
E.M.: –¿Lo qué? A mí no me han dicho nada de eso. Hacemos lo que pide el cliente.
M.V.: –Sí, porque mucho tiempo no hay, y a mí me toca mucho estudiante. A veces se olvidan las cosas, de contentos que se quedan conmigo. Después miro los libros esos.
–¿Dan besos en la boca?
L.E.: –A veces, cuando se quiere dar, se da. Si alguno me quiere dar, me da. Es el trabajo.
–¿Alguna de ustedes tiene conflicto moral con su oficio, se cuestionan si lo que hacen está bien?
E.M.: –Eeeh, no. ¿Por qué? Nosotras somos decentes, trabajamos para comer.
M.V.: –Trabajamos bien, aparte con la Graciela vamos a ir a bailar.
L.E.: –Nosotras no somos de la calle.
E.M.: –Somos limpias.
M.V.: –Le prendemos una vela a la virgencita, la tenemos ahí. Le rezamos, todo. A la Virgen del Río Blanco.
–¿La Virgen las escucha?
E.M.: –Sí, claro. Te dice lo que tenés que hacer. Las cosas que están bien y las que están mal. La Gringa dice que le tenemos que hablar todas las noches, pedir cosas, que te las da si sos buena persona. Ha dicho la Gringa.

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