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Viernes, 11 de mayo de 2007

DEBATES

Dos mil años son nada

Antropóloga y feminista, la francesa Françoise Héritier habla de la anticoncepción y el aborto como la gran “palanca histórica” que podría cambiar la vida de las mujeres, signada desde hace casi un millón de años por la relación jerárquica con los varones. Con renovado optimismo, esta discípula de Lévi Strauss dice en el segundo tomo de Masculino/Femenino que disolver esa jerarquía es posible, aunque llevará miles de años.

 Por Veronica Gago

La antropóloga francesa Françoise Héritier estuvo en Argentina para presentar su nuevo libro: Masculino/Femenino II (Fondo de Cultura Económica). Su primer tomo (editado hace diez años) tenía como subtítulo El pensamiento de la diferencia y marcaba una opción teórica; este nuevo trabajo postula además un programa político: Disolver la jerarquía. Especialista en simbología corporal, esta discípula del antropólogo Lévi Strauss había constatado que la jerarquía en la representación de la diferencia sexual proviene históricamente de que las mujeres pierden su sangre sin poder impedirlo mientras que los hombres lo hacen voluntariamente (o accidentalmente) en guerras o en actos consentidos. De allí, Héritier dio un paso más: se ocupó de las leyes de intercambios de mujeres como modo de apropiación masculina del cuerpo femenino y de su fecundidad y comprobó que la “valencia diferencial de los sexos” está en el origen mismo de lo social: las mujeres fueron desde siempre consideradas esenciales para la supervivencia del grupo. La necesidad de desposeerlas de su capacidad de procreación, repartírselas entre los hombres y confinarlas a unas tareas domésticas previamente desvalorizadas –dice la autora en este nuevo libro– se debe a que “para reproducirse como idéntico, el hombre está obligado a pasar por el cuerpo de una mujer”. Desestimando interpretaciones que hablan de la envidia de las mujeres por el pene, Héritier explica que el origen de la dominación de un sexo sobre otro está en el control de esa “inexplicable” capacidad femenina de concebir por sí misma lo idéntico –mujeres– y lo diferente –varones–. De modo que para disolver la jerarquía lo primero es reconocer que las mujeres tienen derecho a disponer de sí mismas y de sus cuerpos: para Héritier el derecho a la anticoncepción y al aborto son la gran “palanca histórica” para cambiar la vida y las representaciones de las mujeres.

Foto: Juana Ghersa

¿En qué se diferencia este nuevo Masculi-no/Femenino de su investigación anterior?

–El primer volumen era muy etnológico, fundado en mi trabajo previo sobre las cuestiones relativas al parentesco, la alianza y el incesto: fue allí donde comprobé las constantes estremecedoras que significaban una inferioridad casi natural de las mujeres, incluso dentro del lenguaje. Entonces traté de entender de dónde venían esas representaciones universales que no tenían a las mujeres como sujetos de derecho, es decir, como seres libres de disponer de sí mismas y de su cuerpo y libres de acceder a los estudios y las funciones que eran propias de los hombres. El primer volumen describía más bien una situación y dejaba cierta sensación de desesperanza porque trataba de demostrar cómo esas cosas estaban anudadas desde los orígenes de la humanidad pensante, no por cuestiones biológicas, sino a partir de la reflexión que se hacía de ciertas observaciones. Pero luego comprendí que hubo en las últimas décadas acontecimientos mayores que abren la posibilidad de una igualdad, aun si no es para hoy mismo. Me refiero fundamentalmente al derecho oficial a la anticoncepción y al derecho al aborto, capaces de hacer cambiar el modelo de relaciones entre los sexos que llamamos arcaico en tanto modelo jerárquico y raíz misma de todas las discriminaciones y racismos. Si logramos cambiar el paradigma, se trataría de una revolución que implica el trabajo conjunto de varones y mujeres, y que puede llevar unos dos mil años, porque el modelo se construyó en alrededor de 750 mil años. ¡Si en dos mil podemos demolerlo es una gran cosa!

No suena muy optimista...

–Es porque las resistencias son muy fuertes y el modelo se transmite solo: cuando lo vivimos no lo pensamos y lo transmitimos a nuestros hijos desde que nacen. Por ejemplo, en una de las comunidades africanas que estudié pero que sirve para entender un modo universal, si el bebé varón lloraba había que acudir inmediatamente a atenderlo y, en cambio, si una bebé mujer lloraba el trato era otro. Esto supone que el enojo de un varón recién nacido es así por naturaleza: él es impaciente y hay que satisfacer rápidamente su demanda, mientras que una chica tiene que aprender a ser paciente la vida entera y hay que enseñárselo desde que nace. Esto crea dos tipos de individuos: los varones que piensan que es natural que se satisfagan sus deseos inmediatamente y las mujeres que están condenadas a la frustración. Además, otro problema que tienen las resistencias es que no podemos confiar en pedirles a los varones –en un espacio de dos o tres décadas– que renuncien a todos los privilegios que ellos consideran que les son naturalmente concedidos. Esto quiere decir que es necesaria una reflexión política común, especialmente al nivel de la educación, para descubir juntos cuáles son las ventajas para ambos sexos de la igualdad.

¿Cuál es la importancia de que “todo hombre tiene que pasar por el cuerpo de una mujer” para la instalación de la jerarquía sexual?

–Esto significa una cosa muy simple y es que los hombres no tienen la capacidad de parir. Incluso ahora mismo hay investigaciones médicas para ver en qué medida los hombres podrían gestar o estar embarazados. Eso sólo podría hacerse utilizando muchos medicamentos contra el rechazo, me refiero a un rechazo como el que produce el organismo ante un órgano implantado. Y esto sólo puede hacerse en tejidos en los que sería sumamente molesto, por ejemplo en los testículos y en el peritoneo. Es decir que incluso ahora la gestación para hombres es difícil. La idea es que la humanidad a lo largo de la historia se hace preguntas acerca de lo que ve y no tiene otra manera de responderse que por medio de su cerebro y sus sentidos. Cuando intenta dar respuestas racionales a situaciones que no son comprensibles y que parecen injustas lo hace a través de mitos. Hay muchos mitos que intentan explicar el misterio de que las mujeres puedan tener no solamente niñas sino también hijos varones. Porque gestar una hija es hacer lo mismo que una. La cuestión es que se ve claramente que lo mismo puede salir de lo mismo. Lo que se pregunta la humanidad es cómo hacen las mujeres para hacer lo diferente, lo que no se les parece. La respuesta histórica que se le dio a esta pregunta es que no es porque las mujeres sean todopoderosas que hacen seres distintos, sino que se debe a que los hombres ponen a los niños en ellas. Es una teoría que toma diferentes formas según las sociedades, pero siempre implica que es el semen el que aporta los hijos sexuados. Aun cuando el cuerpo femenino aporta su contribución para la gestación, el “plantado” viene de los hombres. Esta es la razón conceptual, compartida por ambos sexos, por la cual las mujeres fueron consideradas como un recurso de altísimo valor. De allí la preocupación de procurar que los hombres las tuvieran y conservaran para tener hijos varones. El resultado es toda una serie de reglas universales que suponen que los varones tenían ya autoridad sobre el cuerpo de las mujeres, de sus propias hijas y de sus hermanas.

De allí las reglas de parentesco...

–La prohibición del incesto los obliga a no conservar a las mujeres para ellos y sus grupos consanguíneos porque podría llegar a darse el caso de que carecieran de mujeres y el grupo mismo desapareciera. Más valía hacer vínculos con otros grupos consanguíneos a través del intercambio de mujeres. Esto es lo que llamamos exogamia. Si esto se redobla a través de lazos jurídicos y lo llamamos matrimonio y repartición sexuada de tareas, obtenemos lo que está en la base de la sociedad: que las mujeres son este material de reproducción, además de material sexual y laboral, y que por tanto hay que confinarlas a esos ámbitos. Por esto, en la mayor parte del mundo, hay aún tres grandes privaciones para el género femenino. No hablo en cantidad de personas, sino que me refiero al número de sociedades. Primero, la privación de la libertad, sobre el propio cuerpo femenino. En la mayoría de las sociedades las mujeres no pueden decidir si van a tener hijos o no y cuándo, y cuando están embarazadas son forzadas a llegar a término. La segunda privación es al acceso al saber y la enseñanza, para obtener la sumisión y, muchas veces, la adhesión completa de las mujeres a esa situación de sometimiento. La privación al acceso al saber está presente en la mayor parte del mundo, aun cuando las estadísticas de la Unesco nos muestran que las chicas acceden a la escuela: hay que tener en cuenta que esas estadísticas hablan de la entrada pero no de la salida. Una tercera gran privación es la del acceso a funciones de autoridad, sean políticas, económicas o religiosas. Por eso, más allá del resultado, le doy importancia a la candidatura de Ségolène Royal y a que haya sido relativamente respetada. Porque ese techo de cristal existe siempre en el mundo político, empresarial y universitario para las carreras femeninas.

Usted, a diferencia de ciertas posiciones extendidas en el debate europeo, dice que la prostitución no es un trabajo. ¿Por qué?

–Para mí éste es un debate crucial. Hablé recién de la satisfacción inmediata de las necesidades esenciales que se les ha dado a los varones desde niños y que los habitúa desde siempre a tener sus pulsiones satisfechas al instante. Esto lo comentaba a propósito de cuando tienen hambre, pero lo mismo sucede en el plano sexual. Las leyes sociales hacen que no sea tan fácil para un hombre tirársele encima a cualquier mujer, porque las mujeres siempre pertenecen a un padre, a un hermano, a un marido e incluso a un hijo varón. Esas mujeres están protegidas por hombres y por eso el crimen del adulterio o la violación es considerado generalmente como un ataque al honor de esos hombres que rodean a la mujer. Aquí verdaderamente estamos en el origen de las diferencias entre dos tipos de mujeres. Una, con quien un hombre se ha casado para tener hijos y otra que brinda a cambio de dinero placer sexual. Y pagar en este segundo caso sería no tanto pagarle a esa mujer, sino a su entorno: al proxeneta y las mafias de la prostitución. Para mí es evidente que las mujeres que están en situación de prostitución son la respuesta a la fuerte demanda masculina. Esta respuesta es tal que a los Estados y a los individuos en general les parece normal que haya cuerpos a su disposición. Por esa razón no puedo ni quiero pensar que la prostitución es un intercambio libremente consentido. Lo que hay que cambiar de fondo es la idea de que la pulsión sexual masculina es tan irreprimible y tan lícita que inmediatamente hay que satisfacerla y que, por tanto, hacen falta cuerpos para esto.

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