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Viernes, 27 de septiembre de 2002

TELEVISION

A su manera

Valeria Bertuccelli se hizo camino desde las márgenes del teatro y el cine hasta recalar, ahora, en una de las telenovelas de la tarde. Esta actriz medida y austera corre riesgos, según ella misma relata, cada día: su desafío es sumarle al formato de la novela sus propias herramientas y su propio recato, en lugar de ser tragada por el engranaje de la sobreactuación.

 Por Sandra Chaher

La fisonomía de Valeria Bertuccelli tiene una coherencia con su estilo de interpretación y hasta con su mirada del mundo. La piel es muy, muy blanca, las cejas y el pelo tupido y grueso son negro azabache. El cuerpo es menudo, delicado. Su aparición pasa casi desapercibida entre las mesas del bar. Y para expresarse apenas sube unos tonos el registro que les da a sus personajes, interpretados con una inmensa economía gestual, una austeridad cargada de sutilezas. No es de las actrices que impactará en una primera escena, hay que seguir los movimientos de sus manos, las caídas casi imperceptibles de ojos, el destino de su mirada y los estremecimientos leves, levísimos de su cuerpo para descubrir las cualidades del personaje que interpreta.

“Nadie volverá a sufrir por los viajes”, dice con el falsete con el que payasea de a ratos. Valeria tuvo un papá empresario que viajó mucho por trabajo. “Por eso digo que los viajes marcaron bastante mi vida, por la ausencia más que nada. No se usaba viajar con la familia en ese momento. Y entonces, qué sé yo, recuerdo el teléfono, cuando él llamaba... aparte de que los llamados eran carísimos, así que sólo llegabas a decir: ‘Papáaa...’, y después estaba el satélite, sentías que las palabras subían y bajaban al otro lado del mundo y tenías que esperar.”
Ese papá murió cuando ella tenía 20 años y dejó una ausencia menos verbalizable que la anécdota del teléfono, una soledad en la que por pudor uno no se mete, pero que percibe. “A mí me encanta viajar; mi marido viaja un montón y a mí me agarra que quiero que vayamos a todos lados juntos. Tenemos toda una planificación para hacer coincidir los tiempos nuestros y los de Florián también. Es ‘adaptemos nuestra vida a estos viajes’. Aún siendo Florián más grande, y quizá teniendo yo trabajos continuos como ahora, vemos todo el tiempo cómo conciliar. Buscamos que cuando yo trabajo a full, él esté en parate, al menos que esté en Buenos Aires, y que sus giras sean cuando yo paro. Esta sensación de no querer separarnos me agarra más por mi hijo que por mí. A mí me encanta viajar los tres juntos. Y obviamente, aparte de que yo extraño si Gabi se va, es toda una cosa para nosotros saber que Florián lo extraña y que a la vez yo estoy trabajando, no sé, es demasiado.”
“Tengo algo de lo que no soy muy consciente, pero debe ser una especie de cábala, que es que si digo: ‘Voy hacia eso’, algo me hace ruido. No quiero buscar las cosas de esa manera. Yo me empecé a dar cuenta de que mi carrera era sólida, pero lenta, cuando la gente me lo empezó a decir. Y creo que tiene que ver con no haber buscado las cosas. Es como que alguien me llamaba para trabajar en tal programa, o tal película, o tal obra, mientras yo tenía a Las Nervio (un dúo cómico con Vanesa Weimberg que fue de las delicias del Parakultural a fines de los ‘80), o después el proyecto con Rosario (Arlés 1888, una obra teatral que montaron con Rosario Bléfari). Yo no busqué las cosas que fueron sucediendo.”

“Con Rosario principalmente somos amigas. Yo soy la madrina de su hija.” Se conocieron cuando Valeria volvió de París y Vivi Tellas las convocó para hacer Los fracasados del mal. Encontraron una veta emocional y profesional común y la siguieron. Un tiempo después estrenaron Arlés 1888, sobre la relación entre Vincent van Gogh y Paul Gauguin, y empezaron una relación que, aun con períodos de ausencia física, mantiene la solidez y creatividad probablemente amadrinada por una forma parecida de entender las reglas del mundo.
“Ahora estamos haciendo algo juntas, pero con unos tiempos rarísimos. Igual que Arlés, nunca ninguna dijo: ‘Estamos ensayando’. Siempre es encontrarnos, ir viendo e ir redondeando, y en un momento decimos: ‘¿Pedimos una fecha y lo hacemos?’.” Esta vez todo empezó con una carta que Rosario le mandó a Valeria por e-mail, y Valeria quiso contestar, y de las idas y vueltas el retoño se volvió arbusto ancho y alto. “Hablamos de los deseos, cuánto de los deseos se cumplen por desear, si es mejor desear o hacerse el distraído; o de los camiones de basura y lo que la gente tira a la basura; de la amistad, de la maternidad, de los gérmenes, de la ropa. Son cartas entre dos amigas, pero creo son textos unisex.”
“Creo que lo que pasa es que lo que ella hace me inspira. Sus letras, sus poemas, todo lo que me manda, una carta, un comentario. Siempre hay algo que nos dan ganas de hacer juntas. Pero me parece buenísimo ese modo que tenemos, me parece que tiene que ver mucho con cómo son estas dos personas, muy... anárquicas. A mí me angustia mucho cuando con alguien decís: ‘Nos juntamos y empezamos a ensayar’. Cuando los actores nos ponemos todas las tardes... me agarra como...”, y una vez más, apelando al clown que dejó en Las Nervio, pero que perdura, se agarra el cuello simulando ahogo. “Me pongo a pensar: ‘¿Y si estamos haciendo esto y después no me va? Digo los proyectos de autogestión, no de cuando todo un elenco se pone a ensayar una obra o una película.”
“Sí, me da miedo el compromiso”, dice sincera mirando hacia abajo, simulando vergüenza por la confesión. Así y todo, esta mujer lleva, a sus 32 años, más de ocho en pareja con Vicentico, se casó en una ceremonia solitaria en Miami, pero no importa, su firma está estampada en un registro civil, tiene un hijo, y desde hace unas semanas tiene el protagónico de una tira diaria por Telefé, lo que implica grabar 35 escenas por día. Pero todo pasa acompasado por una melodía de presente que se toca con las notas del día a día.
“Es cierto que yo también soy muy prejuiciosa con el género telenovelas, como los demás. Cuando acepté hacer ‘Máximo corazón’ tenía muy claro que no quería después estar lamentándome. Si era mi deseo, lo iba a escuchar. Y acepto entonces que soy una persona a la que también le gusta hacer una tira.”
Con “Máximo corazón” llegó un reconocimiento del medio que a Valeria la enoja admitir. Es la heroína de una telenovela, lo cual le da una masividad, protagonismo y proyección que hasta ahora no había tenido y que le gusta; es más, es una de las razones por las que aceptó. No sabe qué puertas podrían abrirse, pero “Máximo corazón” ya está vendida a varios países, y desde que la pasaron a las dos de la tarde se estabilizó en el rating. Pero ella dice: “No es la primera vez que protagonizo, yo hice ‘Cuatro amigas’ el año pasado, y es como si recién te descubrieran”. Un enojo sin fundamento. Es una actriz excelente, pero es la primera vez que tiene la oportunidad de probarlo ante tanto público, con la presión del rating amenazando sus certezas actorales, y con una producción paciente, pero expectante.
“Yo me imaginé que podía hacer algo que a mí me interesaba con Luján, mi personaje, no sé si me va a salir (risas). Ahora vengo, por ejemplo, de grabar con Jorge Marrale escenas donde, bueno, le tengo que decir que no lo amo más, pero no como una pareja que se junta a tomar un café y se lo dicen casi amablemente sino en tono de drama, que sea un horror realmente decírselo. Y para mí era un entrenamiento estar en ese estado. Que hubiera escenas donde decís: ‘En ésta me tengo que mandar, aunque esté muy arriba’. Porque tenía mucho miedo de sobreactuar. Creo que el desafío es ver qué escenas requieren contención y en cuáles sí hace falta que te vayas al carajo. Hay algunas que con Jorge decimos: ‘En ésta, mandémonos’, porque si no, no tiene sentido, es lo que pide la telenovela como género. Y ese correrme de mi registro habitual es lo que yo siento que es riesgoso para mí, que tengo que aprender a manejar. También me di cuenta, pero recién en estos últimos días, y eso me dio una gran felicidad, de que aunque yo actúe una escena ahí arriba no la voy a hacer como Andrea del Boca o Carina Zampini, no me va a salir nunca, aunque quiera. Que yo cambie de tono no quiere decir que cambie la manera de actuar.”
“Ser la heroína me entusiasmó y me preocupó a la vez, y también me angustió en un momento porque sentía que me quedaba corta. No puedo contar todo lo que quiero en cada escena por la velocidad con que se graba, y porque es otra la mirada. Se va más al efecto que a los detalles del personaje. También aprendí que los planos son diferentes que en un unitario, los finales de bloque y de capítulo también, y hay cosas que en ese marco no tienen efecto, porque la cámara no está tomando ese mínimo detalle que vos hacés, se pierde. Tuve que caer en cómo se estaba contando la historia.”

“Coincido con vos en que mi forma de interpretar podría definirse como austera, con sutilezas. Te agradezco la definición”, y de nuevo apela a un tono particular, esta vez actuando timidez. “Formarme así fue un poco una reacción a un estilo de actuación de los actores argentinos. Sin necesidad de irte a Andrea del Boca, en las películas argentinas también se llora. Son interpretaciones muy sobreactuadas, cargadas de esa escuela que pasa de actor a actor.”
“Es algo que creo que fui encontrando sola. Con Las Nervio hacía números cómicos, donde mi estilo era, no sé, muy de comedia exagerada. Y en un momento me cansé de eso, entré en otra cosa, y fui probando. Y también las interpretaciones son según lo requiera la situación. Una cosa es trabajar con Martín (Rejtman), y otra el personaje de Alma mía, que es una interpretación bastante corrida de esta austeridad de la que hablamos. Y las dos me atraen.”
“Pero, por esta forma que tengo, yo no soy mucho de armar los personajes en el sentido de incorporarles características que sabés que pueden seratractivas o efectistas sino que digo: ‘Yo sé cómo es, y si soy sincera, me juego por eso, no le busco artilugios’. Es lo que hace Mercedes Morán en La ciénaga, no hay una pizca de más. Pero tenés que bancarte, porque no todos notan lo que hacés, vas por un camino por el que podés pasar desapercibido.”
“Hoy tuve una escena con Marrale de ésas en las que tenés que poner todo, y cuando terminé me dijeron: ‘¡Por fin soltaste!’. Yo sentí que me halagaban, pero también me estaban diciendo que antes no había sucedido. Y antes no podía suceder, y quizá para mí era un riesgo que sucediera en el capítulo 20 y no en el 2. Pero en el 2 Luján no tenía idea de lo que le pasaba, y dudaba todo el capítulo. Y en el 3, si le empieza a pasar algo, no lo admite, de lo que se va a dar cuenta el 30 por ciento de las personas que la están mirando porque encima no lo niega diciendo: ‘No, no, no’, no es obvio. Hasta que llega un capítulo en que sí la escena requiere que ella se parta y se quiebre. Y sí, siento presión dándome estos tiempos. Hay mucha gente pendiente de que sucedan cosas: autores, directores, productores. Pero lo único que puedo hacer cuando me angustio es decirme: ‘Yo sé por dónde estoy yendo. En algún momento va a suceder... Ojalá les guste cuando suceda’.”

“Yo creo que a Martín (Rejtman) le pasa con sus películas lo que a mí me pasa con la interpretación. Lo que él hace es como un rechazo al cine anterior. Podría decirse que la forma de interpretación que pide Martín es totalmente coherente con los guiones de sus películas, donde los hechos también son medidos. Y que ésta sea la forma de ver el mundo que él tiene. Y yo coincido con esa forma de ver el mundo, bastante. En Silvia Prieto eso se ve re-claro. No podés decir que a un personaje lo mueve algo más que vivir, que estar. Creo que es una mirada, sobre todo sobre los jóvenes, muy buena. En Rapado no sucede nada especial. No es que están en las drogas o algo así, pero hay, no sé, como una tristeza. Es como que lo triste es que no ocurren grandes cosas. Como si él dijera: ‘Lo lamento por todos, pero en la vida no tiene por qué suceder nada, ni bueno, ni malo, ni nada’.”
“En Los guantes mágicos pude relajarme y disfrutar mucho más que en Silvia Prieto. Antes me pasaba que, aun teniendo un estilo de actuación que se ajusta a lo que él quiere, pensaba todo el tiempo si no me estaba quedando muy corta con la interpretación. Es cierto que con él es el director con el que más cómoda trabajé, pero no siento que mi tono ideal sea el que hago en sus películas. Alguna vez dije que me gustaría filmar también con Lucrecia (Martel), con Almodóvar y con Favio. Favio ya no filma, es una pena pero, lo mismo que Almodóvar, tienen esa cosa pasional, y aunque parezca que es un registro muy diferente del mío, yo también tengo esa parte dentro. Por algo estoy haciendo la telenovela”, y ahí está de nuevo una de esas salidas, ahora pícara, que le sube desde la garganta y le hace revolear los ojitos.

“Me da cosa hablar de mi marido porque es como: ‘¡Ay, qué divino es’, pero la experiencia de la peli fue bárbara.”
“Como yo estaba grabando, llegaba a casa y nos teníamos que ir volando a los ensayos de Los guantes... Y como teníamos escenas juntos, y con Martín no podés no saber una coma del guión, nos sentábamos antes en un bar los dos a pasar letra. Y me gustaba compartir ese trabajo, esa parte de ensayar juntos. O salir de la filmación y sin darte cuenta terminar hablando del personaje de cada uno mientras vas rumbo a tu casa y a la vez le preguntás al otro: ‘Che, ¿hablaste con Florián, todo bien?’. ‘Sí.’ ‘Ah, bueno’, y seguir con la filmación.”
“Y después empecé a observar trabajando juntos, porque en Silvia Prieto no tuvimos escenas juntos, y veía cómo cada uno tiene modos muy definidosde concentración, de aprendizaje. El es una persona que aprende muy rápidamente todo lo que tiene alrededor, al rato ya sabe con qué lente están, y yo no sé cuánto hace que trabajo de actriz y nunca... las cosas me entran por ósmosis después de veinte años (risas). Y lo veía que iba solo y prendía el video para ver las escenas, y yo por ahí preguntando: ‘¿Nos pueden poner la escena para verla?’. También noté que yo soy más nerviosa, el rato antes de la escena ya estoy: ‘Bueno, vamos a empezar’. El puede estar mucho más relajado antes de la acción y después rinde lo mismo, y eso me daba mucha envidia y se lo decía (risas).”
“¿Hacernos reproches por alguna escena, o algo que hizo el otro? Ni en pedo. Ya normalmente que un compañero cualquiera te diga: ‘¿Cómo no me esperaste, que yo estaba diciendo no sé qué?’, es terrible para un actor. Creo que los dos sabíamos que si hubiéramos hecho eso, o dejado salir algo de neurosis, se hubiera ido todo al carajo. No, me parece que esto de la peli lo hicimos bien”, esta vez la voz es de nena aplicada, y con el mismo tono responsable agrega, riéndose: “...y a Florián también”.

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