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Viernes, 30 de noviembre de 2007

EXPERIENCIAS

El camino alternativo

De puro testaruda, María Bruzzone consiguió anotarse y competir en una carrera de caballos que dura dos semanas completas en la que jamás había participado una mujer. En el siglo de la tecnología, esta mujer adora dormir al sereno y viajar a caballo por caminos no señalizados.

 Por María Mansilla

En la marcha se ve la guapeza de los pingos, dicen en el campo. Por eso, María Bruzzone, hija del adorable pintor sanjuanino Alberto Bruzzone, no se conformó con ser sólo preparadora de caballos ni con tener ya suficiente pista donde mostrar su guapeza. Ella es parte de la Casa Museo Bruzzone, está a cargo de las visitas guiadas a nenes y nenas de entre 2 y 8 años. “Atiendo a 3000 chicos por año, vienen con chupete y todo”, cuenta. Con su marido, fabrican ropa de cuerpo; cuando el trabajo los supera, ella misma se pone a cortar y a coser. Tienen cuatro hijos. “Mi vida es bastante variada”, avisa. Y agrega: “Además, tengo en mi casa un corral donde está la yegua, a la que atiendo personalmente: le limpio la cama, la ensillo, la entreno, le doy la comida, todo”. Realmente: todo.

María Bruzzone vive en Mar del Plata, y hace tres años le puso el cuerpo a una experiencia tan brava, casi, como bañarse en la playa en invierno. Insistió e insistió hasta poder acompañar a la yegua que entrenaba a una súper competición... en la que no había participado una mujer en los últimos 50 años. Se trata de la Marcha Presidente Joaquín Amadeo Lastra, que hace unos días acaba de celebrar su edición número 60. María Bruzzone, por supuesto, también estuvo allí.

Foto: Luis Salanitro

“Empecé corriendo en Endurance, que son carreras de un día en las que la mayoría de los caballos son árabes o angloárabes. Luego surgió que de una cabaña de criollos me pidieron que entrene a un caballo, y a mí siempre me gustó el caballo criollo. Es ‘el’ caballo, ‘nuestro caballo’, y te produce eso: un amor total. Cuando empecé a entrenarlo, quise ir a correr con él también, y me decían que era una locura. ‘Estás loca, estás loca, estás loca’. Me lo había dado el veterinario del cabañero, el dueño no estaba enterado todavía.”

¿Por qué una locura?

–Porque eran todos hombres, porque hacía 53 años que no corría una mujer.

Fue preocupante para mí porque yo quería ir pero sabía que iba a ser casi imposible. Desde ellos pero, también, desde mi familia, desde mis cosas. Significaba irme por dos semanas.

¿Cuál resultó ser el ADN de la raza criolla... pero de los jinetes?

–Es difícil, sobre todo así, que fue la primera vez. Yo era la novedad. Apostaban entre ellos a que no iba a durar más que tres días. Encima, tenía el tobillo con una tendinitis y montaba del lado derecho. O sea: encima que era mujer, montaba de la derecha, ¡gringa total!, según ellos. Son machistas, pero obvio que me hacía la sorda ante ciertos comentarios. Es un ambiente de hombres. Tenés un 70% que son paisanos, trabajan en los campos; un porcentaje que son hijos y nietos de criadores, los dueños del campo, y otro porcentaje chiquito de gente a la que las cabañas contratan sólo para correr. Se quedaron más helados todavía cuando en mi debut clasifiqué sexta.

Y seguiste participando cada año. ¿Cómo te organizás para dejar tu casa? ¿Dónde te hacen dormir? ¿Tuviste que pelear un cuarto propio?

–Respecto a mi casa, puedo irme porque cuento con la gran ayuda de mi mamá. En la marcha del año anterior me había tocado dormir en un galpón bastante... húmedo, digamos. Este año estuvo más organizado: dormíamos en una casilla cosechera. Digo dormíamos porque también se anotó otra chica: Alejandra Amadeo Lastra; ella siempre quiso correr pero nunca se animó a ir sola.

¿No hicieron apuestas cuando ella apareció?

–No. La sorpresa había pasado. Ya entendieron que las mujeres vamos a seguir marchando y que vamos a ser cada vez más.

Durante la competición, ¿reciben el apoyo de las mujeres del pueblo donde se realiza? ¿Y el reconocimiento o la palmadita, al menos, de alguna institución?

–No. Las familias enteras van a la marcha, a mirar. Pero no tenemos contacto. Por otra parte, una vez, el municipio de Coronel Vidal me hizo un agasajo. Pero en Mar del Plata no están ni enterados de mi desempeño.

¿De dónde te salió esa testarudez por abrir el acceso a las mujeres a estas marchas, entre tanto gaucho?

–Evidentemente, lo llevo en la sangre. ¿Sabés por qué? Porque unas tías abuelas mías, en Polonia, criaban caballos puros de carrera. Después murieron en campos de concentración, obviamente no las conocí. Pero crecí escuchando que como a las mujeres les estaba prohibido correr, ellas tenían documentos falsos, se disfrazaban de hombres y corrían igual.

Te gusta viajar a caballo. ¿Cómo es eso, en pleno siglo XXI?

–Soy parte de un grupo de gente que viaja a caballo. Nos vamos unos días. Viajar a caballo significa llevar un equipaje indispensable, compartir la comida, estar en lugares donde no hay señal de celular, vivir el clima y soportar alguna tormenta... Yo no uso bolsa de dormir, me gusta dormir “al sereno”, como se dice cuando dormís no en carpa sino bajo las estrellas. Evitamos las rutas, nos gusta ir por senderos que han quedado abandonados; vamos parando donde nos gusta, tratamos de tomar el camino alternativo.

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