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Viernes, 7 de diciembre de 2007

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Chocolate por la noticia

Gonzalo Otálora es feo, ha escrito un libro sobre eso y ha descubierto que las imposiciones estéticas pueden ser una esclavitud si una o uno las persigue cual burro a la zanahoria. Huelgan los comentarios –basta con remitirse al título– si una es mujer. Por eso, desde la experiencia, es que se puede colar un tinte de venganza en la presentación de esta nota y dejar que el autor exude la herida machista que ya se leerá al final.

 Por Gimena Fuertes

Gonzalo Otálora no quería ser feo. “Primero me operé de la vista para sacarme los anteojos de culo de botella. Después me hice un implante capilar en el marote. Ahora tengo más pelo, veo bien, pero me di cuenta de que ya tengo arrugas, tengo bolsitas, y empecé a imaginar todas las operaciones que tenía que hacerme. ‘¡Ni loco!’, pensé, hice un quiebre y escribí ¡Feo!” En su primer libro este periodista recurre al humor, la política y a dolorosos recuerdos personales para pelearse contra las imposiciones estéticas de las publicidades de los cada vez más abundantes y variados productos de belleza para hombres. Declara que la belleza ideal “es una estafa”, por lo que en estos días se lo puede encontrar en las esquinas del centro porteño en búsqueda de firmas para solicitar un paquete de medidas de protección al feo entre las que incluye la imposición de un cupo del 30 por ciento del personal de cada empresa reservado a las personas que no cuentan con lo que llaman buena presencia, la regulación de los desfiles de moda y publicidad para que incluyan todos los perfiles y el uso moderado del programa informático Photoshop para edición de las fotos en medios gráficos.

“Hace cinco años me compré un libro que decía cómo debía ser un metrosexual. Explicaba cómo comportarse en una fiesta, cómo hacer dieta, sugería comprar tales vinos, mirar ciertas películas, era el manual del dandy. Y encima me salió 37 pesos, ¡una fortuna! Pero yo no quería vivir así”, explica Otálora. “Ser un feo sexual es una nueva forma de vida, es aquel que no vive pendiente del espejo o haciendo dieta, que no se pesa nunca, que va al gimnasio porque le hace bien pero no para sacar músculo, y que no se hace cirugías estéticas, y si se las hace sabe que no le va a cambiar la vida sino que es algo más. Es todo lo contrario a lo que hice hasta el momento”, asegura serio. “Si te sentís feo, podés cambiar tu aspecto. Me hice cirugías estéticas, fui al gimnasio, hice dietas sin importarme la salud y llegué a un lugar en el que me consideraba lindo y seguía sintiéndome desgraciado. Entonces, ¿cómo es la historia? Alcanzar la belleza ideal no trae la felicidad, es una esclavitud estética, si tomás ese camino cada día te sentís peor porque cada día sos más viejo, es una pelea perdida de entrada”, advierte en un impostado tono de vendedor de libros de autoayuda.

¡Feo!, que acaba de publicar la editorial Planeta, apela al humor como herramienta crítica. Pero muchas de las frases que desatan carcajadas, luego de una segunda lectura, fruncen el ceño. “Arranqué con un modelo biográfico, escribí unas páginas y un domingo a la tarde se las mandé a un amigo que no sabía nada de mi infancia y me dijo que había llorado de risa. Entonces empecé a escribir como loco durante meses, desesperado, anécdota tras anécdota. Hay muchas cosas que, por cobardía, no puse en el libro. Me reí, me emocioné, me enojé, y quise compartirlo. Las repercusiones fueron muy gratificantes. Me han escrito muchos varones, pero también me escribió una chica que sufría bulimia y anorexia y me dijo que la había ayudado mucho”, recuerda.

Foto: Juana Ghersa

En la solicitada publicada en un diario nacional, Otálora reclama: “Señor Presidente: ¿para cuándo el subsidio a los feos? –y agrega–, todo nos cuesta el doble y cobramos la mitad, nos arrebatan la autoestima desde la niñez, somos la última opción en el sexo y el amor”. “Escribí la solicitada al Presidente porque toda mi vida tuve que llamar la atención para que alguien me dé bola. Este libro es eso. Me llamaban desde los medios para plantear notas en joda pero después, sin querer, me salía el discurso de que el negocio de la belleza es una estafa, de que dejemos de juzgarnos frente al espejo, empecemos a querernos, basta de este modelo de belleza que a lo único que conduce es a la angustia para consumir, no podía parar.”

Gonzalo tiene 31 años y se presenta como “periodista, escritor y erotólogo autodidacta. En 2001 me quedé sin laburo. Las opciones eran hacerme la paja, leer, o las dos cosas, entonces empecé a comprar libros” y así fue como encontró trabajo como columnista de la historia del sexo en la FM Rock and Pop. Trabaja en los medios desde hace 10 años y hoy, en una trampa de las vueltas del destino o del mercado laboral, es coordinador de posproducción del programa infantil Patito Feo.

La gran estafa

Otálora, que señala que nació en el outlet de la sociedad, enfatiza que “la belleza ideal es una estafa que tiene como único objeto angustiar a la gente para consumir más productos”. En su publicación ataca a los medios, a la publicidad, a los boliches y a las grandes marcas de ropa y a todos los argentinos “¡que somos unos hipócritas!”. Con cierta inocencia parece haber descubierto algo que siempre estuvo allí, y que muchas mujeres ya habían puesto el ojo para advertir: las crueldades de las imposiciones estéticas. Pero en estos últimos años, en los que la industria cosmética y de indumentaria apeló a estos nuevos consumidores conocidos como hombres, es una de las voces que se alza a los gritos para poner freno a algo que, desde el género femenino, también parece injusto.

Gonzalo golpea la mesa de un café cuando avanza en su enojo: “Otro tema es la vestimenta: los diseñadores hacen ropa para modelos altas y flacas porque la ropa se luce mejor. Entonces que aclaren que esa ropa queda linda en gente así, que no me la vendan a mí. ¡Tengan dignidad! En Argentina estamos disfrazados de lindos. ¡No hay remeras preparadas para panzones!”.

“El que labura entre ocho y diez horas no tiene tiempo para invertir en su cuerpo, para ir al gimnasio –sigue, indignado, Otálora–. Pero, por otro lado, si yo tuviese plata y le dedicara seis horas al spa, tampoco sería lindo porque no estoy genéticamente beneficiado. Entonces, ¿quién define quién es feo y quién es lindo? Yo propongo mi foto y el que es parecido es lindo y el que no, feo”.

Pero Otálora parece haber descubierto otra variable que se cruza con la belleza, que es la hipocresía. “Hace dos meses en un boliche me rebotó el patovica, entonces viene un amigo y le dice al de la puerta que me deje pasar porque soy un productor de la tele, y me dicen ‘ah, señor, adelante’. Pero, si sos feo no podés entrar aunque seas presidente de la Nación, porque además de discriminación se combina con la hipocresía. Que pongan un cartel que diga: ‘acá entra gente linda’ y yo hasta lo respetaría, pero encima hay hipocresía.”

Las mujeres

“En el libro primero sostengo que las mujeres son unas hijas de puta por cómo me trataron durante toda mi vida. Pero después pienso que yo hubiese hecho lo mismo conmigo, porque todas las cosas que las mujeres consideren atractivas yo no las tengo”, se encoge de hombros. “Los feos somos eyaculadores precoces. Yo siempre estaba desesperado. Después de tanto esfuerzo para que alguien me diera bola, acababa rápido y las minas se iban a la mierda. Por eso ahora me pasé a lo tántrico”, aclara.

Ante la presunción de que la publicación de ¡Feo! es una herramienta de seducción que apela a la posible inspiración de lástima de las lectoras, Otálora lo niega porque según él las mujeres hacen dobles y triples lecturas. “Piensan: ‘ah, mirá qué pillo, escribiste este libro para que todas pensemos que sos un pobrecito y cogerte minas, por eso ahora no te vamos a coger.” Escribir un libro autobiográfico no trae ningún beneficio, es como andar desnudo por la calle. No tengo novia ni nada, y si pensaba que este libro me iba a hacer ganar grupies literarias, me equivoqué. Después de 31 años que vengo luchando para sacarme el mote de feo de la cabeza escribo este libro para que todos digan “eh, ahí va el feo”.

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