las12

Viernes, 29 de noviembre de 2002

ENTREVISTA

Ese no sé qué

María Martha Serra Lima canta boleros, un género musical en el que abundan las desgracias amorosas y los enamoramientos contrariados. Pero ella, que ahora está mucho más flaca, siempre fue una mujer segura en el amor. “Algo debo tener, algo que pasó por sobre lo físico. A los hombres los engancho con mi personalidad. Siempre fui muy exitosa en el amor”, dice, y remata: “Yo vivo de los bochos que me hago”.

 Por Marta Dillon

La voz se expande en la sala y la música cambia el clima de inmediato. La conquista es un juego de estrategia, lo sabe, por eso dejó para el final su carta más fuerte: el geloso, ese grabador de cinta que fue furor en los sesenta.
–¡Qué linda canción brasilera! –dice el muchacho– ¿Quién canta?
–Yo –contesta María Martha, displicente.
–Vamos, no puede ser, ¿quién canta?
–Yo, ¿por qué? ¿no me creés? –insistía ella antes de tomar la guitarra y cantar en vivo lo mismo que había grabado.
María Martha Serra Lima describe la escena como si hubiera sucedido demasiadas veces, como otras relatan los lugares secretos en que se ponen perfume, o ese desayuno especial que se prepara para despertar a alguien después de la primera noche. Es que su voz, dice, es como el canto de la sirena, “se acercan por eso y después los engancho con mi personalidad. Yo fui muy viva, muy viva. Y algo debo tener que pasó por sobre el físico. Algo debo tener con los hombres que con las mujeres no lo tengo porque no me interesan sexualmente, hay algo que despierto en ellos, los atrapo con mi personalidad. He sido una mujer bastante exitosa en el amor. También he sufrido lo mío, ni hablar. ¿Pero quién no?”.

María Martha es una mujer romántica, como corresponde a una cantante de boleros. No recuerda un solo día de su vida en el que no haya estado enamorada, de alguien en particular o de sus fantasías. Al fin y al cabo las mejores cosas siempre suceden en la imaginación. “Es cierto, la realidad siempre es un poco decepcionante. Yo vivo de los bochos que me hago. Mi imaginación es mucho más poderosa que el sexo mismo, tampoco tengo tantas historias sexuales. En cambio fantasías sí, tengo muchas. Me ayudan a cantar, me imagino que lo hago para esa persona que vi y me pareció lindísima, interesante, qué sé yo.” Es una técnica como cualquier otra para interpretar esas canciones desgarradas que componen su repertorio y que ella elige a propósito para ubicarse siempre en el lugar de la que sufre. No porque haya sufrido demasiado, de ninguna manera, no recuerda que hombre alguno la haya abandonado, es en solidaridad con las mujeres del mundo. “Porque a mí me encantan los hombres, pero que no te quede ninguna duda de que son unos canallas. Son unos atorrantes, se aprovechan de las mujeres en el 90 por ciento de los casos, nos toman como plato de segunda. Y mirá vos, dónde nos han llevado los hombres, al borde de la guerra atómica. La verdad, creo que llegó la hora de las mujeres”, se queja. Por eso, a sus amores, ella los quiere trabajando en pos de esos rodeos que exige un buen cortejo. “Ni aunque me cruzara con Richard Gere y él se enamorara locamente de mí haría las cosas rápido. No permitiría queme ataque en un ascensor aunque ésa fuera la última oportunidad que tuviéramos juntos. A mí me gusta que haya clima, que me convenzan, que me atiendan, nada de trámites rápidos.” Vaya imaginación, rechazar a Richard Gere. “Es que el sexo no me interesa tanto, soy una mujer apasionada, es cierto. Pero apasionada del amor. Yo tuve 22 novios antes de casarme, pero con ninguno tuve sexo. Me casé virgen, como se suponía que tenía que hacer en esa época, después de siete años de noviazgo.” Además de fantasiosa, María Martha fue una joven precoz, a juzgar por lo que dice, los 22 noviazgos platónicos debe haberlos acumulado antes de los 17. Después, entre matrimonio y matrimonio, tuvo otros amores. Entre ellos, Sandro, el más famoso y el más deseado de todos. “Pero la verdad es que ya no quiero hablar de él. Me han preguntado tanto que ya perdí el registro de lo que fue verdad y lo que inventé. Tuvimos algo, sí, él me conquistó hablando, porque cantando no me gustaba nada. ¡Pero era tan buen mozo!”

“A mi manera” es su canción fetiche. Es la que termina cada una de sus presentaciones, la que su nieta usa como sinónimo de shows. Le encanta, no sólo porque se acomoda perfectamente a su registro de voz, casi masculina de tan profunda, sino porque mirando atrás y viendo su vida entera, ella también se siente en paz por haberla vivido a su manera. Hace casi diez años dejó de festejar sus aniversarios y de confesar su edad, la fecha de su nacimiento es un secreto tan bien guardado como lo fueron en algún momento sus kilos. “Yo no me veía, no me daba cuenta, pero llegué a pesar 160 kilos, era un monstruo. No es que tapara los espejos, los tenía sólo para mirarme la cara. Me ponía enfrente, sujetaba la barbilla con una mano, tapaba la papada y me veía bien. De cara siempre me vi bien, pero estaba desfigurada.” Ahora en cambio la boca se luce sobre su rostro ovalado, lleva los labios delineados y untados de un rojo furioso, es la mitad de la mujer que se decía feliz a pesar de los kilos a principios de la década del 90. “Sinceramente, yo le agradezco a la gente que me haya perdonado, es increíble haber podido tener el éxito que tuve con ese cuerpo. Cuando veo fotos mías no lo puedo creer, no puedo creer que no se me hayan reído en plena cara.”
–¿Pero usted se reiría de una cantante sólo porque es gorda?
–La verdad es que no lo sé. Tal vez, yo no soy tan buena, ésa es la verdad. Soy demasiado perfeccionista.
También dice de sí misma que es una mujer de conducta, sin embargo hasta que no se llevó un buen susto no pudo cumplir con las dietas más allá de la primera semana. Era una injusticia, decía, tantos chicos sin comer porque no tienen nada y ella que lo tenía todo no podía comer.
–También es cierto que mis peores amores, los que me hicieron sufrir, los tuve cuando mejor estaba, cuando estaba más delgada... y no sé, tal vez pensaba que estar flaca no me hacía feliz, entonces comía.
–Prefería creer en el mito de las gorditas felices.
–Sí, pero es un mito. Cualquier gordo que niegue la discriminación, la incomodidad, el sufrimiento de ser obeso, está mintiendo. Pero no es tan fácil. Yo pude disimular durante mucho tiempo el sobrepeso, mantenerme en algún nivel soportable, el problema más grave empezó después de que me embaracé de mi segunda hija, cuatro meses después de nacido el primero. Ahí no pude bajar más. ¡Pensar que cuando era chica me daban tratamientos para engordar! Mi mamá me agarraba el bracito y lloraba, no podía ser que yo fuera tan flaca, en mi familia todos eran gordos. Mi mamá adelgazó 50 kilos una vez, imaginate cómo estaba antes.
–¿Usted relaciona ese tratamiento con la obesidad?
–No sé, lo que pasó es que a los once años tuve un problema con mi mamá y me mandaron pupila un año completo. Es algo para mí difícil todavía, porque ella se enojó conmigo porque le contesté pero esperó hasta la noche y en cuanto entró mi papá se puso a llorar a mares diciendo que no podía más conmigo porque era muy contestadora. Ella era una santa, pero especuló esa vez y a mí me costó mucho perdonarla. Me acuerdo que mi papá, unhombre veinte años mayor que mi madre, muy severo, se puso furioso y me amenazó con mandarme pupila. Yo me encerré en mi pieza y pensé que me moriría si sucedía. Pero así fue, no me morí pero engordé más de 26 kilos, supongo que por rebeldía.
María Martha nunca hizo análisis, ni ninguna otra terapia psicológica o psiquiátrica. No lo va a hacer, dice. Ella interpreta que engordó por rebeldía, sin embargo, a simple vista, su acto parece haber sido destinado a ser aceptada nuevamente en esa familia de personas corpulentas que sufrían de ver sus bracitos flacos. De hecho pudo por fin adelgazar después de que falleciera su madre; y cuando su salud, agotada por el sobrepeso, se lo exigió, claro.
Papá no la dejaba cantar profesionalmente. El lo que quería era lucirse frente a los ejecutivos de la Ford a los que invitaba a comer a su casa. Iván Serra Lima era propietario de la famosa agencia de autos que lleva por nombre su apellido. María Martha fue la única hija mujer de cuatro hermanos, la luz de los ojos de papá, un hombre rígido que también había entrenado su garganta y solía cantar como tenor en funciones a beneficio en el Teatro Colón y hasta en la Scala de Milán. La voz es un don y no se puede cobrar por entregarlo, decía, se canta para los amigos y punto. Y María Martha tenía que hacerlo, le gustara o no, cuando papá se lo pedía. Su repertorio incluía bossa nova, muchas canciones en inglés y rancheras mexicanas. “Las rancheras fueron mis maestras de canto, porque cuando una aprende a abrir los pulmones para cantarlas, a administrar el aire, después todo es fácil. Yo soy una autodidacta, se ve que tenía una facilidad especial, pero las rancheras fueron mi gran entrenamiento.” Una vez, se acuerda la cantante, su papá la inscribió en un concurso para aficionados –a beneficio de alguna entidad de fines altruistas, por supuesto– en el Hotel Hermitage de Mar del Plata, donde la familia pasaba las vacaciones. De casualidad la escucharon esa vez Mariano Mores, Hugo del Carril y Cecilio Madanes. “Quedaron asombrados, pensaron que yo era una profesional. Era tan alta ya que ni siquiera se habían dado cuenta de que sólo tenía 15 años.” Ahí mismo le ofrecieron participar del programa “Luces de Buenos Aires”, con Tita Merello. “Pero yo era muy tímida, además mi papá no me iba a dejar.” Y no, no lo hizo. Cecilio Madanes se lo contó muchos años después. Dice que insistieron con Don Serra Lima, que no se podía perder la oportunidad de lucir esa voz privilegiada. Pero no hubo caso, papá no quería exponer a su hijita a la corrupción del mundo del espectáculo. “Lo gracioso es que incluso cuando ya era una profesional seguía siendo una inocentona. Nunca me daba cuenta de nada, no sabía lo que era la marihuana, ni la cocaína, ni nada. Por ahí me decían que en ese boliche que yo cantaba se vendía droga en la barra, pero yo nunca me había dado cuenta. Seguramente esconderían las cosas cuando yo pasaba. Solamente una vez vi una pila así de cocaína, en México, mientras grababa un disco. Pero eran todos muy respetuosos, se iban a tomar al baño.”

No recuerda ni un solo fracaso en su carrera de cantante. Su voz es un embrujo, así como conquista hombres, también supo atraer al público y a los empresarios. Al principio de su carrera le gustaba colgar los premios y los galardones que le valían las ventas de sus discos, después sus hijos le pidieron que los quite, eran demasiados, la casa empezaba a parecerse a un museo. “Nunca busqué el éxito, pero el éxito siempre me acompañó, a todos lados. Seguro que alguna cosa me habrá salido mal, pero una siempre encuentra excusas para eso, así que no se cuentan como fracasos.” Su carrera empezó después del fallecimiento de su padre, después incluso de que se separó de su primer marido. Ya no había nadie que la controle, nadie que le dijera lo que tenía que hacer. Se pasaba el día dando clases de guitarra o de alguno de los cinco idiomas que hablaba y escribía con fluidez. Había dejado la escuela a los 15, porque quiso, y su padre se encargó de que todas sus horas estuvieran ocupadas. Así fue siempre,cuando dejó de tomar diversas clases, empezó a darlas. Uno de sus alumnos, justamente, fue quien le dio el empujón que necesitaba para confrontar su voz con un público anónimo. Invitó a cenar a los dueños de Le Privé –”un boliche de onda”– a la casa de María Martha y a pesar de las quejas ella ofreció su show privado. “Cuando vi que los tipos empezaban a mover las piernas, a escuchar, me agrandé y me canté todo.” Quedó contratada por un show que se repitió semana tras semana. “Era 1976, una época durísima, por ahí estaba cantando y se escuchaba: ‘¡Todos contra la pared!’. Dos veces pasé la noche en cana, una con Graciela Borges. Nos llevaban en un micro Chevallier y nos tenían hasta las ocho de la mañana.” María Martha se ríe cuando se acuerda de que en esas primeras presentaciones la comparaban con Janis Joplin, ni siquiera sabía de que le hablaban, nunca le gustó el rock. “A mí me gustaba la música country, pero nada más, me gustaba la música tranquila, que se pudiera cantar y disfrutar. No tardé mucho en dedicarme al romanticismo en todas sus formas. De Le Privé me robaron los dueños de Afrika, otro boliche de onda, en el hotel Alvear. Y desde entonces no paré, trabajé como una burra. Me iba en mi auto de un lugar a otro, cantando en todos. En Michelangelo, donde estuve cinco años, al principio estaba mezclada en medio del show de la casa, cantaba cinco minutos y esperaba tres horas hasta la próxima entrada, era agotador.” Después empezaron las giras, los teatros, el gran público. “A veces pasaba meses fuera de mi casa, casi no vi crecer a mis hijos. La otra vez escuché al varón decir que su mamá fue la empleada. Me enojé mucho, porque es cierto que no estaba ¿pero acaso me estaba divirtiendo? No, trabajaba, para pagar sus colegios, sus gustos, sus aparatos de música. Yo creía que no me lo iban a reclamar, pero me acuerdo de que Mirtha Legrand me dijo un día: ‘Descuidate, querida, porque siempre te van a reclamar, ya vas a ver’. Y sí, de eso no zafamos. Pero no tengo ninguna culpa.”

“La verdad es que yo no aguanto mucho a los hombres, me caso enseguida, me aburren o pretenden sacarme de mi vida y eso no lo soporto. Después que me separé de mi primer marido tuve una pasión con un muchacho pobre, de Lincoln, que después se hizo compositor. Estuvimos dos años, si hubieran sido dos años y un día lo hubiera matado. Porque él estaba pendiente de mí, venía en las giras y quería que saliéramos juntos, qué sé yo. No se daba cuenta de que estaba trabajando. Años después me casé con Horacio, mi marido actual, creo que con él vamos a terminar como los caballitos de mar, juntos, con los más y los menos. Pero esta vez fui más inteligente, más viva, porque en cuanto me empecé a hartar decidí que viviéramos en casas separadas, para que dure más. Convivir es la tumba del matrimonio, te lo aseguró. Además, a mí me gusta llegar a mi casa y estar sola, hacer mi vida tranquila y en paz. Si no te pasa que llegás a la noche y él se mete en el baño, no hay nada que me reviente más que eso.” Las casas separadas, en Miami, fueron la salvación de un matrimonio que habla mucho por teléfono y pocas veces comparte la cama, las pocas veces en que se da la ocasión. No sabe de qué depende, sencillamente, a veces sucede. Su marido es también su representante. Es abogado, antes de conocerla se dedicaba a la profesión, después, todo cambió. “Dejó todo por mí y yo se lo retribuí muy bien”, dice ella y se jacta de lo bien que los dos manejaron su carrera, como si hablara de un hijo en común al que criaron y engordaron juntos. Ella fue la primera en salir a buscar mercados más allá de las fronteras nacionales y su asociación con el Trío Los Panchos, con los que cantó 17 años, la llevó por el mundo haciendo soltar lagrimitas por los amores perdidos. La verdad es que ya no le interesaba cantar con nadie más, no es algo que le guste demasiado. Le resulta un poco pesado eso de tener que combinar los registros de voces, los repertorios, a ella le gusta andar a su aire. Pero los dúos resultan, sabe que es una manera de renovarse, son buenas ideas de la producción, ideas comerciales que ella acepta porque es parte de la “inteligencia” necesaria para manejar una carrera exitosa. “Me he vuelto un poco egoísta con los años. Cuandobajé de peso cambió mi personalidad, ya no soy tan buena, ni tan condescendiente. Antes parecía que era la madre de América, siempre tratando de solucionar los conflictos, como si fuera una mamá. Ahora no, ahora pienso más en mí. A lo mejor ésa era mi verdadera personalidad y necesitaba ocultarla para que los demás me acepten. A lo mejor lo de antes era sólo inseguridad ¿no?.”

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