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Viernes, 31 de octubre de 2008

TEATRO

Una relación particular

Las dos se conocían por sus obras como dramaturgas, directoras, actrices. Mujeres formadas para hacerlo todo por sus propios medios –incluso diseñar las estrategias que exigen los hijos y las hijas–, Inés Saavedra y Ana Katz confiaban la una en la otra antes de encontrarse personalmente y representar en el escenario la difícil relación de una madre y una hija en un mundo donde las apariencias importan. Y mucho.

 Por Moira Soto

Aunque nunca se habían encontrado previamente, no fue una cita a ciegas: Ana Katz conocía y apreciaba las obras de Inés Saavedra, y al revés. Es decir, ellas se conocían por sus frutos, ya que ambas son dramaturgas, directoras, actrices (Katz es además cineasta). De modo que cuando Inés (Cortamosondulamos, Divagaciones, Los hijos de los hijos) llamó a Ana (El juego de la silla –obra que trasladó al cine–, Lucro cesante, el film Una novia errante), hubo acuerdo sin vueltas, salvo el embarazo de Katz y el nacimiento de la bella Elena. Ahora que Revolución de un mundo está en cartel con su certeramente cáustico retrato de cierta tilinguería argentina, resulta imposible imaginar a otra Madre o a otra Hija en ese desopilante diálogo de sordas. En verdad, tampoco parecen reemplazables Abian Vainstein (el Padre), Diego Gentile (el Hijo de), César Rojas (César), Mariano Mandetta (el organizador de fiestas). Un elenco intachable que actúa en la ambientación ajaponesada de Dolores Saavedra, con vestuario de Cristina Villamar y Cora Rezk, bajo las luces de Eli Sirlin, con el diseño sonoro de Bárbara Togander. Damián Dreizik, desde la codirección moderó y supervisó.

Convocada por Inés Sanguinetti, Inés Saavedra se ha sumado recientemente a las actividades de la Fundación Crear Vale la Pena, “porque me conmueve el trabajo que hacen, la ideología y el amor que hay detrás, esta convicción de que el arte debe ser para todos. Me encantó que Sanguinetti me invitara a participar con gente del ballet del IUNA en un festival del Perú. Me entusiasman estas redes en funcionamiento, esta manera de reunir aportes de gente que piensa del mismo modo, que está en la misma búsqueda. Me importa mucho asumir esta proyección del trabajo a través de canales eficaces, de hechos concretos. Además de lamentarse y compadecerse porque existen tantos excluidos, creo que hay que mover la bola: salir del egocentrismo del frasco, de ese recorrido habitual –el estreno, la prensa, el público entrenado que se acerca porque puede pagarse una entrada– y contribuir a abrir algo transformador en lo social, desde lo artístico. Que Revolución... cierre las jornadas de reflexión de Crear, el 18 de noviembre en el Palacio San Miguel, para recaudar fondos me da mucho orgullo. Y he puesto todos mis espectáculos a disposición de esta fundación”.

Ana Katz se incorpora más tarde a la entrevista, llega sonriente aunque un poco agitada: “Es que todavía estoy descubriendo que la vida de la mujer moderna con hijos es de una estrategia constante, de una necesidad absoluta de organización. Estoy impactada por la inteligencia extra que hay que desarrollar”. Tanto trajín no le impide a Katz haber empezado a escribir el guión de su próxima película, para la que ya están apalabradas Rita Cortese y Graciela Borges: “Se trata de una pelea importante entre hermanos, una historia de amor-odio familiar. Estoy en busca de la parte masculina del plantel...”.

–Inés, ¿qué tenías de la obra cuando te presentaste a la convocatoria del Instituto Nacional de Teatro?

–Estaba por cerrar la inscripción, había que mandar el material y me presenté. Premiaron diez espectáculos, entre los cuales estaba Revolución de un mundo. Tenía escenas escritas y me tuve que sentar para redondearlo. Quería que hubiera ironía, que la obra no fuera complaciente en ningún momento, que se alejara de toda tibieza. Empecé a armar la estructura dramática con la sucesión de los temas de Barbra Streisand elegidos: la obertura, la escena de la Madre y la Hija, la escena de los perros, los agradecimientos, los ringtones... Todo pautado por esta cuestión de lo musical. La obra había empezado a asomarse tiempo antes, había algo de ese mundo sobre lo que quería hablar. Resulta que el mismo verano que vi el especial de Barbra Streisand estaba pasando las fiestas en un country y se accidentó mi hijo Teo, atravesó un ventanal. Cuando empecé a trabajar en la obra tenía presente el momento del estallido de los vidrios. Ese momento de corte: está todo bien y enseguida está todo mal. El episodio de mi hijo terminó bien y en parte me inspiró, fue sublimado en la obra.

–¿Cómo definirías ese mundo al que querías referirte?

–El del no umbral de las palabras: cuando en las estructuras de lo social, tanto en el terreno amistoso como en el familiar, ya las palabras y los discursos pierden valor. Y lo que se dice no es lo que tiene sentido, y lo que tiene sentido no es lo que tiene valor, y lo que tiene valor no tiene peso... Un ambiente de una gran esquizofrenia, que no es sólo de una generación o de una clase social y que hace agua por todos lados. Con ese discurso donde no se profundiza en nada, todo queda en la superficie. Y quería que esa superficie hablara de algo en putrefacción. Al carecer las palabras de sentido, pueden la Madre y la Hija decirse cualquier cosa. Una, la Hija, puede expresar su deseo de suicidarse, y la otra puede estar recomendándole un baño de crema para el pelo. Dos líneas que no se cruzan nunca. También quería referirme a la relación madre-hija, todo un tema en sí mismo. Justo había nacido mi hija Fiona, Ana se queda embarazada de una nena en el transcurso del proceso creativo. Pensamos los resortes de una relación donde se pierde contacto, mutuamente no se registran. Cada una en su territorio, en el pequeño mundito de sus egos. En Revolución..., el único personaje que está al servicio del ego de los demás es obviamente el empleado de la casa, testigo de la debacle.

–Las canciones de Barbra Streisand se integran a la narrativa.

–Tienen que ver con cierta estructura vinculada a la comedia musical, que le da aire al relato y a la vez están integradas a la acción. Quería que en la obra tuviera tanta importancia lo que se cantara –esa especie de karaoke desenfrenado que hace la anfitriona– como las escenas dialogadas. Y que hubiera algo de la pasarela, por eso la puesta remite al desfile, con el público a los costados de frente al deck donde los personajes entran y salen, todo coreografiado, muy preciosista. También de las imágenes de la señal de cable E, donde todo el tiempo ves gente que se mueve y saluda para la cámara, siempre hacia fuera, que necesitan ser reconocidos públicamente para existir. Quería que esa cosa de estar afuera de estos personajes fuese algo por momentos insoportable. Que se viera ese entramado en su totalidad dando la percepción de que algo está por explotar.

–El discurso desquiciado del marido sobre los perros deja de ser divertido y se vuelve inquietantemente reconocible...

–Cuando le habla al empleado de las jerarquías humanas, sociales. Dice que los perros respetan las jerarquías y los humanos no. Sí, dice cosas tremendas. Para esa escena trabajé con un manual del ovejero alemán que tiene puntos en común con los libros de criaderos de todos los perros. Precisamente, la idea era que estos conceptos empezaran a llegar con cierto aire de liviandad humorística, para dejar luego ese sedimento de un show siniestro, que perturba un poco. Que nadie se vaya tranquilo.

–¿Te propusiste concretamente trabajar sobre la tilinguería argentina?

–Me gusta cuando el marido le dice a su mujer: “Lo que no tenés ahora, no tuviste, ni vas a tener es clase”. Ahí ella corta con las fórmulas sociales y le contesta: “Callate, alcohólico”. El le ha dicho justo lo que ella menos quería escuchar. También en el personaje del escritor está reflejado el esnobismo, cierta canchereada. Por suerte, trabajé con un grupo de personas muy inteligente para profundizar sobre la nada...

–Ana, ¿te tomó por sorpresa la invitación a Inés para estar en Revolución...?

A. K.: –Había visto sus obras, me había conmovido especialmente su creación sobre Silvina Ocampo. Y me alegró que me llamara, porque era ella y porque me encanta actuar y no siempre encuentro un lugar para hacerlo. Inés me envía entonces lo que tenía de la obra, me gusta realmente. Y me interesa el personaje que me propone, que tiene textos que me resuenan porque los reconozco (“estoy medicada, pero no loca”), que tienen que ver con ese no umbral del que hablaba Inés. Para mí, lo importante es la mezquindad y la falta de amor que el esnobismo y la superficialidad ponen en evidencia. Creo que esa gran alharaca está encubriendo una falta muy grande de intimidad, de afecto, de compasión. Es algo que a mí me perturba bastante en este momento. Cosas que oigo y que noto, por la reacción del entorno, que pasan inadvertidas. Pasan fácil la aduana, pero si se los escucha de verdad causan espanto. La obra pone en cuestión todo ese mundo y soy llamada como actriz, una convocatoria muy afortunada para mí: poder trabajar con una mujer que estimaba por su talento, por sus elecciones, su enfoque, además dentro de un equipo tan bueno.

I. S.: –El espectáculo necesitaba un grupo muy compacto de actores. Tenía que haber una afinación perfecta, cada personaje con su impronta, su registro, su color. Nos ayuda mucho que César Rojas sea cantante, ese tema final, “You Will Never Know”, para mí que estoy tirada en el suelo en ese momento, es como si lo cantara un ángel, tiene una impronta poética.

A. K.: –Me siento muy agradecida porque para mí Revolución... inaugura una etapa nueva, abre la posibilidad de entrar en la mirada de otro. De salir de mi mundo en cuanto dramaturga, directora, actriz que he interpretado y dirigido mis propios textos en otro momento. Me gusta diversificarme, para eso me preparé.

I. S.: –A las dos nos pasa que en general no somos llamadas como actrices porque habitualmente generamos nuestros propios proyectos, muchas cosas tienen que coincidir para que comulgues con el trabajo de otro. El saber que vas a tener un código en teatro es fundamental, el proyecto hay que sostenerlo con lazos muy fuertes. Contar con este equipo era imprescindible, pero también un poco un milagro.

Antes de entrar a la sala, hay que hacer un prólogo en el patio, donde un afectado party planner guía a los espectadores hacia las mesas donde pueden servirse chupetines de mozzarella ahumados en naranja, cintas de sésamo, cucharitas de vegetales con sensación de pimentón, licor de manzanas y cardamomo...

I. S.: –Sí, es como una invitación para entrar a ese mundo de las apariencias. Que tengas a alguien que te quiera organizar me parece pura alienación, que haya un party planner que decide los diferentes momentos. Durante los ensayos, todos contamos fiestas enajenadas en las que estuvimos con personajes como el nuestro. Como público, ese agasajo gastronómico te pone en el lugar de “Qué bien, no me lo esperaba”. Después te vas dando cuenta de que es parte del juego, y que este hombre Fabrizio está al servicio de la locura de los dueños de casa. Este servicio lo prepara Sebastián Tarica, de Olivas Ilustres, que queda cerca de la Maravillosa y es un lugar adonde se puede ir después a cenar con 40 por ciento de descuento. Sebastián admira a Ferrà Adrià y cuando estaba ensayando lo invité para que pensara qué se podía servir. Por supuesto, nada tradicional: en cada mesa hay un juego que remite a la cocina molecular. Esa tendencia reconstruye la cocina, un poco lo que después hacemos nosotros en la obra: deconstruimos un mundo.

Revolución de un mundo, domingos 19:30; lunes y martes a las 21. La Maravillosa, Medrano 1360, T. 4862 5458

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