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Viernes, 13 de diciembre de 2002

SALUD

en cuerpo y alma

Adriana Schnake es también conocida como “la Nana chilena”. Psiquiatra y socialista, se exilió en Buenos Aires apenas derrocado Salvador Allende y, aunque luego volvió a partir, su trabajo gestáltico, una terapia de origen psicoanalítico, es conocido y dejó huella.

 Por Sandra Chaher

La Nana es una mujer que necesita poca presentación en Buenos Aires. Psiquiatra, chilena y socialista, durante los años de dictadura de Pinochet pasó mucho tiempo en esta ciudad transformándose para los porteños en referente de la Gestalt, la terapia de origen psicoanalítico iniciada por Fritz Perls. Después retornó a su tierra, pero es como una argentina exiliada, siempre está volviendo. Y si alguna vez no lo hace, los argentinos la visitan en los veranos de Anchimalén, Chiloé, en el Centro de Crecimiento, Salud y Desarrollo que dirige desde mediados de los ‘80, y que según la leyenda fue donde se inspiró Marcela Serrano para escribir El albergue de las mujeres tristes.
Desde que empezó con la Gestalt, en los ‘60, Adriana Schnake trabajó especialmente sobre la enfermedad y la no separación entre los conflictos psicológicos y físicos que le traían sus pacientes. “Si alguien me contaba que tenía dolor de estómago o una úlcera, yo no le decía que fuera a hablar con el médico sino que empezaba a establecer la relación de ese síntoma con los supuestos conflictos, y lo enfocaba desde lo que había aprendido en la Gestalt, que era hacerlo hablar con la parte del cuerpo de la que se quejaba.” Este método, que proviene originalmente de la teoría de Perls, fue desarrollado por ella a tal punto que en México le pusieron su nombre. Y lleva publicados varios libros sobre el tema, los últimos: La voz del síntoma y Los diálogos del cuerpo. La técnica consiste en que de la misma forma en que en la Gestalt se pone al paciente en el lugar de la persona con la que tiene el conflicto –su pareja, su hermano, su madre– y se le pide que reproduzca una charla imaginaria ejemplificadora del problema, cuando el tema es la enfermedad, Schnake le pide que hable en nombre del órgano afectado.
La teoría de la que parte la Nana es que los órganos del cuerpo tienen cualidades y si la persona rechaza por algún motivo las características que simbolizan, ellos se declararán en rebeldía hasta que se los acepte como son.
–Tratar de esta forma un cáncer u otra enfermedad en la que esté involucrada la muerte debería implicar una enorme contención terapéutica, porque el paciente puede quedar muy en carne viva después de diálogos de este tipo.
–Para cualquiera de estos diálogos, por más que la enfermedad no sea delicada, siempre se requiere un entrenamiento y una relación muy importante con la persona, y también conocimientos de anatomía, para saber realmente cómo funciona cada órgano y cuando el paciente, puesto en el lugar del órgano, dice cosas que no están bien y uno pueda corregirlo. Pero la contención siempre es importante porque de lo que se trata es de conectar a la persona con una parte de sí misma. Ahora, yo creo que se necesita mucho más coraje para ir a un hospital que para enfrentarse uno solo a una enfermedad en un diálogo. Porque el coraje que hay que tener para meterte en un quirófano, dejar que te hagan exámenes que apenas te explican de qué se trata... la gente pasa mucho susto y no entiende lo quele están haciendo. En cambio, aquí sabe que va a hablar de sí misma con algo que tiene adentro. Asusta menos.
–Esto pasa cuando alguien decide hacer un tratamiento terapéutico. Pero por razones culturales, la primera reacción ante una enfermedad es delegar su tratamiento en los médicos. La mayoría de la gente no se pregunta qué parte de su emocionalidad puede estar en conflicto como para haberse enfermado.
–Es que aquí estás cometiendo un error. Cuando a ti te pasa cualquier cosa, tú quieres entender lo que te pasa, qué puede significar para ti. A lo mejor a la primera persona que querrías preguntarle es a una enfermera o a un especialista clínico. Yo sugiero que esas entrevistas se hagan también con un psicólogo. Por otra parte, es bastante corriente que recurras a los psicólogos cuando estás asustado por cualquier cosa que te pasa, incluyendo una enfermedad. No vas a que te trate sino a que te ayude a darte cuenta de qué te está pasando.
–Usted propone esta terapia de diálogo como curativa.
–Eventualmente, cuando hay cosas que pueden curarse con una entrevista. Pero yo no lo planteo como curación porque debes atender al mensaje que te está dando ese órgano enfermo y eso nunca acaba con la desaparición del síntoma, el mensaje debe seguir siendo trabajado. Por supuesto que esta terapia es una ayuda a la curación, pero la curación la hace el organismo, ni los médicos ni los terapeutas. Ahora, si la persona, el organismo, no se quiere curar, no lo hace con nada. Y si se quiere curar, es posible que lo haga mucho más fácilmente. Si tú puedes entender el sentido que tiene para tu vida que te enfermes ahora de esto y no en otro momento cualquiera ni de cualquier otra cosa, eso va a ayudar a la curación. Lo cual no quiere decir que si además hay que operarte lo harán en el hospital.
–¿Su experiencia es que el método funciona?
–Sí, porque ayuda, aun en las enfermedades más graves en las que la persona muere, y no porque te prolongue unos meses la vida, que no sería lo más importante, sino porque te mejora la calidad de vida de ese último tiempo. Ayuda a una cura. Puede que no haya una sanación completa, pero sí la cura de algunos aspectos.

Tolerar la frustración
Uno de los órganos más valorados y estudiados por esta mujer de más de 60 años, madre de cuatro hijos y abuela de varios niños, es el útero: su influencia y enseñanza en la vida de las mujeres y el redoble de tambores que hace sonar cuando no es escuchado.
“Yo siempre trabajo sobre el útero en la medida en que hay mujeres que tienen problemas con él: no pueden tener hijos, tienen menstruaciones dolorosas, les diagnosticaron un mioma. En Estados Unidos, después de los 40 años, a todas las mujeres les quieren sacar el útero por estas razones, y además es un buen negocio para los cirujanos. Pero esto de sacar preventivamente un órgano para que no nos dé trabajo cuando ya lo hemos usado y no nos sirve, sería lo mismo que condenáramos a que desaparecieran todos los ancianos después de los 70 años. Yo siempre digo que el útero es el orgullo de las mujeres. Freud habló de la envidia del pene, pero si se hubiera demorado un poquito más habría visto que la verdad de la envidia es la envidia del útero. Es el único órgano que no tiene un equivalente en el sexo masculino y el que define más lo femenino. Habría que decir que es psíquico. Primero que todo, nace junto con la mujer, define un poco tu ser mujer, porque cuando tienes tu primera menstruación te dicen ‘ya eres mujer’. Es absolutamente receptivo, como una gran cuna, que se prepara para tener el alimento suficiente para recibir a los óvulos, y llega uno fecundado y lo tiene que criar y mantener durante el tiempo necesario. Es un órgano elástico, flexible, que se puede adaptar de forma increíble a su contenido, que es absolutamente nutricio porque puede alimentar a una omás criaturas dentro, y que sabe cuánto tiempo hay que retener a un ser vivo para que esté en buenas condiciones, y sabe que tiene que soltarlo cuando llegue el momento. La mujer sabe que lo que más ama y siente como más propio, para poder retenerlo tiene que dejarlo salir. Entonces simbólicamente la mujer tiene la posibilidad de pasar por todos los procesos: retener y soltar. Y si pensamos que el útero es un órgano cíclico y que algunas pocas veces en la vida puede cumplir este objetivo de contener a una criatura, y le agregamos todas las características de las que hablamos –nutricio, receptivo, adaptable–, si una mujer se pelea con estas cualidades, probablemente su útero le traerá problemas. Ahora, hay una característica del útero que es genial: la capacidad de soportar las frustraciones. El útero te dice ‘yo me preparo, pero como me preparo para algo que no depende de mí, si no llega, acepto y largo lo que preparé’. Mucha gente que tiene tantos dolores premenstruales es porque le cuesta soltar, aceptar la frustración. Se ha armado toda una cosa alrededor de las mujeres diciendo que son manipuladoras, que no aceptan, y yo creo que son características neuróticas de las mujeres. La mujer naturalmente puede ser mucho más aceptante de las cosas de lo que es el hombre, le cuesta mucho menos madurar que al hombre porque tiene útero. El hombre no tiene ningún órgano que le enseñe una cosa tan maravillosa como no enloquecer cuando no resultan las cosas que no dependen de ti.”
–Esta neurosis en las mujeres de la que usted habla, ¿hace que en esta época existan más problemas relacionados con el útero?
–Un poco sí. Porque muchos de los movimientos de liberación femenina pasaron a adquirir características masculinas, a pensar que se estaría mejor copiando cosas que hacen los hombres. Entonces las mujeres han relacionado el aceptar la frustración con el sometimiento. A las mujeres les está costando aceptar las cosas naturales que pasan, las muertes, las separaciones, los fracasos. Hay una actitud como de querer manipular, de decidir. Y esto tampoco es una característica natural en los hombres, aunque la hayan puesto en práctica históricamente con más naturalidad. A los hombres en general les cuesta más madurar. Parten con mejores condiciones, pero después no tienen la ayuda que la naturaleza les da a las mujeres. Porque con todo lo terrible de muchas de las cosas de lo femenino, esto de los hijos y el útero es una tremenda ayuda para las mujeres, sobre todo para las que se han quedado en la casa toda la vida. Las labores domésticas, que han sido tan denigradas, son en algún sentido fuente de crecimiento, porque tú tienes una variabilidad de cosas que haces diariamente y que en el mismo día se deshacen y que sirven sólo para vivir con otros. Podríamos decir que es inútil el trabajo doméstico, pero resulta que facilita tanto las cosas que haya un cierto orden, algo para comer, que no se acumule la mugre. Son cosas que no se hacen con un sentido trascendente, para la eternidad, sino que la energía de lo que estás haciendo circula. Los hombres en cambio no dejan circular las cosas, y el dinero que no circula, empobrece. Y los hombres están en eso, en cuidar para después, hacer cosas que duren. La vida no es eso. En los pueblos, las tareas domésticas están más valoradas que en las ciudades porque te desarrollan más como ser humano.
–¿El trabajo fuera del hogar no enriquece?
–También, pero lo mejor es compartir. Por eso la gente joven está ahora mucho mejor, porque los hombres trabajan en el hogar igual que la mujer. Yo creo que en la medida en que los hombres empiezan a hacer más trabajo en el hogar y a valorarlo, están haciendo algo por ellos mismos que yo creo que es lo que los va a sacar de este empantanamiento en que están.
–En una época en que lo femenino es revalorizado y lo masculino cuestionado, ¿hay más enfermedades vinculadas con alguna parte del cuerpo?
–No, no me he dado cuenta. Yo te diría que algo que sí es de esta época es el recrudecimiento del cáncer y la depresión, enfermedades que muestranla actitud cada vez más avasalladora y omnipotente del ser humano, tanto hombres como mujeres. Las células del cáncer podrían ser definidas como muy omnipotentes porque hacen una mutación, cuando salen en un órgano se niegan a tener las características de ese órgano; se mantienen jóvenes mientras tengan alimento; se multiplican a una velocidad muy grande; no tienen límite; se expanden para todos lados; son muy egocéntricas; y se alimentan de los vecinos. Y la depresión también es una expresión de omnipotencia, de falta de límites. En la depresión, la persona se abate y es como que se conecta con muchos aspectos negativos, pero esto parte muchas veces de frustraciones no aceptadas. Una separación, un abandono, frente a los cuales se reacciona diciendo “cómo me pudo pasar a mí”. Generalmente, en el polo opuesto a la depresión hay una dificultad para poner límites, una sensación de bastarse a sí mismo, de poderlo todo.
–¿Cómo sería una persona sana?
–Aquel que puede admitir un buen equilibrio de las cosas. Esto que Jung habla de la sombra, de integrarla. No proyectar los aspectos negativos de uno en los otros y pensar que son los demás los que se equivocan y uno siempre es bueno y perfecto.

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