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Viernes, 3 de abril de 2009

CINE

Luche y vuele

La pollera trazando sus vuelos entre las cuerdas, la misma que caracteriza a las cholas en Bolivia, es el elemento fetiche de un grupo de luchadoras de catch de ese país que la realizadora norteamericana Betty M. Park retrató en un documental conmovedor sobre las peleas de estas mujeres sobre y fuera del ring.

 Por Guadalupe Treibel

Carmen Rosa, alias La Campeona, hace catch –deporte de titanes– como mujer, aymará y chola. Sin disfraz, banderea la pollera orgullosa y no reniega de su historia en comunidad. Carmen reconoce los límites de la piel y la vestimenta porque siente el rechazo hasta en la tela. Pero resignifica su lugar a la fuerza, literalmente a los golpes.

Como heroína sin disfraz, sabe que la pollera es exclusión. “Si nos la sacamos, la gente nos recibe bien”, dirá en alguno de los 74 minutos del documental que la tiene de protagonista. Pero La Campeona abraza a su pueblo y le da una vuelta de tuerca más: desde 2004 ocupa un lugar tradicionalmente masculino como luchadora libre. Con faldón y todo.

Ella y tres mujeronas más (Julia La Paceña, Marta La Alteña y Yolanda La Amorosa) se convirtieron en las “Mamachas del Ring”, cuatro cholas originales, famosas por ser primeras en el catch profesional boliviano. Con ese nombre, la realizadora norteamericana Betty M. Park filmó su ópera prima y contó (parte de) la historia de las guerreras pero –fundamentalmente y casi por casualidad– de Carmen que, con mantilla y sombrero bombín, canta las cuarenta entre golpazos (de los que lastiman el cuerpo y de los otros).

“Porque somos mujeres creen que no tenemos fuerza; pero no es así”, señalará La Campeona al comienzo, en pleno ataque a un hombre que la acusa de denigrar sus raíces. A él le contesta, entre derechazos fulminantes: “¿Quién tiene vergüenza ahora?” Enamorada de la lucha libre (más, según reconoce de a ratos, que de su marido e hijos), Carmen irá abriendo su camino y el de sus compañeras y perderá más de un round con su “archienemigo” Don Juan Mamani, el comerciante que monopoliza el catch lugareño y le va cerrando puertas. Claro que habrá otros inconvenientes: la aceptación de su esposo (lucha vs. familia), el escueto apoyo de sus compañeras, el sostén gubernamental al “malo de la película”. La pregunta, entonces, será: ¿podrá Carmen aguantar tanta patada voladora?

Presentada mundialmente en el Bafici, Mamachas del Ring surgió de un viaje: “En 2005, estuve como turista en Perú y Bolivia y encontré un artículo sobre estas mujeres. Me interesó y comencé a investigar. Un año después, volvía para comenzar a filmar”, cuenta Park que, con 32 años, debuta con un documental que –con o sin quererlo– abre muchos signos de pregunta sobre la dignidad femenina y la necesidad de ser por vocación.

Por primera vez de visita en Argentina, la neoyorquina –que de lunes a viernes trabaja como editora en MTV Estados Unidos– reconoce en las cholas catchascanistas un símbolo pop. “A veces la gente no lo comprende, pero son parte de nuestra tradición moderna”, asegura.

Park encontró que uno de los inconvenientes más grandes del rodaje (del que participaron sólo ella y un camarógrafo) fue hacerle entender a las personas que se trataba de un proyecto personal de bajísimo presupuesto y que no estaba allí para llenarse de dinero a costa de sus historias. También así, autofinanciada, voló a Argentina para el festival con el máster calentito: “Lo terminé un lunes, después de tres años de posproducción, y el martes ya estaba acá con la película bajo el brazo”, relata la directora, hija de padres coreanos, egresada de la prestigiosa Universidad Berkeley.

Además de relatar una historia que entretiene (y entristece, por los avatares), el armado de Mamachas del Ring cuenta con pequeñas dosis ficcionales de animación stopmotion, con figurillas de arcilla que describen los sentimientos de Carmen, utilizando metafóricamente la lucha y el ring. Al parecer, el recurso sirve para generar una tercera “realidad” fílmica: la que cruza a la Carmen madre, vendedora de enchufes y mujer aymará con la luchadoraquetodoparecepoderlo. Como toque de color, el soundtrack suma la melancólica y quebrada voz de la argentina Juana Molina, que agrega emoción a cuentagotas, con debida economía.

Porque la historia de Carmen es triste. Tiene que serlo. No es fácil conjugar las paredes que le levantan con su sed de ring, su emoción vocacional, su necesidad de volar, patear y sangrar, pero emancipada, sin deberle nada a nadie. Su lucha es honesta y, aunque Park asegure no haber querido tomar posición, es claro que también se identificó con esta mujer/personaje, La Campeona, que, en sus propias palabras, “es una líder innata”. Y agrega: “Carmen se toma la lucha en serio, con responsabilidad. Es la que mejor trabaja para que todo salga bien, con más fuerza. Por eso, cuando estaba filmando, realmente quería que haya un final feliz, que la heroína ganase por encima de Gitano, el hombre de negocios exitoso”. ¿Habrá ganado?

Irónicamente, la historia comenzó a rodarse sin Carmen Rosa. “Al principio, hablé con las cholitas que estaban con Gitano. No sabía aún de las otras, las originales, las auténticas. Cuando me enteré, hubo que cambiar lo que se venía haciendo, mientras lo hacíamos. Y así conocí a mi protagonista, definitivamente una líder natural”, remata Park.

Porque ella, recién llegada, se acercó a la agrupación “oficial” que, tiempito atrás, había sido casa de las mujeronas de primera línea, con Carmen Rosa a la cabeza. Gitano las había formado y dado renombre pero, de la noche a la mañana, echó a varias y La Campeona las siguió. Por dignidad. Y así comenzó la búsqueda por el camino propio.

Para reemplazar a estas mujeresquepeleanconotrasmujeres, Mamani buscó clones: Luchadoras que, sin ser cholas, usan el bombín, la mantilla y la sagrada pollera a cambio de aplausos y reconocimiento. Esas son sus máscaras. La Campeona, en cambio, no usa antifaz. Su pollera es historia de mujer, aymará y cholita. Y catchascanista.

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Luchadoras en acción.

Carmen, la campeona.

Betty M. Park.
 
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