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Viernes, 8 de mayo de 2009

CRóNICAS

El motín de los objetos

Hace cuatro años, Dany llegó de Rosario y se mudó a la casa que Marianella alquilaba en Coghlan sólo con dos bolsos: en uno llevaba ropa y, en el otro, su DVD. Ahora, las dos se van juntas a vivir a Villa Crespo. El equipaje de Dany creció con la llegada de un gato negro llamado Poe y un perro con ojos de dos colores, Blixa. Pero el de Marianella es aún más voluminoso. Ella ha ido atesorado muebles, electrodomésticos y cosas de todo tipo que no se pueden embalar en dos segundos. Pero sí con una anticipación de diez días.

Durante una mudanza los objetos encerrados en armarios o cajones inician su motín. Los que evocan otros tiempos, los que han ido saltando de rincón en rincón, los que dejaron amigos y amigas durante sus propios desplazamientos en nombre de “en tu casa hay lugar”, los inútiles por exceso de uso o por intocados, todos ellos comienzan a reclamar a coro un espacio en la nueva vida.

Las chicas respiran hondo y se ponen a trabajar. Dividen los objetos en tres categorías: aquellos que seguro se mudan, los que tiran o regalan, los que no saben qué destino darles. Estos últimos son los más engorrosos: por ejemplo, una colección de libros de Medicina que dejó el inquilino anterior, una videocassetera que sólo reproduce imágenes en blanco y negro, un sofácama de mimbre y 40 pilas usadas que Marianella fue guardando en una caja de zapatos, negándose a tirarlas en cualquier lado por su toxicidad.

Poe huye asustado por el techo. En realidad, desde hacía un tiempo el gato desaparecía días enteros y volvía oliendo a colonia Mary Stuart. Es probable, piensa Dany, que finalmente haya preferido los brazos fragantes de Miss Mary a una casa que comienza a quedar vacía. Blixa, cachorro indomable que se come las cajas de cartón para embalar a dentelladas, va a parar por unos días al jardín de una vecina.

El domingo a las 11 de la mañana, tres changarines bajan de un camión, tocan el timbre y comienzan a cargar las cosas. Una hora después llega la chica de la inmobiliaria para retirar las llaves. Junto a ella, la propietaria, una mujer de unos setenta años que tiene el pelo amarillo y su hijo, un señor obeso y mudo, que comienza a arrancar unos posters del garage como un niño malvado. La improvisada reunión se completa con un ropavejero que aparece de milagro por calle Tamborini, subido a una Ford con megáfono donde anuncia “Compro muebles viejos”. El hombre se lleva el sofá cama, la videocassetera y los libros a cambio de 30 pesos.

Para el final quedan los quince macetones con plantas, delicadas porque sus tallos se quiebran de nada. La más problemática es la palmera que, si bien enana, sube más allá del techo del acoplado, aunque finalmente dos de los changarines la acomodan y se quedan atrás. El tercer changarín pone el camión en marcha. Dany pasa a buscar a Blixa por lo de la vecina junto a Marianella, que lleva la caja de pilas en su regazo. Miran el cielo con sol y fuman con la ventanilla abierta, ya despreocupadas.

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