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Viernes, 12 de noviembre de 2010

ENTREVISTA

Pura joie de vivre

Hace dos años, Claudia Lapacó cumplió sus bodas de oro con el oficio que ama y con el que actualmente está haciendo reír –con trasfondo de emoción– desde la pantalla en el film Lengua materna. También coprotagoniza la desgarradora pieza autobiográfica de Eugene O’Nelly, Viaje de un largo día hacia la noche, en el teatro Regio. Vital, exultante, la actriz y cantante vive un momento de plenitud, no cesa de recibir ofertas y de acariciar sus propios proyectos, como la reposición de aquella joya que se presentó en 2002, Para qué las canciones.

 Por Moira Soto

Acepta jubilosa la propuesta de entrevista, concilia gentilmente horarios y se aparece en la mañana, radiante con una blusa de bambula –que evoca en la memoria emotiva de la cronista aquella entrañable Eladia de Resistiré– y queda confirmado una vez más que todo va mejor con Claudia Lapacó, incluso trabajar en domingo. Porque el reportaje se vuelve prestamente una conversación jovial, entusiasta, divertida, incluso confidencial (sobre esta zona se guardará reserva, como corresponde) con esta dama de espíritu festivo que siempre supo cortar las rosas de la vida, privada y artística. ¿No pasó la prueba para estudiar danza en el Colón? Pues incursionó en pintura y se decidió por la actuación: a los 18, en 1958, ya estaba en la obra Deliciosamente amoral; a los 21 se iba a cursar en el conservatorio de París y de ahí a recorrer Europa para aterrizar en el Líbano bailándose unas zambas.

En 1967, CP actuaba en la exitosa La Dama del Maxim y al año siguiente, con la misma naturalidad, encabezaba la legendaria novela El amor tiene cara de mujer, versión original, obviamente; a comienzos de los ’70 se lanza a trabajar en un sucucho con Antonio Gasalla y Carlos Perciavalle, en el show titulado Nosotros tres, y a fines de esa década se recicla en la salpimentada vedette de la revista El Maipo es el Maipo, convocada por Gasalla; descuella en la tele (Naranja y media, 1997) y al año siguiente se va con Pirandello (Seis personajes en busca de un autor, en el San Martín), y a continuación se arrima a Tennessee Williams (De repente en el verano). El siglo XXI la encuentra haciendo, en rutilante madurez, Las corpiñeras, dos años después otro Williams (El zoo de cristal) y un adorable show personal conducido por Helena Tritek, Para qué las canciones, al que sigue la inolvidable tira Resistiré. Luego le toca el turno a la comedia musical Aplausos (2004), con Paola Krum. De novelas juveniles vespertinas, Claudia pasa con la versatilidad que la distingue a la zarpada Angela televisiva de Doble vida (2005). En 2007/2008 protagoniza junto a Arnaldo Andre un Cocteau, Los monstruos sagrados. En 2009, hace Tres viejas plumas en el Club Maipo y después encara el coprotagónico, junto a Virginia Innocenti, de la película Lengua materna. Imbatible, inoxidable, arranca 2010 como la hermosa sultana Feyza de Las mil y una noches de Cibrián Campoy, de donde sale para entrar con gran plasticidad en el sombrío Viaje de un lago día hacia la noche, actualmente en cartel.

Hubo más teatro, más tele en el recorrido desprejuiciado y muy diversificado de esta gran actriz y notable cantante, de perfecto acento francés (es su lengua materna) que pese a inevitables penas personales, a algún bajón en el trabajo, a no haber sido premiada durante 40 años de carrera (el primer ACE, por La cena, es de 1998), no pierde oportunidad de darle sinceras gracias a la vida que le ha dado tanto.

“Cuando era chica, con mi hermana mayor Michèle, sólo nos permitían escuchar por radio Las aventuras de Tarzán, por Splendid, quince minutos diarios a las seis de la tarde, con César Llanos, Mabel Landó y Oscar Rovito”, memora Claudia Lapacó. “Mis padres habían llegado de París en el ’39, yo nací aquí en el ’40. Mamá escuchaba L’Heure Française, por Radio Libertad creo, y ahí empecé a conocer todas las canciones. Pero nada de radioteatros ni otros programas, creo que ellos temían que escucháramos cosas inapropiadas para nuestra edad. Imaginate lo que podrían pensar ahora de la TV abierta, donde se ven y se oyen cosas tan feas a cualquier hora del día, gente que se expresa en mal castellano para atacar o insultarse. Si tuviese chicos, me preocuparía de preservarlos de estas escenas, de esta imagen de la mujer que se quiere imponer. Por supuesto que la gente que se presta a estas bajezas no representa al ambiente teatral, tan rico en estos momentos y que jamás buscaría esa forma de promocionarse. Todas esas historias de peleas, de humillaciones, de prótesis rotas... Que alguien acuse ligeramente a un hombre de golpeador es grave, sobre todo si consideramos la tremenda situación de violencia contra la mujer, que sabemos que es mundial. A mí me preocupa que la violencia sea exaltada en los dibujos animados, en las películas, en las series. No puedo soportar tantos golpes, tiros, mutilaciones mostradas como algo supuestamente atractivo. La muerte de un ser humano, o de muchos, no parece tener ningún valor.”

¿Hay muchas pepitas de oro atesoradas en estos 52 años en la profesión?

–Sí, hay mucho oro del que me importa: el de seguir haciendo lo que me apasiona, teniendo acceso a roles cada vez mejores en la última década, mientras sigo aprendiendo con las mismas ganas que hace medio siglo... El oro del orgullo de no haberme instalado nunca en la comodidad, de aceptar siempre con ilusión los desafíos. De poder decir que nunca fue lo mío ninguna forma de divismo o estrellato, tampoco ganar mucho dinero. Para mí, la auténtica riqueza es seguir haciendo descubrimientos, ser capaz de cambiar...

Desde siempre vos te has permitido esa amplitud en tus trabajos.

–Es que me ha encantado tener esa disposición desde muy temprano. Muchas veces, a través del tiempo, me han aconsejado que tal o cual cosa no me convenía... ¿En qué sentido no me conviene?, suelo responder, pero si tengo deseos de hacerlo, si el proyecto me atrae, lo hago. Pasar de un teatro grande a un sótano, trabajar prácticamente gratis y luego ganar bien en otra producción siempre me han parecido oportunidades del oficio. Cuando no estás metida dentro de un esquema rígido, no te has dejado etiquetar, te podés permitir todo. Disfruto de esta manera de llevar la profesión, cada vez que me proponen un nuevo proyecto, si me interesa, el encanto y la emoción se renuevan. Ultimamente me ofrecen tantas cosas que sería imposible aceptarlas a todas, aunque me gustaran... Estoy en un momento de mi vida en que quiero aprovechar el escenario, estar ahí arriba. Con la edad, no he perdido nada de la curiosidad, la mística, la calentura. Pongo toda la libido en las tablas y recibo mucha gratificación a cambio.

Actualmente, encarnás la sufrida Mary de Viaje de un largo día hacia la noche, la tremenda obra de O’Neill.

–Es una pieza extraordinaria que me da muchas posibilidades de actuación, tiene tantas facetas mi Mary, tantos recovecos, tantos lugares por los que aún no he pasado. Es un personaje con mucho dolor encima, que se siente tan solo, tan abandonado... La quiero a Mary, desde el primer día. Es una víctima de la educación que recibió, metida en colegios de monjas –cosa que no le deseo a nadie–, tiene una mentalidad conformada de cierta manera. Y se ha casado enamorada a primera vista, como ella dice, de un ídolo de las matinées, que es un alcohólico. Que la ama a su manera egoísta y no le hado las mínimas cosas que ella necesita, como un hogar estable: la hace vivir en los trenes, en hoteles de segunda, dar a luz a sus hijos en cuartos alquilados, El también es un pobre ser, su avaricia viene de una infancia terrible y el alcohol no lo ha ayudado. Su amor por su mujer, por sus hijos es el de una persona enferma.

¿Te afecta más allá del escenario la aflicción de este personaje?

–Sin duda es una obra muy dura. Sufro cuando la estoy haciendo, a veces lloro más de la cuenta. Y, sin embargo, salgo tan liberada. La gente que me espera me dice: “Nosotros estamos tan destruidos y usted sale tan fresca”. Es que yo lo dejo todo ahí, detrás de mí: ese dolor no es mi dolor, aunque en el momento de actuar mis lágrimas sean verdaderas. Trato de transitar ese dolor, de comprender a Mary. Pero no es algo que me suceda a mí: yo puedo despegarme y disfrutar del trabajo.

¿Es decir que no te confundís con el personaje, no incorporás reflejos suyos durante la temporada?

–Para nada. Me encanta hacer este tipo de obra tan profunda y dramática, pero no llevo a la calle lo que le pasa a mi personaje en el escenario: tengo claro que no tiene nada que ver conmigo. Por eso me gusta mi compañero Daniel Fanego, a quien sin embargo le tuve un poco de miedo en los primeros ensayos, hubo algunos encontronazos propios de la búsqueda, porque yo también tengo mi temperamento. No nos conocíamos, aunque ambos estuvimos en Resistiré, siempre en escenas separadas. El ni se acordaba de que yo había trabajado en esa tira, donde hice a la madre de Pablito Echarri y Romina Ricci.

Por favor, cómo olvidarte con tus bambulas y las preocupaciones que te daban esos chicos, sobre todo el personaje desenfrenado de Romina...

–Cierto, tan querible mi Eladia. Volviendo al Viaje..., creo que quizás a Fanego le pudo haber inquietado que yo fuera elegida para Mary, su esposa en la ficción, siendo mayor que él. Pero después de esos primeros choques, descubrí que es el mejor compañero, además está extraordinario en su rol, siempre le estaré agradecida por su generosidad al servicio de la obra. Te lo nombraba a Daniel para comentarte que en el saludo final, él también está contento, se suelta del personaje. Y en ese momento hace una cosa divina, que nadie le pidió: me besa la mano y se sonríe. Por suerte, esta obra funciona muy bien, vamos a seguir en la Casacuberta enero y febrero. También me llevo bárbaro con el resto del elenco, Sergio Surraco, con quien trabajé en La profesión de la señora Warren, Agustín Rittano, Jimena Riestra. Villanueva Cosse, el director, me exigió muchísimo y le estoy muy reconocida.

Es increíble que Lengua materna sea tu primer protagónico en el cine.

–Cómo me gustó hacer esa película que apareció de pronto en mi vida. Estaba haciendo Tres viejas plumas y después de tres meses se decidió levantar porque se iba Marcos Montes, que estaba tan genial. Ahí me ofrecen Lengua materna, no conocía a la directora. También me habían propuesto en ese momento algo para la tele que no gustó. Así que enseguida le dije a Liliana Paolinelli: “Hoy mismo voy a buscar el guión”. La directora dice que supo que yo era la protagonista cuando me vio devorar con fruición dos medialunas que estaban sobre la mesa. Bueno, leí el libreto, la llamé y di el sí.

Dentro del cine, este film es una apuesta refrescante al animarse a tratar en tono de comedia el sinceramiento tardío frente a su madre de una hija lesbiana.

–Creo que el tema está llevado con gracia y con ternura, a la vez poniendo en la pantalla una historia creíble, posible: la de una hija que a los 40 le dice a su mamá –una mujer sencilla, de barrio– que es lesbiana. Y que la amiga con la que vive es su pareja. Por supuesto que en primera instancia para esta señora es un shock, pero es una persona con un corazón tan grande y tiene tanta buena voluntad que hace todo para comprender. Se da cuenta de que no puede dejar de querer a su hija porque ésta no corresponde al modelo que ella creía que era la normalidad. Parte de su sorpresa es consigo misma por no haber advertido nada, por eso se empeña tanto en hacer la mejor letra. Me gusta cuando en sus intentos de estar a la altura le dice a la que ya considera su nuera: “No he perdido una hija, he ganado otra”. Es muy importante que la película trasmita estos sentimientos porque aún hoy, con todo lo que se ha sacado el tema a la luz, hay muchos padres que rechazan a sus hijos homosexuales. En consecuencia, hay mucho sufrimiento en niños, en adolescentes que no son acompañados.

Aparte de la relación que mantenés con tus hijas, Virginia Innocenti y Ana Katz, la película regala esas escenas tan logradas de tu personaje con su amiga, donde te sacás chispas con María Simeone. Por ejemplo, cuando discuten sobre ir al bar gay...

–Es fantástica esta actriz cordobesa, muy distinta en la forma de moverse, las cosas que hace con su cara, es muy expresiva. Llegó de su ciudad ese día y ya filmamos y nos entendimos. Me gusta que la película transmita este afecto, esta confianza entre mujeres amigas. También es divina la escena en el bar, cuando una de las chicas que están allí trata de levantar a mi personaje y mi amiga –que antes se resistió a ir a ese lugar– salta: ¿acaso no ves que está conmigo?

Volviendo a tus comienzos para cerrar, ¿vos te cortaste el pelo bien cortito antes de la Jean Seberg de Sin Aliento?

–La verdad es que sí. Siempre me ha gustado ese corte, y ya de grande, dejarme las canas. Claro que las necesidades de un personaje están primero: para Viaje... tuve que cambiar el corte y el color. Ese peinado 1912 de Mary me lo hago yo todas las noches, lo prefiero así porque mi personaje está muy pendiente de su pelo, se lo toca, se lo arregla. No podía usar peluca. Ahora veo a las mujeres esclavizadas con el pelo, con las uñas... ¿Para quién están tratando de ser tan falsamente bellas, todas en serie? A mí siempre me pareció que lo interesante era ser distinta. Nunca quise usar ni los colores de moda ni las prendas adocenadas. No es yo no quiera ser mirada con buenos ojos, pero nunca siguiendo el grito de ninguna moda. Creo que ahora puedo recibir miradas de admiración por lo que hago, eso me hace sentir muy orgullosa, te diría que casi mejor que cuando me miraban por el físico y no valoraban lo que hacía. ¤

Viaje de un largo día hacia la noche, jueves (a $25), a sábado a las 20.30, domingos a las 19 (a $45), en el teatro Regio, Córdoba 6056, 4772-3350. Lengua materna, en el cine Gaumont, Rivadavia 1635, a las 16.20 y a las 21.45. Estrenó ayer en la provincia de Córdoba.

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