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Viernes, 2 de septiembre de 2011

MUESTRAS

Entre puntillas y dignidades

Sus manos se mueven ágiles y fugaces sobre los bastidores, el hilo se tensa, se anuda, se corta, se une y dibuja recorridos insospechados. Las voces se mezclan con las risas y las penas; los sueños emergen junto al tejido y el bordado. Mujeres tucumanas destinatarias de un legado histórico, la randa, arte textil de origen presuntamente alemán, llegado a la provincia hace cuatro siglos con las monjas y las mujeres españolas de los colonizadores.

 Por Noemi Ciollaro

Son hijas, nietas, bisnietas y tataranietas de randeras y buscan perpetuar esa artesanía que es un medio de vida y una herencia ancestral arraigada en Monteros, departamento de la provincia designada “capital nacional del Tejido de la Randa”, ubicado a poco más de 50 km de San Miguel de Tucumán.

Las randeras llegaron a Buenos Aires junto a María del Carmen Cerviño, titular del área de Artes Plásticas del Centro Cultural Eugenio Virla, de la Universidad Nacional de Tucumán, para exponer sus obras en el Museo de Arte Popular José Hernández y dictar talleres de introducción a la técnica textil.

Paquetas señoras de Avenida del Libertador y aledaños se acercaron a tomar clases y empuñar bastidores y agujas que, enhebradas con hilo delgado de puro algodón, pueden crear encajes finísimos que antiguamente se utilizaban como ornamentos de altares, ropa blanca, mantillas y chales. La razón de la gran afluencia de alumnas fue rápidamente explicada por una de ellas: “Querida, está de última moda la ropa con este tipo de puntillas, si me lo tejo yo me ahorro unos cuantos miles de pesos”.

En las vitrinas del museo se exhiben bellísimas piezas tejidas hace más de un siglo por bisabuelas y abuelas de las randeras entrevistadas por Las/12: Rosario Agustina Avila (62); Margarita del Rosario Ariza (59) y Claudia Noemí Aybar (41), todas nacidas y residentes en Monteros o en El Cercado, un pueblo vecino.

Tanto la visita a la ciudad como la muestra en el museo forman parte de una estrategia de las randeras para dar a conocer su producción y lograr que su tarea pueda ser incorporada y reconocida en el mercado formal de trabajo.

“Desde la UNT nos propusimos apoyar a las randeras para mantener y vigorizar el conocimiento y la transmisión de este arte textil llegado a Tucumán en 1565, como también para crear las condiciones que les permitan comercializar su producción dignamente”, expresó María del Carmen Cerviño.

“NUESTRO TRABAJO NUNCA FUE RECONOCIDO”

Originalmente, las randeras tejían para las iglesias y las clases altas obteniendo monedas por su producción. La randa se convirtió en una fuente de trabajo para cientos de mujeres del pueblo a quienes se les demandaban numerosas piezas. Cuando la moda fue adquiriendo otro perfil y los encajes y puntillas dejaron de usarse tanto, la producción comenzó a ser adquirida por las casas de artículos regionales y los turistas. Años más tarde, en San Miguel de Tucumán se abrió una feria de artesanías que las randeras recuerdan como la mejor oportunidad que tuvieron para comercializar directamente sus piezas. Pero en 1976 la feria fue cerrada por la dictadura militar y las artesanas volvieron a sus penurias. Nunca su actividad fue incorporada al mercado formal de trabajo, nunca tuvieron aportes ni alcanzaron una jubilación.

“A mí me enseñaron la randa mi madre y mi suegra, que a su vez habían aprendido de sus madres y abuelas. A los 11 años yo ya tejía. Mis dos hijas tejen también y mi nieta aprendió a los 13 años, pero a ella le gusta más el bordado porque es zurda y tejer en el bastidor le resulta más difícil –dice Rosario, una trabajadora de la randa de toda la vida, cuyas manos tienen la ligereza del colibrí–. Siempre viví del trabajo de la randa, tejíamos yo y mis hijas, ahora me he jubilado. Mi esposo era jornalero, pero al momento de jubilarse supo que nunca le habían aportado nada, parecía que con las jubilaciones privadas todo se había perdido. Luego vino la ley para las personas sin aportes y pudimos jubilarnos, y mi hijo trabaja en una fábrica y ayuda. Yo sigo trabajando con mis hijas también, ellas ya están casadas con hijos, mi nieta está en el segundo año del profesorado de geografía, pero trabaja en la randa porque con eso paga el abono del viaje. Les vendemos a negocios de productos regionales y a clientas de otros pueblos. No es justo lo que nos pagan la randa por el trabajo que lleva, pero alcanza para ayudar en algo a la situación económica de quienes somos humildes”, subraya.

SE TEJE, SE BORDA Y SE SUEÑA

Rosario, Margarita y Claudia junto a otras randeras de Monteros y El Cercado se juntan los miércoles a tejer e intercambiar habilidades, diseños y proyectos. El más ambicioso es organizarse y sumar cada vez más compañeras a esas reuniones para acordar precios y condiciones en la venta de sus productos, además de insistir en la necesidad de la reapertura de la Feria de Artesanos.

“Antes cada una tejía sola en su casa. Ahora nos reímos y hablamos de todo además de tejer. La verdad es que estábamos muy desunidas, cada una quiere trabajar para sí misma, pero si fuéramos muchas y más unidas podríamos ganar más”, comenta Claudia, mientras el hilo y la aguja bailan en sus manos.

“Empecé a tejer a los 17, mi tía me enseñó nada más que a tejer, yo no sabía bordar. Pero después en El Cercado las vecinas me pasaban las pintitas y todos los diseños del bordado en fotocopias y así de noche yo iba copiando, practicando y aprendiendo. Ya estaba casada, pero ahí yo he visto que era un modo de vida, tenía dos nenitas y mi marido no tenía trabajo, por eso yo lo pensé como un medio para vivir. Es que teníamos el mercado artesanal en San Miguel, tejíamos una cantidad de productos y ellos nos compraban todo, nos daban un cheque, lo cambiábamos y nos volvíamos con plata. Eso era la comida de la casa. A mí me encanta la randa y tengo una hija que aprendió a tejer y a bordar, a veces se enoja porque si no le queda bien yo le corto, le desato alguna puntilla y lo hago a mi manera. Ella ya tiene 24 años, pero a la de 23 no le interesa para nada la randa, nunca le ha interesado”, cuenta Claudia.

EL NEGOCIO DE LOS OTROS

María del Carmen Cerviño explica que a la universidad y al Centro Cultural Virla les interesa especialmente recuperar a todos los artesanos y fortalecer sus actividades, su experiencia y la transmisión de sus saberes a las generaciones más jóvenes. “La randa se fue transmitiendo entre las mujeres de generación en generación, oralmente, y no queremos que desaparezca. Por eso es que creamos este espacio en la universidad, allí se reúnen los artesanos textiles, de la madera, metales, piedra, arcilla y demás disciplinas artísticas. Está previsto crear con el municipio una Escuela Municipal de la Randa y un museo permanente para la exhibición y comercialización de artesanías de toda la región”, explica. Cerviño afirma que la producción de los artesanos en muchos casos es recogida por combis de casas de turismo que recorren todo el Norte del país hasta Humahuaca comprándoles textiles, tallas en piedra, madera, metal y arcilla, por centavos. Lo mismo hacen con los chanés y los wichí del Chaco salteño, a quienes les llevan las máscaras rituales y otras obras por 2 o 3 pesos.

“En este sentido –dice Cerviño– es que resulta imprescindible que los artesanos se unan, obtengan personería jurídica y puedan comercializar dignamente sus productos además de trabajar bajo el amparo de las leyes que les corresponden. En el Centro Cultural de la universidad las randeras tienen un espacio para dar clases y talleres, además de obtener capacitación acerca de su quehacer y su posibilidad de acceso al trabajo formal.”

SI NO SON LAS HIJAS SON LAS NIETAS

Margarita del Rosario Ariza es casada, su abuela tejía y bordaba y “mi mamá me ha dejado como herencia el tejido de la randa. Antes sí se podía vivir del tejido, la gente lo valoraba más, pero ahora es muy difícil, es un trabajo muy sacrificado. Si subimos los precios no se vende y una tiene necesidades por motivos económicos y lo da al precio que le pagan. Yo no he tenido hijas mujeres, sólo varones, pero mis nietas están aprendiendo. Yo lo hago porque me apasiona, siempre que estoy haciendo randa recuerdo lo que ella me enseñaba. Para nosotras la randa es como una adicción. Nos estamos quedando un poco cieguitas ya porque agota mucho la vista, ¡pero no podemos parar!”, dice y cuenta con orgullo que uno de los manteles exhibidos en el museo porteño fue hecho por su madre.

Las randeras durante su estadía en Buenos Aires se alojaron en un hotel del barrio de Once y al tercer día ya tenían muchas ganas de volver a sus pueblos.

“Esta mañana nos levantamos muy llenas de nostalgia acordándonos de nuestro pueblo y llovía, extrañamos a nuestros maridos y a nuestros hijos. El Cercado es un pueblo rural, las casas siempre tienen las ventanas y las puertas abiertas para que entre la brisa de la noche, sin trancas porque no hay inseguridad, tenemos galerías en las casas y allí nos sentamos por la noche, el perfume de las plantas y las flores inunda todo”, cuenta Rosario.

“Cuando nos juntamos los miércoles y tejemos y bordamos, ahí sí que es un desorden, hablamos todas juntas, nos reímos y trabajamos, y se va perdiendo el egoísmo porque antes éramos celosas de nuestro trabajo, no le enseñábamos puntos nuevos a nadie y si venía un cliente a pedir algo que yo no tenía no se lo mandaba a otra, era como que si no vendo yo que no venda nadie”, comentan a coro, como deben hacer allá en Monteros, entre azahares, narcisos y naranjales, tejiendo sueños de futuro que anudan al pasado, a sus ancestros, a esas mujeres para quienes la randa fue parte de la educación básica del género. Aquellas para quienes sólo estaba permitido tejer en blanco o beige, colores rituales, para los altares, las vírgenes, las santas y los santos.

Y cada tanto cantan juntas viejas coplas escritas en 1915 por Amalia Prebisch y musicalizadas por Andrés Chazarreta: “Entre las manos ligeras/ pasaba, sutil, la malla/ La aguja, en ella, al antojo/ bordaba cosas soñadas/ y luego, piadosa y triste/ con randa altares ornaba /para que el novio volviera/ la randera tucumana”.

Randa / Arte textil se puede ver hasta el 18 de septiembre en el Museo José Hernández. Av. del Libertador 2373

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Imagen: Kala Moreno Parra
 
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