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Viernes, 2 de diciembre de 2011

ENTREVISTAS

MEMORIA DE LAS COMPAÑERAS

En su tesis de maestría, ahora convertida en libro –Mujeres montoneras, una historia de la Agrupación Evita 1973-1974 (Ediciones Luxemburg)–, Karin Grammático recorre la breve historia de la organización de superficie de las mujeres montoneras y cómo esta experiencia de liderazgo les permitió replantearse también cuestiones íntimas y cotidianas que tenían poco espacio cuando la vida y la muerte se jugaban en cada esquina y el sueño revolucionario parecía un cielo al que se podía tocar con las manos.

 Por Laura Rosso

Doce años atrás, mientras terminaba su profesorado en Historia en la UBA, Karin Grammático se acercó junto con otras compañeras al Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras para hacer una propuesta de trabajo. Le llamaba la atención la ausencia de estudios que se ocuparan de los frentes políticos de masas de alcance nacional, desde una perspectiva de género. La propuesta fue aceptada y entonces Grammático comenzó a explorar el trabajo que realizaban las mujeres en esas organizaciones. Enseguida cayó bajo su mira la Agrupación Evita (AE), el frente político que Montoneros pergeñó para desarrollar su trabajo político con las mujeres. La existencia de esta agrupación fue corta pero intensa: desde mediados de 1973 hasta septiembre de 1974, cuando la cúpula montonera decidió tomar el camino de la clandestinidad y la lucha armada. Sobre ese período trata el libro de Grammático Mujeres montoneras, una historia de la Agrupación Evita 1973- 1974, de Ediciones Luxemburg, una versión de su tesis de maestría en Investigación Histórica de la Universidad de San Andrés, que echa luz sobre la historia de esta agrupación y que ella misma define como “un espacio de aprendizaje político novedoso, que les permitió a las mujeres revisar críticamente sus relaciones cotidianas e íntimas y cuestionar sus roles en la militancia”.

El libro abre con la siguiente frase: “‘Mujeres son las nuestras, mujeres montoneras, las demás están de muestra’, que las militantes de la Agrupación Evita solían cantar en las manifestaciones públicas de las que participaban”. Es que la adhesión o no a la causa montonera, cuenta Grammático, delineaba una frontera que separaba a las verdaderas mujeres de aquellas que asumían una realidad de muestra. La frase expresa, además, la configuración de un nosotras (las montoneras) portadoras de la genuina esencia femenina enfrentadas a “otras” que carecían de los valores necesarios para ser consideradas como verdaderas mujeres.

En su libro realiza un entrecruzamiento de las relaciones de género con un momento político puntual de la Agrupación Evita. ¿Cuál fue la hipótesis de la que partió?

–En primer lugar, existió muy tempranamente un interés por poner en evidencia una ausencia y una reposición de esa falta: abordar la historia reciente –por aquel entonces comenzaba la ebullición de ese campo historiográfico– desde una perspectiva de género, por un lado, y visibilizar en la historia de la militancia revolucionaria de los años ’60 y ’70 el papel de las mujeres. Luego, al tomar nota de la existencia de un frente de masas montonero dedicado al trabajo político con mujeres, la Agrupación Evita, me pareció que era un “objeto” a través del cual podía no sólo ofrecer respuestas a aquellos primeros interrogantes sino dar cuenta de los modos en que Montoneros trabó relación con los movimientos sociales de la época (tópico poco explorado por cierto) y con los gobiernos y el movimiento peronista. Pero sobre todo me interesó ver qué pasó en ese espacio. Y lo que pasó allí fue una novedosa experiencia política de mujeres que les permitió a muchas de sus participantes comenzar a interrogarse por su lugar de subordinación en los distintos ámbitos donde transitaban sus vidas.

¿Cuáles fueron las circunstancias sociopolíticas que llevaron a la creación de la Agrupación Evita? ¿Y qué objetivos pretendía alcanzar Montoneros con la creación de esta corriente femenina?

–La Agrupación Evita fue creada por la conducción montonera para disputarles a los sectores ortodoxos del peronismo el control de la Rama Femenina, una de las tres secciones en que estaba divido el movimiento (por ese entonces estaba delineada una Rama Juvenil con la designación de Licastro y Galimberti como delegados juveniles ante el Consejo Superior Justicialista) que estaba conducido por dirigentes aliadas de la burocracia sindical. Lo que pude comprobar –al menos para el caso de la AE, pero que se repite en otros frentes de masas– es que Montoneros recuperó y se apropió de mucho trabajo previo que todas estas mujeres venían desarrollando en el territorio. Lo atrayente de esta historia es que pasaron cosas mucho más interesantes que se corrieron de estos objetivos más de coyuntura política.

¿Qué cosas por ejemplo?

–Una de las cosas más interesantes de la AE es ver cómo a través de un trabajo político se colaron cuestiones que nadie pensó que iban a aparecer. Hay un testimonio que yo tomo del libro La Voluntad, de Anguita y Caparrós: el de Susana Sanz. Ella cuenta que una de las mujeres de la Agrupación de San Rafael le dice: “Compañera Susana, quiero que haga algo porque Juan me pega”. Ese Juan era un puntal de la Juventud Peronista. Susana decidió citar al marido golpeador y ponerlo en caja. Le anuncia que la próxima vez se iba a convocar a una reunión de toda la Unidad Básica y se iba a formar un tribunal para enjuiciar su actitud. Ahí se ve cómo a través de la conversación –que entre las mujeres es un instrumento político fundamental– una mujer pudo decir que su marido le pegaba. Algo que se naturalizaba, pero que no es natural. Para Susana, esa “cuestión personal” formaba parte de la política y era la condición que la habilitaba para intervenir y meterse en la casa de Juan y de su esposa. Digo, ese despertar fue todo un aprendizaje de todas ellas, como dirigentes y como militantes. Por eso creo que hay algo poderoso que sucede cuando las mujeres se encuentran y pueden hablar. Esa conversación femenina fue y es políticamente poderosa.

Es decir que a partir del trabajo cotidiano en el frente aparecieron aspectos personales que se asumieron como cuestiones políticas.

–Sí. En esos resquicios que dejaba la pintura de una escuela, la organización de festivales para la niñez, el equipamiento de un dispensario, las mujeres conversaban y en sus charlas comenzaban a tallar estas cuestiones: la violencia que sufrían a manos de sus maridos, la infidelidad, la soledad, el sentirse menos que el hombre. Y la emergencia de estas preguntas, por otro lado, provocó un cambio en las dirigentes que debieron hacer frente a los nuevos planteos que traían las mujeres que se sumaban a la agrupación. Así, la experiencia de la AE provocó una serie de aprendizajes en quienes participaban, ya sea como responsables políticas, o como adherentes.

¿Qué se tenía en cuenta para la elección de los cuadros femeninos y cuáles eran las reacciones de las dirigentes?

–Como en los otros frentes de masas, era la Conducción Nacional de Montoneros quien designaba a las dirigentes que tenían que llevar adelante la organización. En el caso de la AE, en los casos que relevé en el libro, la elección se debió, en parte, a la capacidad de gestión que tenían, a la inserción en la zona, a la experiencia previa en el trabajo de masas. La mayoría de las militantes que fueron designadas para “armar” y conducir el frente de mujeres tomaron la noticia de la peor manera. La designación era vivida como un castigo, una despromoción. No era el frente de mujeres, a sus ojos, el lugar por donde pasaba la lucha revolucionaria. Era un espacio de “baja densidad política”. Ellas mismas desconfiaban de las potencialidades políticas de las mujeres y de los aportes que ellas podían brindar al proyecto de Liberación Nacional por el cual bregaba Montoneros. Sin embargo, muchas de aquellas dirigentes que habían pensado su nuevo destino como un castigo fueron modificando esa primera consideración para terminar valorando lo realizado allí, a tal punto de definirlo, en retrospectiva, como la mejor experiencia vivida durante la militancia.

¿Cuántas mujeres participaron de la AE, hay alguna cifra estimativa?

–Es una pregunta difícil de responder con precisión si se toman en cuenta las características propias de la organización Montoneros. Sin embargo, gracias a informaciones recogidas en las entrevistas es posible hacer conjeturas. Cristina Barrionuevo, una importante dirigente de la Regional V de Tucumán, señaló que en los comienzos no eran más de diez o doce, pero que en tres meses llegaron a más de trescientas compañeras. Y Roberto Perdía estimó que no menos de un tercio del conjunto de las fuerzas movilizadas por Montoneros eran mujeres. Y yo agrego el dato del acto organizado por la AE para homenajear a la “Madre Peronista” realizado el 4 de noviembre de 1973 en el Luna Park, que estaba colmado. También la experiencia de las colonias de vacaciones o campamentos de verano –que recibieron a más de mil chicos y chicas– permite ser pensada como una muestra de llegada a las familias.

Adriana Lesgart, como responsable de la Regional I de la AE, es señalada como referente nacional de la agrupación.

–Adriana empezó a militar desde muy joven en Córdoba junto con sus hermanas menores: Susana, asesinada en la Masacre de Trelew en 1972, y María Amelia, desaparecida el 27 de abril de 1976. Después de un breve paso por el trotskismo, Adriana se sumó a Montoneros y dio forma al Servicio de Presos de la organización. Y sí, para 1973 su figura ya había crecido mucho en Montoneros. En su libro Mujeres guerrilleras, Marta Diana toma el testimonio de una de sus compañeras y dice que Adriana estaba en la Plana Mayor. Seguramente esos vínculos tan estrechos con la Conducción nacional dieron lugar a que se la asocie como responsable última del frente femenino.

¿Qué pasó con las dirigentes luego de su paso por la AE?

–Siguieron militando en Montoneros realizando otras tareas. A algunas las mandaron a otras provincias a hacer trabajos para la organización o para la conducción. Pensemos que la AE se diluye a poco de conocerse la decisión de la cúpula montonera y la situación se complica mucho, ya que quedaron muy expuestas al ser dirigentes de masas. Imaginate que muchas de esas dirigentes empezaron a ser conocidas, salían en los diarios, tenían un nivel de exposición alto. Tenían una visibilidad, y cuando Montoneros dice “pasamos a la clandestinidad” muchas de ellas quedaron expuestas. Además para clandestinizar hay que tener casa, documentos falsos, un montón de cosas. El pasaje a la clandestinidad es un momento crucial y fue el principio del fin; de un fin que vino al ratito. Fue la disolución.

¿Cómo fueron esos tramos finales?

–Resultó un momento muy difícil habida cuenta de las dificultades de lograr cierta protección por parte de la cúpula montonera. El avance de la extrema derecha volvió muy dificultoso el desarrollo de las actividades del frente. Amenazas, atentados, y hasta el asesinato de algunas de sus militantes provocaron un repliegue de la AE que se profundizó con la autoilegalización en septiembre de 1974. Ese es un momento crucial para todos los frentes políticos en tanto Montoneros inicia un camino de profundización de su “aspecto” militar. En el caso puntual de la AE, el retorno a la clandestinidad marcó su disolución.

Después de esta investigación y de haber entrevistado a varias mujeres montoneras, ¿qué la conmueve especialmente de ellas?

–Creo que lo que me conmueve es su entereza para hacerse cargo de su pasado de manera crítica. Saben de sus errores y sus aciertos. Y que a pesar del dolor y de las pérdidas, siguen apostando, desde sus lugares de trabajo y de militancia (aquellas que lo tienen), por una sociedad más justa. Se hacen cargo de lo que hicieron, de lo que no hicieron, de lo que hicieron bien y de lo que hicieron mal. A pesar de todo el dolor propio y ajeno, siguen apostando, no renunciaron. El tiempo y lo que él trajo no las volvió cínicas. Están a la altura de sus vidas, y eso es muy importante decirlo, al menos en este caso.

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