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Viernes, 6 de enero de 2012

MONDO FISHION

Historias de bañadores

 Por Victoria Lescano

La pionera en idear un atavío para el agua fue Tais, cortesana y groupie de Alejandro Magno, quien se sumergió en viajes junto a su ejército vestida con un taparrabos egipcio. Pero los mosaicos de la Villa Armerina de Sicilia –fechados en el siglo IV–, dan fe de la existencia de bañistas romanas con trajes de dos piezas: una bombacha y una banda sostén.

En su Historia técnica y moral del vestido, la estudiosa Maguelonne Toussaint Samat sitúa el origen del furor de los baños de mar en la Inglaterra de 1780 y argumenta que en la búsqueda de un atuendo adecuado para el agua, una mujer de la alta sociedad quiso imponer en las playas de Margate un vestido en tonos de verde tuneado con flotadores adosados a los brazos. Aclara también que tal moda no tuvo seguidores.

La saga de las pioneras continúa con la reina Hortensia, hija de Josefina de Beauherbaus, quien en el verano de 1812 lució su primer traje de baño moderno, un outfit en tejido de punto color chocolate que admitía varias capas: de un pantalón a los tobillos a una túnica de manga larga con el plus de una camisa bordada coronada por un gorro de baño. Así vestida, Hortensia se bañó en las aguas de Dieppe y su estilismo para bañarse fue emulado por otras visitantes de esas playas que frecuentaban la nobleza y la aristocracia.

El listado de trajes primitivos emparentados con la industria remite a 1861 y la fábrica de tejidos Caen, artífice de un traje a rayas de una sola pieza, lo más parecido a una fusión de calzoncillo y camiseta con el bonus track de un corset de caucho resistente al agua. Pero las reacciones adversas no tardaron en manifestarse; tal morfología apenas permitía dar cortas brazadas y dificultaba la respiración.

El modelo patentado por monsieur Maillot a mediados del siglo XIX fue un hito en la estética de bañadores y vaticinó morfologías contemporáneas. Pero la principal responsable del radical cambio en la estética de los bañadores femeninos fue la nadadora australiana Anette Kellerman. Circa 1907 provocó al establishment de la natación: la imagen de su cuerpo con body de una pieza, sin corset ni faldas superpuestas (cual los trajes masculinos de entonces), fue directo a la portada de los periódicos de la época y como consecuencia a su arresto.

Esos gestos risqués no tardaron en ser interpretados por los cazadores de tendencias de la época. En 1920 la firma norteamericana Jantzen fabricó el primer traje de baño femenino en tejido elástico, pero lo reservó a la élite de las nadadoras profesionales.

Del lado de las diseñadoras de moda y la alta costura que celebraron atavíos de playa, en 1921 Jeanne Lanvin lanzó una línea de bañadores con la simplicidad de los masculinos pero adornados con guardas aztecas.

Mientras que en la década del ‘30, Jean Patou abrió una boutique en Deauville y otra en Biarritz, dedicadas especialmente a bañadores, y con acentuadas diferencias conceptuales entre las líneas para el agua de mar y para zambullirse en una pileta. También en los ‘30 la surrealista Elsa Schiaparelli creó modelos de estilo claramente deportivo compuestos de un ensamble de musculosa a rayas, short y botitas al tono ideadas para caminar junto al mar.

El atuendo más emblemático y rentable de la historia de la moda para playa surgió en el verano europeo de 1946 y como a la minifalda, a su invención se la disputan dos autores. El anecdotario oficial indica que el 6 julio de 1946 en Francia, el ingeniero mecánico Louis Reard acomodó sus gruesas gafas de carey para apreciar mejor su último invento: un minúsculo bikini en color rosado. Lo llevaba Micheline Bernardini, una stripper del Casino de París, pues las mannequins se habían negado a modelarlo. Apenas unos días más tarde, el diseñador Jacques Heim presentó su versión con el nombre Atomo, y eligió los trampolines de la piscina del club Molitor como plataforma de lanzamiento.

Mientras que los franceses la incorporaron de inmediato como vestimenta para baños de sol, su uso estuvo prohibido tanto en España como Portugal e Italia. En Rusia se la calificó como “otro ejemplo de la decadencia del capitalismo”.

Las variaciones de formatos continuaron y desataron nuevos casos de conmoción –como la aparición del bikini colaless– que las garotas de Ipanema copiaron de las pigmeas. Esa prenda que la sabiduría popular calificó de “hilo dental” arribó a los Estados Unidos en las valijas del modisto Giorgio Saint Angelo (un italiano que creció entre Rosario y Río de Janeiro e impuso extravagantes atuendos de estilo hippie chic para el mercado americano).

Otros casos de extravagantes y osados bañadores surgieron del imaginario del diseñador vienés Rudi Gernreich. En 1964 e inspirándose en el gusto de sus amigas por tomar sol desnudas, ese creador de vestuarios para ballet lanzó un traje topless (tres mil modelos que costaban 25 dólares cada uno). Su morfología admitió una bombacha que cubría el ombligo y dos tiras que al separarse dejaban las tetas al descubierto.

La creación de Gernreich que modeló su musa andrógina Peggy Moffit desató igual cantidad de acosos sexuales, propuestas de matrimonio y manifestaciones de repudio.

Fagocitando el revuelo generado por Gernreich, la marca Cole de California creó el Traje Escándalo, pionero en incluir transparencias y un escote hasta el ombligo.

Pero lejos de los escándalos en ropa para baños de mar y más cerca del sportswear elegante vale remitirse además a los trajes de jersey con bombacha símil short y dos tiras ideado por Claire McCardell. En 1940 plasmó producciones en cantidades industriales y a precios accesibles que permanecen en el ranking de los más elegantes de la historia de la moda para playa.

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