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Viernes, 8 de junio de 2012

CINE

Blanca, radiante y guerrera

En las dos últimas versiones cinematográficas de Blancanieves, la reescritura le aporta un móvil propio a la bella y un espejo más pulido para que se miren las niñas.

 Por Marina Yuszczuk

“Piel blanca como la nieve, labios rojos como la sangre, cabellos negros como el ala del cuervo” es la versión del deseo de la reina y futura mamá de Blancanieves que trae la última película basada en el clásico recopilado por los hermanos Grimm, Blancanieves y el cazador. Sólo que en la película se agrega: “Y fuerza como la de esta rosa”, mientras la reina toca una flor solitaria que sobrevive en su jardín nevado a pesar del invierno. Está bien claro: si en el cuento que venimos escuchando y leyendo desde que tenemos memoria el tema central y excluyente es la belleza, las últimas versiones cinematográficas del cuento de los enanos y la manzana envenenada –al estreno de la semana pasada lo precedió el de Espejito, espejito, en abril de este año– parecen estar de acuerdo en que con eso ya no es suficiente. Que una chica se defina únicamente por su imagen, aunque esa imagen incluya poéticas comparaciones con la nieve, la sangre o las alas de cuervos, está completamente out.

Es que en la chica linda –ese trofeo que hoy se vende en absolutamente todos los medios y vidrieras disponibles, no sólo porque es deseada en sí sino porque también encarna la juventud y la belleza con las que sueña una sociedad un poquito perezosa–, la mayoría de las veces el ser está separado, escindido del hacer. Valga como ejemplo anacrónico y medieval el relato de los Grimm, en el que Blancanieves nace, es bella, la reina que la envidia le pide al cazador que se la lleve al bosque para matarla, los enanos la encuentran, la bruja trata de matarla tres veces más, el príncipe la encuentra, se enamora y se casa con ella. No es exagerado decir que Blancanieves jamás hace nada (ni siquiera es una ama de casa dedicada y alegre como en la película de Disney); simplemente está ahí, damisela en apuros, para ser salvada, amenazada, elegida y demás. Que el príncipe se enamore de ella mientras está dormida, ¡vamos!, hoy suena como el colmo de la pasividad, pero eran otras épocas. Ahora, entre la corrección política y el sincero acuse de recibo de una sensibilidad distinta, las Blancanieves son princesas guerreras.

Es que efectivamente el look no basta: la princesita huérfana que interpreta Lily Collins en Espejito, espejito puede haberse pasado años deambulando sin propósito por el castillo mientras su madrastra –una Julia Roberts tan segura de sí misma que se toma el pelo– se dedicaba a arruinar el reino, pero una sola mirada al exterior es suficiente para que se decida a recuperar el trono y la dignidad de su gente. La ayuda le viene de parte de un príncipe vagabundo, sí, pero sobre todo de un cortejo de enanos que no son mineros sino ladrones, y que la entrenan en sus trampas. Una secuencia de montaje totalmente feliz muestra cómo Blancanieves se vuelve hábil en el arte de engañar, sostener una espada y, sobre todo, cómo en el proceso cambia el vestidito por el pantalón símil-pirata. El príncipe y la bella, en esta versión pícara, se enamoran como corresponde pero haciendo lo que desde siempre hicieron las parejas en la screwball comedy: peleándose y jugando, que vienen a ser un poco lo mismo. Y Blancanieves, cuando una bruja disfrazada le presenta la manzana roja, enarca las cejas en señal de inteligencia, corta una tajada y se la da a probar a la propia bruja, porque a esa chica no es tan fácil venderle gato por liebre.

En Blancanieves y el cazador, que cruza el cuento popular con una épica medieval de caballeros, catapultas y castillos asediados, la heredera del trono usurpado por una reina malvada tiene la piel blanquísima y los labios rojos de Kristen Stewart, sí, pero ante todo se caracteriza por ser una guerrera. Después de escapar de la torre del castillo por sus propios medios, esta Blancanieves decide que ella es la única que puede matar a la villana y arenga a los campesinos para formar un ejército. En el medio ella misma pasa por una experiencia iniciática de muerte de la que la salva el beso de un hombre, para despertar convertida en una Juana de Arco con armadura de metal y espada. Pero de ese beso nunca se dice una palabra, y de hecho no hay historia de amor, aunque sí de crecimiento y admiración mutuos, entre la chica y el cazador enviado para matarla. Con o sin novio, es un buen año para Blancanieves, que en dos películas imperdibles habla de su época (al menos de la mejor parte de esa época) tanto como el cuento recopilado por los Grimm hablaba de la suya. Con la ventaja de que en ésta, al parecer, no se puede hacer una película ni una protagonista tan pero tan pobres que sean solamente bellas.

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